Efemérides

17 de febrero: Kosovo se declara independiente (2008)



viernes, 31 de diciembre de 2010

Alta fidelidad

Amigos, hoy cumplo 3 años cibernéticos. A falta de tanatorios en los que celebrarlo, como en anteriores ocasiones, esta mañana al levantarme me he percatado de que la mejor forma de honrar mi aniversario era concediendome por fin, anticipándome a sus majestades los Reyes Magos de Oriente, el deseo que mi corazón alberga desde que se estropeó el aparato de música: adquirir otro. O, al menos, tantear los precios de actuales aparatos de semejantes características, para ver si efectivamente ha de salir mejor apoquinar uno nuevo que llevar el mío a arreglar.

Pero en el momento en que apoyaba el pie izquierdo para incorporarme del lecho, la ilusión ha retrocedido despavorida dejando espacio a la duda: en esta vorágine de modernidad y alevosía en la que nos hayamos inmersos, ¿existiran entavía, oh diosa fortuna, cadenas musicales de similares características a la mía?
"Claro que existirán" -me he hecho saber yo sola-, "una cadena de música es una cadena de música y toa la vida las ha habido". Pese a la pronta respuesta, la posición de sospecha de mi rabillo del ojo no ha desaparecido, dato éste que no ha hecho sino presagiar los malos augurios a los que el destino me habría de someter.

Haciendo caso omiso del nostradámico momento, he desayunado, me he vestido, he rellenado la cartera con fajos de billetes de quinientos en forma de tarjeta visa, y he salido a la calle con mi chistera y mi bastón girando armoniosamente cual majorette de Nueva Orleans. Es un decir.
He dirigido mis pasos hacia El Corte Inglés, que es ese sitio al que la gente acude para informarse del status quo tecnológico de la sociedad en la que vive, olisquea los productos, elige lo que quiere comprar, y acto seguido paga por ello un 38% menos en Electrodomésticos Hermanos Pérez.

Me dirijo al dependiente de la sección "Audio", un joven de unos dos años más que yo que me trata de usted.
-Buenos días
-Buenos días
-Querría yo una cadena musical con cargador para 5 cedés, doble pletina, despertador/sistema de programación, radio fm y conexión para tocadiscos. No se preocupe: el tocadiscos no hace falta porque ya lo tengo yo y funciona bien, que sé que hoy por hoy parece ser complicado encontrarlos.
-...
-...
-¿Lo quiere con base para el áipod?
-con bas.. no, con la doble petina es suficiente
-ya veo...
-sí
-hombre, pues es que hoy por hoy lo que es complicado es ya el cargador para cinco cd's... la mayoría de lo que tenemos aquí suele venir con cargador para uno...
-(¡?!) Pero... ¿uno?
-Sí, uno. El cargador para más es muy antiguo
-(¡¡...!!) Oiga, pues le ruego me disculpe pero un cargador para cinco cedés es extremadamente útil, porque así uno puede progamar la canción de qué disco quiere escuchar una tras otra y me resulta inverosimil que en la actualidad se haya prescindido de esta característica
-No, bueno, a ver, se puede programar el áipod... Mire, tenemos por ejemplo este de aquí... [me enseña una especie de pelota de rugby achatada por los polos con un pequeño rectángulo excavado enmedio, y dos pequeñas cajitas que parecen ser los altavoces] Este tiene ggrrriiisndfo, y gruuuprffddste, con calidad dolbbbfraund y además lee deuvedé y blurrey.
-Ya. ¿Y no tiene doble pletina?
-no
-Ah. ¿Y esto son los altavoces?
-sí, bueno, no... esto son los altavoces pero porque el cajón de graves va abajo escondido.
Sospecho. El único cajón de graves que conozco lleva un gitano sentado encima y una inscripción que reza "naranjas de Valencia". Me señala, en el estante inferior, una caja negra de unos 30 centímetros de alto por 20 de ancho.
-...así que se puede tener en cualquier parte y que lo único que haya a la vista sean estos dos pequeños altavoces que...

No. No. Me niego. No me da la gana. Antes muerta que esta mierda. Mi cadena es una cadena hifi, como dios manda, una cadena con su ecualizador y su casete que se da la vuelta solo y que tiene para grabar y su pantalla que se ilumina y te dice qué cedé está sonando, mi cadena es una tecnología alemana que no es cuestión baladí. Esto ya era lo que me faltaba por oir de este mundo contemporáneo de los cojones. Por aquí sí que no paso.

Le agradezco al dependiente su tiempo, salgo con la chistera debajo del brazo apoyandome fuertemente en el bastón, y me retiro a mi segura guarida decimonónica. Vaya putamierda. Casi era mejor cuando me iba de tanatorios.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Análisis y estadísticas

Amigos,

Se acaba 2010 y, como en todos los medios informativos que se precien, toca analizar el año y sacar estadísticas. Les emplazo pues a que participen, oh lectores míos, en la encuesta que podrán apreciar a la izquierda de sus pantallas.

Agradeciendoles de antemano la atención prestada,
El equipo de redacción.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Dos amigos que se quieren...

Direis que estoy que lo tiro. Y no dejareis de tener razón. Es lo que tenemos los bipolares. Que, o ciertamente no escribimos nunca, o el bombardeo parece patrocinado por la OTAN. Pero comprenderán, en cuanto observen el documento del que por la presente les hago partícipes, que era necesaria esta aportación. Y me la agradecerán.

Hace un par de días, abrimos el buzón y encontramos dos calendarios. Uno grande doblado por la mitad, y otro de bolsillo. No se lleven a error: no encontramos dos sobres (o uno) con dos calendarios dentro, no: encontramos dos calendarios así tal cual, doblaos y metidos a presión en el buzón.

No venían acompañados de nota ni carta alguna, pero parece inequívoco que nuestro remitente secreto es en verdad un amigo que nos quiere: la empresa que nos puso la cocina.

Necesito compartirlo con ustedes.








miércoles, 22 de diciembre de 2010

Imagina

Me aburro.
En el momento en que la voz interior ha pronunciado la frase a grito pelado, yo ya sabía lo que iba a pasar. El Tedio, al que hacía tanto que no veía, ha aparecido por el pasillo de la oficina, esta vez a todo correr, nada de decoros ni aires ausentes. Ha aparecido al galope como nunca se vio correr a este lado del Rif, el hatillo en volandas, las botitas rojas echando humo, orejas y pelos de las cejas hacia atrás por efecto de la velocidad. Ha hecho un triple salto mortal con tirabuzón cuando le faltaban dos metros para llegar a mi mesa, ha aterrizado sobre ella con un inmejorable demi plié, y se ha liado a darme capones, instintiva e insistentemente, así como diciendo “lo ves lo ves lo ves te dije que volvería”. Acto seguido se ha sentado, vista y piernecillas hacia el ordenador, y ha esperado pacientemente a que yo abriera el word > nuevo documento y comenzara a escribir estas líneas.

Siempre que me aburro en el trabajo me entran unas desaforadas y asfixiantes ganas de viajar. Pero de viajar bien, no de irme a Trujillo un fin de semana a comprar compulsivamente tortas del casar. En tropel me caen sobre la frente todos los recorridos acumulados en la sección “por hacer”, como si la Sra. Claypool hubiera abierto la puerta del camarote de la coronilla.
La cordillera andina p’arriba. Empezando por la Patagonia chilena y terminando en Perú. ¿A ver? Voy a mirar vuelos a Punta Arenas, por curiosidad. 4.128,63 euros un Madrid – Punta Arenas. Joder. Tengo que hablar con Paola, seguro que hay otras opciones. Y Paola se tiene que saber tó esto de maravilla, como si a mí me preguntara un holandés cómo llegar de Matalascañas a Langreo. Y con Barbara, también tengo que hablar con Barbara, a ver qué le parece lo del Transiberiano. ¿En invierno o en verano? En invierno cuenta con el encanto de la tundra. En verano cuenta con el encanto de regresar vivo. No sé qué elegir. ¡Y Estados Unidos, que no se nos olvide! Tengo que ir a Tucson Arizona y luego a Nueva York. Estaría bien tirarse 3 meses pululando por ahí, de costa a costa, y vuelvo porque me echan. Pero como de tener trabajo no tendré tiempo, y de no tener trabajo no tendré dinero, habrá que conformarse con el Biosphere 2, alfa y omega de mi Disney cienciaficticio particular, y después a Nuevayol a imaginarme viviendo en las calles de las películas de Woody Allen. Si encuentro una ganzúa, puede que en los pisos también. Y espera, que esta imagen que ha caído al mover la calle de Si la cosa funciona es ¡el Royal Scotland! ¡Es verdad! ¡Los viajes en trenes míticos! El Blue Train de Sudáfrica, el Canadian Express (inevitable pensar en el Barco de Vapor de mi infancia), el Glacier Express… Lo que nos lleva al velerito por las islas griegas, que acaba de aparecer justo debajo del Indian Pacific. ¡Ay, cuánto que hacer!

En fin. He conseguido consumir 20 minutos más imaginando. Quedan menos minutos para salir de la oficina. Para aquel al que mi exposición esté despertando cierta condescendencia, piedad y hasta compasión hacia mi persona en estos momentos, sepa que no hay nada más lejos de la realidad. El que me acompaña puede certificar que yo invierto tiempo cada cierto ídem a lo que yo denomino “imaginar”, y en momentos propicios para ello me es tan necesario como el gimnasio o siete masajes de espalda a otros, a fin de eliminar tensiones y evitar la quema de razones sociales e individuos. “¿Imaginamos?”, “me voy a la habitación a imaginar” o “¿y si imaginamos el martes del puente?” son frases habituales a las que El que me acompaña ya se ha acostumbrado y a cuya sugerencia puede en mayor o menor medida adherirse (siendo por lo general la medida menor la imperante, él es un tipo de corte racional y lógica numérica). Pero a mí, ese mero imaginar me alimenta como pocos sueros fisiológicos saben hacerlo, me da el optimismo, el humor y el ánimo para transitar por el mundo que me toca y, sobre todo, consigue que me mantenga en un trabajo remunerado como una persona normal. Lo cual no es cuestión baladí: han sido muchos años hasta alcanzar tal logro.

martes, 21 de diciembre de 2010

De cómo Papá Noel y Baltasar podrían haber acabado en una olla

Me reclaman mis innumerables fans de aquí y de ultramar. Es natural. Hace mucho que no me prodigo, y ustedes, becerrillos sin cencerro, van por la vida perdidos y sin pastor al que asirse (iba a decir "sin teta a la que asirse", pero iba a quedar raro, habida cuenta de que una tampoco ha estado nunca especialmente sobrada).

Qué quieren que les diga. Lo primero, que los tiempos han cambiado (¡vaya si han cambiado!) y en lo laboral estoy expiando todos mis pecados, todos, de los últimos meses. Ya tengo jefe deverdá y es un jefe deverdá. Y me hace currar. O, mejor dicho, genera mucho curro. Lo cual a mí me satisface, anoto al pie. Malformaciones cognitivas de una, qué les voy a decir.
Lo segundo es que a mí las navidades me despistan mucho. Me incomodan. Me enervan, en ocasiones. Qué ajco. Miro en derredor y no aprecio más que maldad. Despojos impíos de educación en el ruin comportamiento. Qué necesidad hay, es que qué necesidad hay, de atronar los oídos de los clientes en las grandes superficies comerciales con esos cantos místicofestivos a los que nos referimos como "villancicos". Y no me refiero ya a las voces habituales de prepúberes a punto de cambiar el timbre que suelen protagonizarlos, no, me refiero a la crueldad sin precedentes de atronarlos con el último disco de villancicos de Raphael, que es como escuchar a un moribundo ahogarse poco a poco a golpe de tambor mientras esperas en la cola para pagar.

Pero me encuentro aquí aporreando las teclas con desmesura y mientras, mi conciencia, anda llamando a la puerta del occipital. Llevo un rato tratando de obviarla, pero cada vez pone más nudillos en el empeño. Concretamente está tratando de llamar mi atención desde que he escrito "prepúberes". Me invita a verme en la obligación de confesarles algo. Una mancha en la patena de mi expediente intelectual. Una cuestión que, cual trauma infantil de origen familiar, me golpea cada vez que la televisión retransmite Solo en casa.
Amigos tremolineros… tenéis que saber... que yo también he pedido el aguinaldo por Navidad.

Fue una sola vez, lo prometo. Con mi amiga Ana Belén. Se nos ocurrió que sería una forma de ganar dinero fácil para las vacaciones. Yo tenía 12 años, y ella, 13. Superábamos con mucho la edad y la estatura de los pedigüeños habituales. Pero nada que no pudiera disimular un buen disfraz. Y así salimos a la calle, ella de Papá Noel, y yo de Baltasar. Aunando esfuerzos y culturas. Éramos unas visionarias de la UE que estaba por llegar.
Ya en el vecindario sabían de nuestra inclinación por llamar a las puertas de los hogares (como atestigua la enorme cicatriz que porto en la muñeca derecha), sólo* que en esta ocasión introdujimos la novedad de no salir corriendo después. Que nadie piense empero que éramos las típicas descaradas extrovertidas y sin pudor que hoy denominamos chonis. Ni por asomo: Ana Belén y yo éramos más bien de carácter tímido e introvertido, de las que pasean de a par por el extrarradio de su ciudad dormitorio, y no de las que marcan el territorio en la cancha de baloncesto.

Costó un triunfo llamar a la primera casa. Pero lo hicimos. Ding dong. Hacia Belén va una burra rin rin. Ay, qué majas. Tomad, tomad, hala. 50 pesetas. Bueno, no está mal. Esto va a ser fácil, Ana. Hala, a la segunda casa. Ding dong. Hacia Belén va una burra rin rin. Slam. Yo me remendaba yo me… Bueno, no hay que darse por vencidos. Calvo de mierda. Vamos a probar en otra.
Y así fuimos, casa por casa. 50 pesetas aquí, 25 allá. Hasta que tras una de las puertas ocurrió lo imprevisible. Abrió una abuelita. Que nos hizo cantar el villancico entero. Beben, y beben, y vuelven a beber. ¡Mira, Angelines, mira, piden el aguinaldo! Sale otra abuelita. El frío que hace, joder. Los peces en el río por ver a dios nacer. La Virgen se está lava-a-a-ando. ¡Ay, qué majas! ¡Antonia, ven corre, mira! Sale otra abuelita. Entre cortina y corti-i-i-ina. Me estoy helando, Ana. Los cabellos son de o-o-oro. ¡Ay, qué ricas, de Navidad! ¡Pasad, pasad! El peine de plata fi-i-i(¿qué?). Nos hacen pasar. Nos miramos. Este es el punto en que nos preguntamos si no hubiera sido mejor, a nuestra corta edad, no haber visto películas como Arsénico por compasión. Nos meten al salón. Nos sitúan junto a la ventana. Toman asiento, modo teatro, frente a nosotras. Esperan impacientes a que sigamos cantando.
El camiiino que lleva a Belén, baja hasta el valle que la nieve cubrió…
Esta noche es nochebuena y mañana navidá…
Cuando ya empezábamos en nuestro fuero interno a tener que admitir lo inevitable (uno, que nos quedábamos sin repertorio, dos, que no volveríamos a ver a nuestras familias), la referida como Angelines se puso en pie, nos aplaudió, dijo “¡muy bien muy bien!” con una sonrisa de oreja a oreja mientras probablemente recordaba el montañas nevadas de su niñez a coro, y nos dio trescientas pesetazas. Imaginará el lector nuestro júbilo cuando el ademán vino además seguido de la apertura de la puerta de la casa, umbral que no tardamos más de 4 segundos en cruzar a la vez que expresábamos nuestro agradecimiento.
Ya en la calle con el botín, decidimos que eran suficientes emociones fuertes para ese día. Nos repartimos las ganancias, volvimos a casa, nos deshicimos de los disfraces y procedimos a cenar con nuestras familias.

Como les he comentado al principio de mi relato, es este un capítulo de mi existencia que tiendo a ocultar. En reflexiones posteriores concluí que el beneficio no compensaba el esfuerzo ni el dilema moral de someter al mundo a mis escasas capacidades líricas. En los años subsiguientes me entregué pues a la recaudación económica para estas fechas por vías más acordes con mis inclinaciones intelectuales, aprovechando que en nuestra cultura, a diferencia de otras, es el 28 de diciembre el día de las inocentadas.



*pienso seguir escribiendo el “solo” adverbial equivalente a “solamente” con acento hasta que me muera. Te desafío, RAE.

domingo, 19 de diciembre de 2010

(Bando circunstancial)

Se recuerda a la tremolencia varia que, si desean hacerse con un detalle navideño de esta su página amiga, deberían proceder cuanto antes al envío de una dirección postal a la que hacerlo llegar.
Att,
La Tremolina

lunes, 15 de noviembre de 2010

Matar gente está muy feo

Mi abuelo murió el 11 de enero de 1996, tras una larga enfermedad de la que, cuando empezó a manifestarse, poco se sabía. Varios años y muchos médicos después, nos dijeron que la enfermedad se llamaba parkinson y que era la razón por la que, justo cuando se jubiló, dejó de poder hacer todo lo que tenía pensado hacer cuando se jubilara. Está enterrado en ese Alcorcón necrológico que es el cementerio de La Almudena, un enorme trazado urbano con tumbas, mausoleos y nichos por inmuebles. Para los despistados, a la entrada hay planos, y si se facilita el número de lápida, a uno pueden aproximadamente explicarle cómo llegar hasta allí.

Mi abuela murió el 13 de septiembre de 2003, como consecuencia de una neumonía mal curada que le dio al vuelta al carácter y a los riñones. Está enterrada en la misma tumba que mi abuelo, y que sus padres, y que su hermano, hermano éste al que su viuda, mi Tía Sole, aka Tía Angustias, lleva cincuenta años guardando la ausencia y preguntandose ay dios mío por qué no me llevas con él. Pero tiene 90 años y no se muere nunca.

Muy cerquita de todos ellos se encuentra la tumba donde enterramos a mi semiabuela, la que murió hará ahora dos navidades, como algunos de ustedes recordarán. Se gira a la izquierda por el torero José Cubero Yiyo, se deja a la derecha la tumba de un payaso cuyo nombre no recuerdo, se pasan un par de manzanas, y allí está. Junto a su marido, también.

No he ido casi nunca a la tumba de ninguno, a eso que llaman "a verlos". En una ocasión lo intenté, y en la puerta me dijeron que no me daba tiempo a llegar a su manzana: cerraban en veinte minutos ("sin coche, ¡imposible!"). Los unos de noviembre se me dan fatal, se corre el riesgo de darse de bruces con un familiar de los de dejarse ver. Tengo por costumbre empero encender una velita en casa en sus cumpleaños (rarezas que tiene una). Jamás, jamás en su muerte. Y, aunque todos los años me dé cuenta en el día, procuro no compartir mi recuerdo con nadie. Mis muertos son míos.

Pienso qué terrible ha de ser que tus muertos no sean tuyos. No tener opción de percatarte en el día de su muerte cada año. No tener opción de ir a lucirte alguna fiesta de guardar, o de ir a sentarte un rato allí en soledad, a contarle, a pensarle. No saber qué fue de tu muerto, no poder descubrir ridículos mausoleos mientras callejeas entre nichos y lápidas para dar con la que te corresponde, no poder descubrir por casualidad que Ramón y Cajal también está enterrado allí. Qué terrible ha de ser no ya no saber dónde está tu muerto, que también, sino saberlo perfectamente y no poder labrar su nombre en la piedra, porque en las cunetas sólo se erigen hitos kilómetricos, y junto a los muros ahora florea una calle. Saber que hay Srebrenicas ibéricos y se llaman Torrero, aunque sólo nos suene espeluznante si la grafía es eslava: esas cosas son propias de bárbaros sin civilizar.

1850 fosas comunes identificadas, y miles de cuerpos sin identificar. Otros, identificados bajo las fosas cerradas. Competencia de competencias.

Pero no. Aquí eso son vicisitudes históricas. Aguas pasadas, y aguas de borrajas. Porque Esas Cosas, así, con mayúsculas, Esas Cosas, eso de matar gente y enterrarla en la tierra y el olvido y adornar su recuerdo con un tabú errante, Esas Cosas son propias de países tercermundistas, lugares bárbaros de gente sin civilizar donde no hay cultura, ni ley, ni derechos humanos. Yugosavia, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Ruanda, Sudán.
Y es normal que los juzguen, dentro o fuera de sus fronteras. Porque han hecho Esas Cosas. Eso de matar gente indiscriminadamente. Que está muy feo.

lunes, 25 de octubre de 2010

Caras

Una cara es un objeto ovalado de unos 18 cm de alto por 15 de ancho de media en la edad adulta. Por lo general, se encuentra contenido en lo alto de un cuerpo, y, a su vez, suele contener un par de ojos, una nariz y una boca, amén de cejas, pestañas y otros vellos y marcas –salvo excepciones-. Estos elementos, en su conjunto, se relajan y contraen armoniosamente para configurar aquello que llamamos "gesto", lo que da lugar a aquello que llamamos "expresión". La expresión es generalmente la manifestación de un sentimiento o deseo y provoca en el receptor visual de esa cara, de igual manera, sensaciones.

Las caras son el principal input sensitivo que tenemos en esta era globalizada y veloz. Son, de hecho, el único input comunicativo del que se fían nuestros sentidos. Nos fiábamos de Manuel Luque porque era una cara recurrente en nuestros televisores que, además, llevaba bata blanca. Sabemos quién era Hitler por la cara de malo que ponía en todos sus mítines y grabaciones. Recordamos quién era el Ché porque su boina y su bigote se han reproducido hasta la saciedad en carpetas y muros. No recordamos a Trotsky porque Stalin le borró la cara de las fotografías.

En política, como en cualquier otra rama comunicativa, huelga pues decir la importancia capital que tienen las caras. En una época donde los discursos no se estilan (puede que por ausencia de diestros oradores, añado entre bambalinas), en la que nadie lee los programas electorales (¡si es que siguen existiendo!), en la que rara vez tenemos ocasión de cruzarnos en el rellano de la escalera con algún aspirante a diputado e intercambiar unas palabras, lo único con lo que el electorado cuenta es con una cara.

Hace ya tiempo que se sucedieron las elecciones sucesorias al Partido Socialista de Madrid, y no escribí nada al respecto. Supongo que pasé cierto tiempo anonadada. De alguna forma, aún sigo sorprendida. En todo este tiempo, no se ha hablado más que de si La Trini ha perdido, de si hay o no hay caciquismo en el PSOE, de si ha triunfado un socialismo real, de si el PSOE ha perdido mucho y ha quedado muy mal y demuestra que bla bla bla bla bla. No acabo de entender ninguno de esos análisis políticos. Para mí, con toda esa historia, el PSOE sólo ha ganado. Ha conseguido lo que no había conseguido hasta la fecha: que el electorado madrileño conozca la cara de Tomás Gómez. Que sepa su nombre, su expresión, sus marcas, sus vellos. Que sepa que existe. Ha conseguido una presencia mediática que jamás había tenido. Lo cual sí supone, como ninguna otra cosa, una posibilidad real frente a la archiconocida cara de Esperanza Aguirre. Y me sorprende mucho que, al parecer, ningún medio haya hecho esta lectura del asunto. Porque a mí se me aparece como, probablemente, la razón última de que todo eso aconteciera. O, como poco, una consecuencia colateral nada despreciable.

La política vive de caras. La única cara de la que disponía el Gobierno para lavarse la suya con toda esta hecatombe de los últimos tiempos era la de Rubalcaba. No hay otra opción que les permita respirar un poco. Y hablando de respiros, no sé si se han percatado ustedes de que últimamente vemos mucho al príncipe en televisión. Siempre le hemos visto, pero más bien de refilón. Ahora le vemos en primer plano, como una cara que habla y a la que además han puesto barba.
Huele a relevo monárquico.

martes, 19 de octubre de 2010

Barbara

Antes de nada, permitanme que me disculpe por el cambio en el idioma habitual de este rincón del interné, pero la persona a la que va dirigida esta carta abierta, si bien muy bien podría entender el español, definitivamente no tiene por qué hacerlo. De nuevo, me disculpo ante el lector habitual.


I met Barbara in 2007, as I was wandering around former Yugoslavia for the first time, unaware of what I was to find there –not only a fascinating destination for my period of holidays, but a fulfilling topic for my always wondering mind. Not that I knew much about it –just the fact that Phil had left Spain only to spend there a couple of weeks before he would move back to Australia. And of course I was not able to place Bosnia, Macedonia or Kosovo quite right on the map. And the fact that Serbians were the bad guys. And the fact that the good ones where all the others.

I was not in the best of my moments as I went to former Yugoslavia in that September 2007. Those of you who know me –or who at least tend to read these lines that I write here, know well my life in The Netherlands was not something I’d have killed for. Lack of motivation, lack of interest in any of the possibilities life offered me there, lack of a job that would make me actually work –and develop, all those made me enter a sort of depression I can now call as such but could not recognize in that time. In that time, I simply felt bad. I didn’t even realized up to what extent. I had somehow accepted life was such an unnoticeable thing. It was something just going by. Day by day. Enter the office. Do nothing. Leave the office. Get your groceries. Cook them. Watch TV. Wonder. Eventually cry. Sleep.

It’s not easy to be an expat. Seems like people characterize expats as people who make a lot of money and have a quite vivid life, always partying and getting to know new people. Which is absolutely true.
But you have to be good to be a successful expat. Not everybody’s worth it. Have the slightest human feature and you’re lost. You need to make sure your main interest is getting that money, partying with people you don’t know at all, and have no strong laces with your roots –may you have any. Otherwise you will not keep up with it. And out of a sudden you’ll find yourself wondering. And you may find that money, that partying and those empty friendships are not enough. Don’t get me wrong: I don’t mean people are false. I just mean expats in general know they’ll be always moving, so they do not invest much in deepness. Which is fine. If you are same. ‘Cos if you are not, take into account everything fun will be funnier, and everything sad will be sadder, and you will feel you are the only one to deal with that roller coaster.

In my time in former Yugoslavia, I started feeling interest in something again –which I hadn’t felt for a pretty long time. Each conversation, each situation, each observation helped for me to get back to myself. And one of the persons I felt most happy to meet was Barbara.
I enjoyed my conversation with her, sharing views, sharing interests, sharing thoughts and processing them. She was one of those people I somehow admire from the very first moment I meet them–which doesn’t happen that often, to be true. She has that light and that pose and that natural elegance and that way of living life as a traveler and an explorer and a pupil at the very same time. And that mind, oh that mind. Thoughts flow throw the different channels and connections of her brains until they reach the air and you just laugh, reflect, reject them, that is to say: you just enjoy them, unfortunately English does not have a proper word for the German geniessen.
Barbara is present for me in my everyday life as one of those faces you associate to something good. When you’re just about to make a decision, or find something you like in a shop, or look at the light entering your place through your window, Barbara’s face appears in my mind as others may do –my grandma, Carlos, Carl, and a handful of others, it just depends on which is the exact light entering the room. They just appear there and stay, for one second, for two minutes, to bring you a warm feeling, to give you the chance to assert how lucky you are you’ve met them in your life. To show you there are people like that. To make you feel peace within yourself. A longstanding, relaxing, releasing peace. To make you feel wohl.

So when I knew Barbara was having a bad time, when I’ve heard her appraising things she should give for granted, when I’ve pictured her wondering and managing and fighting for her unavoidable right to feel good, I had to pick my soul up from the floor, as we say in my language. Which is a way to say that it smashed to smithereens.
However, it is Barbara. And I know she’ll do it through this mourning. I know she’s already doing. And the only thing is, as one writer once stated it, “people who are really special do not realize how special they are –they just do not even consider others may not be that special too”.

As I was visiting her a few days ago, she said having me there in Parma had been sort of medicinal.
No, Barbara. It’s just us reflecting as in a mirror what we get from you. Do not ever dare to think the opposite just because some defective human beings may never manage to reflect back.




(not that the image is that nice but the song says more or less as follows :))

Leave this life of crumbs
those men who treat you
as a wind that just went by

Come down to reality, fairy
look right at my face
Confess you like
my good conversation
my way of being
my jokes, the way I sound
my hints for you to change

Woman out of your senses
listen to your man...
listen to your heart
at dusk
listen to that song
which does not come out of the radio

Stop pretending you don't care
about the truths I'm telling you
pay a little attention

Leave, take a plane, share
dreaming alone is not worth it
it's like a party in prison

Our time is good
and we don't have that much
so let me take you
where I know people will shine

Woman out of your senses
listen to your man...
listen to your heart
beating contained
for none and for nothing
in the darkness of your room

Listen to your heart
at dusk
Listen to that song
which is not played on the radio

viernes, 1 de octubre de 2010

Las manifestaciones ya no son lo que eran

Un buen día, a sus diez años de edad, mi hijo demostró que era capaz de programar la lavadora como si hubiera nacido en ella. Su madre y yo nos miramos aterrados. En el espacio interretinal flotaba el recuerdo de las múltiples semanas y abortos de lavado que nos costó entendernos con la máquina. Llegamos a pensar que nuestro hijo era El Elegido. El mesías de los judíos. El lama de los tibetanos. O que nos habían pegado el cambiazo en el hospital.

No fue más que el comienzo. Un día volvió del instituto hablando al revés. Entró por la puerta pronunciando cosas raras, algo así como draivers modems imeil jardisk autenticar. Dejó la mochila en el suelo y se encerró en la habitación donde habíamos puesto el chisme de jugar al solitario. Pasó varias horas encerrado. Y así cada día, cada semana, cada mes, hasta que un día conoció a Iris y dejó por fin un tanto abandonada la tecla intro.

A Iris la conocimos mi mujer y yo una mañana. Estaba desayunando en la cocina. Junto a mi hijo, que fue quien nos la presentó. “Hola, encantada”, comentó, entre mordisco y mordisco de tostada. “No sabía que mi hijo supiera hacer tostadas”, respondió mi mujer, ojiplática perdida.

Y así era él, un alma moderna y libre. Y nosotros, de sorpresa en sorpresa. Relegados en un siglo que avanzaba más rápido de lo que podíamos procesar, abandonados a la impotencia de creer que nunca podríamos enseñar nada a nuestro hijo. Hasta que hace un par de días me hizo la propuesta que lo iba a cambiar todo. La propuesta que iba a dar la vuelta a la tortilla. La propuesta por la cual yo iba a poder demostrar –por fin- quién era el padre aquí.
-Papá, ¿vamos juntos a la mani esta tarde? –esas fueron sus palabras. El cielo abierto.
-Claro, hijo, claro que sí -contesté, mientras le echaba la mano al hombro. “Te vas a enterar tú, niñatoloscojones, lo que es la lucha obrera”, pensé para mis adentros-. ¡Salimos en 10 minutos! –sentencié-

10 minutos eran lo que necesitaba para trepar a los altillos en busca de mi bandera del USO y otros enseres. Un poco polvorienta estaba, pero esto es como el whisky: cuanto más viejo, mejor sabe. Voy a ser la envidia de la manifestación.
Volví a la puerta. Mi hijo me estaba esperando con una pandereta y unos palos.
-¡¡¿Pero qué llevas ahí?!! -exclamamos al unísono
-Pues una bandera del USO
-¿De qué?
-¡Joder, del USO!. ¿Y tú?
-¡Pues pa la batucada!.
No pregunté. Muestras de debilidad, las justas. Ya habría tiempo de poner los puntos sobre las íes, ya.

Atravesando el portal con decidido ímpetu, ganamos la calle. La calle, que, por lo visto, había sido previamente ganada por doña Concha, con su bolsa de la compra, y don Damián y sus dos caniches, que, como cada día a las 6 de la tarde, hacían caca en la acera (no así Don Damián). Atisbo tranquilidad. No parece que lluevan piedras. Me descubro la cara.
-¡¡Vamos, papá!! –me grita mi hijo desde la esquina. Yo acudo al trote. Al desembocar en la calle principal, divisamos cinco lecheras de la policía que suben cuesta arriba en dirección a la Puerta del Sol. –¡Con esos, con esos sí que se va a armar buena! -le comento a mi hijo, utilizando cierto tono prepotente con el que aspiro a disimular el acojone que me va trepando por las piernas. Pero él apenas me mira. Sólo articula un “joder, ya que pasan, nos podían llevar. Si total, vamos al mismo sitio”.

Subimos Gran Vía arriba y yo ya ahí empecé a sospechar que igual eso de “la mani” iba a ser un bar. Porque no recuerdo yo que las gentes se fueran de compras por Sepu y Galerías Preciados cuando venía los policía dando cera. Gentes y bolsas que no hacían más que multiplicarse, hasta crear un manto humano del que sólo sobresalía mi bandera del USO.
-A ver si nos hemos equivocao, Franciscojavier –sugerí con timidez a mi hijo.

Pero no. Ya callejeando llegamos a la calle Alcalá, donde efectivamente había más gentes con banderas sindicales y pancartas de bolsillo a las que nos unimos en su avance hacia la Puerta del Sol. Se acabó mi cara de pazguato. Ahora sí que sí. Hijo, mira y aprende, que van a hablar. Esto es por tu futuro. Esta es la unión que hace la fuerza. Estos son los trabajadores unidos, hijo. Van a hablar, escucha:

-Kollegen und Kolleginnen! Die Demokratie muss sich verteidigen!!!!...

Huy la leche. Y tan unidos. Viva la UE. El gentío de mi alrededor responde a cada final de párrafo del alemán con sonoros aplausos y ovaciones.
–Papá, ¿qué ha dicho?
-No sé, hijo, pero la última vez que vi hablar a un alemán desde una tribuna, luego se lió gorda, así que tú quédate a mi lado por si acaso. A ver, espérate, parece que ahora lo traducen.
Pero, no, no pasa nada. Termina el alemán, y comienza a hablar el líder sindical de la UGT de Madrid.

-(…) ¡¡¡y agradecer… a nuestros compañeros los piquetes informativos… su dedicación esta mañana…. en la que han tenido que soportar los abusos… de la actuación policial… de un gobierno que no soporta… nuestros anhelos de libertad…
La actuación policial de la tarde, por el contrario, está a unos 15 metros de mí y se materializa principalmente en cuatro tipos apoltronados contra una lechera enseñándose con el móvil las fotos de los niños. O de las vacaciones en Tenerife, no sabría decir. No parecen muy interesados en mí ni en mí bandera del USO, para mi sorpresa. Esto ya es el colmo. ¡Pero dónde se ha visto, la policía aburrida en una manifestación! Detrás, en Preciados, se ve la puerta abierta de El Corte Inglés, de par en par, con gente entrando y saliendo con sus compras.

A lo lejos, todavía algún tambor de eso que mi hijo ha llamado “batucada”. Entretanto, cada vez más gente ha abandonado la plaza ante un discurso que, eso sí, no ha cambiado desde que yo me jugaba la boca cuando era más joven, y lo básico era lo básico, y los zaras no crecían en los árboles. "Vámonos, hijo". Definitivamente va a ser que este mundo ya no es el mío. No sé si pedirle que me enseñe a jugar al buscaminas.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Huelga General

Uno no acaba de consagrarse como Presidente De Gobierno si no le montan una Huelga General. Felipe tuvo la suya, Aznar, la de 2002, y Zapatero, harto de que con él en mente sólo salieran a la calle Ana y los Siete, ha conseguido por fin lo que nadie hubiera sospechado: unificar a sindicatos y arzobispados en la toma del adoquinado. Otra cosa son las causas por lo que lo hagan los unos y los otros.

Qué dilema. Nos has colocado en una coyuntura muy compleja, Joseluis. Voy a serte sincera: a mí me da por culo manifestarme contra una decisión gubernamental estando tú ahí. Pero creo que más me da por culo la reforma laboral de Iniciación a las Matemáticas -nivel I- que me has propuesto. Qué digo que me has propuesto: que me has colado por la escuadra. Que me has hecho un bombo pero bien, vamos.

Porque yo, por más empeño que le ponga, por más que sume y reste y me lleve una, por más que haga la derivada de la bisectriz del cuadrado de la división, me sigue saliendo que una empresa contrata a un tío si sucede que lo necesita. Y punto. Y ya se puede abaratar el despido, reinventar los tipos de contrato, autorizar a echar a alguien porque estornude, que una empresa va a seguir contratando a un tío si y sólo si lo necesita. Y si y sólo si lo necesita, va a contratarlo fuere cual fuere la normativa al respecto.

Así que yo, que te aprecio por Irak, y por los gays y lesbianas et alteres, y por la formalidad y el talante, yo, que te aprecio y no se me aparecen desgarradoras fauces emergiendo de tu boca cuando te veo en una foto del periódico, yo no creo que lo hayas hecho a mala leche.

Así que sólo me queda pensar que lo hayas hecho porque no sepas sumar. Ni tú, ni los de alrededor tuyo.
Lo cual es una lástima, añado.

El único consuelo que me queda es que peor lo estará pasando la España Azul. Si hacen huelga, están con los sindicatos y contra el recorte de derechos laborales. Si no la hacen, están con el gobierno.
Joder qué putada.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Y en resumen

El porqué de las cosas:



Las cosas:



Y en resumen:



(aquí se quedan los guapos, y nos marchamos los buenos).

martes, 14 de septiembre de 2010

¡Rubia!

El amigo Aram no se manifiesta nunca en público y escasa vez lo hace en semiprivado, pero cuando lo hace, me devuelve indefectiblemente a los años de universidad y me recuerda por qué me agradaba sentarme a su vera en el aula. Era de esos que, también siempre indefectiblemente, iban a su puñetera bola sin apenas percatarse de las rémoras que pululaban a su alrededor a fin de cazar al vuelo, cual sobras con las que alimentarse, alguna de sus perladas observaciones, que, sumadas a su acento canario, te hacían, también indefectiblemente, salir de la atmósfera un tanto gris marengo de mi centro de estudios y vestirte el ánimo de carnavales. Amén de que estaba muy bueno, a la sazón.

Hoy Aram se me ha manifestado de nuevo e, indirectamente, me ha hecho darme de bruces con esta joya, cuya existencia yo desconocía: la Asociación Internacional de Rubias. Con su logo y su todo.



La portada de la web es toda una declaración de intenciones: una orgía de rosas chicle, malvas y escarlatas baña cada centímetro cuadrado que no está poblado por una cabellera de tono rubio mattel. Arriba a la izquierda, el rostro agarrado a un ventilador de lo que debe de ser su presidenta, su fundadora o su Purísima, no sé: un injerto de Paris Hilton, Cameron Diaz y Scarlett Johansson que sin embargo parece la cheerleader oficial de su pueblo natal de Siberia.

Y digo Siberia, y no Matalascañas, porque la asociación es eminentemente eslava. Más apropiada hubiera sido la designación Asociación Internacional de Rubias de la URSS. Y ahora todo encaja, porque lo primero que uno experimenta al visitar la página es una regresión a 1987. Seguro que si a la presidenta del club la mostraran de cuerpo entero, se vería que lleva calentadores.

Sin embargo, sé lo que stán pensando. Se están preguntando a qué cojones la Asociación Internacional de Rubias merece un artículo en La Tremolina. Pero amigos: no es el atentado cromático de su página web, ni el Juramento de Rubia ("Oath of blondes") contenido en forma de link en el índice de la izquierda, ni la declaración de la presidenta en forma de saludo al lector donde se viene a mezclar a Marilyn con Angela Merkel, no. Amigos, lo que me ha fascinado es la encuesta que ocupa el recuadro central nada más entrar a la página. La encuesta para elegir al Primer Ministro más elegante, activo y vigoroso, en resumen, el Primer Ministro más guapo y elegante.


Me deja loca lo de Putin, no obstante, puedo comprender que lo que el alma eslava encuentra atractivo no coincide con lo que nosotros, los occidentales de pro, encontramos admisible.

Me deja loca lo de Berlusconi, no obstante, puedo comprender que lo que la nueva alma eslava encuentra atractivo no coincide con lo que nosotros, los occidentales de pro, encontramos admisible.

Pero lo de Balkenende me hace replantearme mi sexualidad.


Y reafirmarme en mi tinte de pelo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El aro

El aro es una circunferencia tendente a estrecha y desplaciente, tirando incluso a maloliente, tipo esfínter, que individuos y sociedades se ven obligados a atravesar en momentos desfavorables, a fin de evitar males mayores, cuando la única salida alternativa supone la hecatombe. Y aquel que nos invita a atravesarlo, vara de avellano en mano, bien lo sabe.

La Historia está repleta de ejemplos de pasadas por el aro, que han ido conformando, a lo largo de los siglos, el mundo tal y como ahora lo conocemos. Mundo que sigue moviéndose al compás de nuevas pasadas por el aro, habida cuenta de que el uso y la costumbre lo han refutado como método eficiente en la mayoría de los casos, pues, apoyado en la tergiversación y, más aún, en el olvido que proporciona el paso del tiempo, sólo unos pocos desviados acaban teniendo en mente al cabo de una o dos generaciones que la consecución de los éxitos se logró gracias al viejo método de pasar por el aro. Y esos desviados, de cara a esa nueva sociedad, no alcanzan a ser más que cuatro locos que dan el coñazo cada equis por vete tú a saber qué quieren y de qué se quejan. Sólo en mínimas ocasiones logran siquiera el título nobiliario de “agitadores”. Que al menos les sirve para salir por la tele quince segundos.
Irlanda pasó por el aro, dejándose un trocito de país a fin de ganar al menos la independencia del trocito más grande.
España pasó por el aro a la muerte de Paco, firmando las “leyes de la amnesia”, porque era mejor que otro sainete a dos bandas.
El Sahara y todos sus contertulios pasaron y pasan por el aro tras la Marcha Verde.
Los dirigentes palestinos llevan décadas pasando por un aro cada vez más angosto.

Lo malo de pasar por el aro estriba en que, desgraciadamente, a aquel individuo o sociedad protagonista de la acometida a través del redondel no tiende a olvidársele tan fácilmente el asunto, y basta que la tornas en algún momento se den la vuelta, o viren mínimamente, para que el recuerdo de semejante humillación se sume a la razón moral que, antes de atravesarlo, poseía sobre el hecho originario en cuestión, para que la reacción sea tan virulenta como nunca antes. Cierto que esto, para sosiego del orden mundial, no ocurre muy a menudo. Pero a veces, pasa. Mucho se han estudiado los efectos de las estrictas condiciones de paz impuestas a Alemania tras la I Guerra Mundial y la responsabilidad de las mismas en el nazismo posterior.

Hoy es 2010 y sigue habiendo aros diversos que atravesar. Dice el periódico de ayer que Serbia ha “reconocido” que la independencia de Kosovo no fue ilegal. Me la imagino en una sala de un ministerio, con una lámpara deslumbrándole los ojos, exclamando “¡sí, es cierto, yo escribí el Quijote y la independencia de Kosovo no fue ilegal, pero por dios déjenme ya participar del mundo y sáquenme del aislacionismo este al que me tienen relegado!”
Amén del absurdo de pretender (y fingir) por parte de la internacionalidá un Kosovo independiente*, lo que me indigna no es que Serbia comulgue con esta misma teoría: me parece, de hecho, muy lógico que lo haga. Es la única forma de que lo admitan en el club (si lo admiten, porque hasta la fecha, ella ha venido cumpliendo su parte, aquello que se le ha ido exigiendo, mientras que por nuestra parte no le hemos dejado más que oler de lejos la zanahoria). Lo que me indigna es la hipocresía con la que nosotros, el mundo civilizado, adalid de la paz y la concordia, le emplazamos a “reconocer” la legalidad del asunto. Cuando de legal ni tiene ni ha tenido nunca nada, y la mentada independencia se da de bruces con los tratados internacionales en general y la resolución de la ONU para Kosovo en particular, esa en la que precisamente dice apoyarse.

El mundo gira y la geopolítica se mueve, y eso es y ha sido siempre así. Siempre habrá quien gane, y siempre habrá quien pierda. Pero acompañarlo de la humillación demagógica revestida de moralidad me provoca náuseas. Pasar por el aro es necesario. Pero pretender que sea moralmente admirable es avergonzante. Sobre todo, para quien lo pretende.


*Para curiosos que quieran saber a santo de qué digo esto, les sugiero la lectura de esto otro, especialmente los epígrafes referidos a “Futuro de Kosovo” y “Presente de Kosovo”

martes, 7 de septiembre de 2010

Glamour

Desde hace cosa de dos meses, llega puntualmente a mi buzón y a mi nombre la revista “femenina” Glamour. El primero de los números que llegó venía acompañado de una nota en la que el equipo directivo de Glamour me felicitaba por haber sido ganadora de un sorteo en virtud del cual se me adjudicaba una suscripción gratuita a la mentada publicación. Definitivamente, el departamento de marketing de Glamour no debe de ser muy avezado en nuevas tecnologías: con un vistazo que le hubieran echado a mi historial de cookies y clicks en interné, hubieran descubierto que más habrían ganado suscribiéndome a, qué te voy a decir yo, Pelo pico pata, Car & Driver o Avion Revue, mismamente.

Pero el caso es que ahí estaba. Glamour, versión bolsillo. Mirandome fijamente desde la rendija del buzón. La observo de soslayo. Somos dos perfectas desconocidas, nos conocemos sólo de oídas. Bueno. Vale. Te voy a abrir. Puede que después de todo no seas tan mala como mis prejuicios me invitan a pensar.

Al cabo de tres páginas ya no sólo sospecho: ya sé de forma fehaciente que las revistas “femeninas” las diseña el mismo tío que se inventa los anuncios de compresas. No puedo, de verdad, no puedo ni he podido nunca comprender qué perturbada mente ingenia los anuncios de compresas, salvaslips, tampax y varios y obliga a la población civil a convivir con las Tanga Girls, el buenos días frescor, los me gusta ser mujer y el vomitivo hola, soy tu menstruación con reminiscencias Ágatha Ruiz de la Prada que definitivamente, en lugar de hacerte sentir identificada con el género femenino, te convidan a hacerte sentir identificada con el género gilipollas. Bien, pues tengo la concluyente sospecha de que las revistas “femeninas” salen del mismo tarro. Es ver tres páginas y sentir que me están llamando imbécil.

Yo me pregunto, de verdad, me pregunto cómo es posible que una publicación orientada a ese concepto etéreo que son las mujeres “profesionales”, es decir, ejecutivas agresivas que saben lo que quieren, independientes y timoneles de su cama y de su cuenta corriente, que nacieron en el ideario cinematográfico estadounidense del último siglo, decía, cómo es posible que ediciones que se venden bajo ese estandarte presenten, en negrita y en portada, contenidos tales como “10 trucos para no fallar en la primera cita”, “830 looks de verano para impresionar” o “Sexo: qué quieren ellos en la cama”. Me lo pregunto principalmente porque creo que hay que ser muy gilipollas para no darse cuenta de que a esa profesional del mundo empresarial de película, en sus treinta y equis años, se la traen al pairo todos esos titulares, bien porque a estas alturas de la película no le vayan a contar nada nuevo, bien porque a estas alturas de la película semejantes pubertadas le importen tres cojones.

Y es que definitivamente, con mirar tres páginas más, uno se da cuenta de que Glamour, como tantas otras, no son más que una Ragazza a la que hayan cambiado las páginas publicitarias de Mango por las de Burberry o Chanel. La Ragazza, que era eso que adquiríamos cuando empezamos a llevar bolso y a pintarnos los morros y a considerar que la etapa Super Pop se quedó atrás con la EGB, y ya iba siendo hora de saber cómo piensan los Sagitario o qué no debes decir si quieres volver a verlo o cómo maquillarte los ojos para que no te pidan el carné en Kapital.

Es este un país donde no hay forma de hacerse con una revista de actualidad interesante que no incluya tetas en portada e interiores (y ni siquiera las que incluyen tetas son ya lo que fueron), un país en el que o te gusta la historia o los barcos de vela o la caza del tordo o no hay forma de localizar algo impreso que te interese, y ni por esas, porque las revistas de historia (por poner un poner) parecen a veces un epígrafe de Las Tres Mellizas van al museo. Y ni siquiera el último baluarte que a mí me quedaba, El País Semanal al que me agarraba con uñas y dientes, ha sobrevivido. Ay, mi País Semanal, que cada vez es más… glamouroso.

Y luego dicen que con la crisis están cerrando muchas revistas. Coño, pues ya era hora.

martes, 24 de agosto de 2010

¿Cerrado por vacaciones?

Sí. A día de hoy, La Tremolina se va de vacaciones.

Desconozco si el negocio cerrará del todo, o habrá servicios mínimos.



Que ustedes lo pasen bien

jueves, 19 de agosto de 2010

Posdata: El nivel del Ebro

Sólo ahora me doy cuenta de que en el post anterior me dejé la que sin duda es la mejor de las aportaciones al puntodoc de referencia. No hay mal que por bien no venga: se merece una crónica pa ella sola.


Suena el teléfono de la oficina. Descuelgo el auricular:
-Spaans Verkeersbureau, goedemorgen
-Goedemorgen -me responde una voz proveniente de una agencia de viajes-. Quería saber el nivel del río Ebro a su paso por Tudela.
-(...)
-(...)
-Pues verá, es que eso es una información muy concreta que nosotros desconocemos, lo mejor sería que llamara a la oficina de turismo local para informarse.
-Ah, de acuerdo. Dank u wel!
-Alstublieft.

Al cabo de 5 minutos, vuelve a sonar el teléfono:
-Spaans Verkeersbureau, goedemorgen
-Goedemorgen. Quería saber el nivel del río Ebro a su paso por Tudela.
-(...)
-(...)
-Usted ha llamado hace un momentito, ¿verdad? Creo que ha hablado conmigo.
-Sí.
-Pues... como le comenté, nosotros no disponemos de información tan concreta. ¿Ha probado a llamar a la oficina de turismo local, como le sugerí?
-Sí, pero es que me han dicho que ellos no saben nada de eso y que les llame a ustedes.
-(¿?) ¿Pero a qué oficina de turismo ha llamado?
-Pues a la local, a la de aquí de Groningen.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿Olerá mucho a toro?

En estos días de asueto en los que el tedio vuelve a jugar al futbol en esta mi oficina, regateando entre las escasas cabezas que se adivinan por entre los ordenadores, estos días en los que los alfredo landa del mundo chapotean en aguas levantinas y aledañas y los gremios ancestrales dejan de existir por espacio de un mes (intente acuchillar un parqué en agosto, ¡ja!), decía, en estos días de reflexión sobre uno y el entorno en los que hasta la digestión se vuelve más lenta, me han venido a la memoria momentos épicos relativos a lo vacacional, de cuando yo trabajaba en un organismo hispánico oficial allá por los Países Bajos, instantes que conservo en formol en la retina cual brazo de Santa Teresa, y en binario en un puntodoc en el que empecé a acumularlos cuando ví que la cosa no era casual. Incorruptos ellos, me piden que los sacuda al aire en las ondas cibernéticas, y comparta con otros mi dicha.

Y qué narices, que estoy vaga y prefiero tirar de archivo.


Tengan ocasión de degustar, amigos tremolineros, algunos de ustedes incluso por segunda vez, la selección de Las Mejores Preguntas Que El Pueblo Holandés, Ávido De Sapiencia, Ha Realizado A La Oficina De Turismo De España En Los Países Bajos.

1.- Me voy de vacaciones a San José de Costa Rica, ¿podría enviarme información sobre la ciudad y los medios de transporte?

2. -Quiero pedir información sobre Gibraltar.
-Pues verá usted, Gibraltar es una colonia británica
-Ya, pero es que he llamado a la oficina de turismo de Gran Bretaña y me han dicho que ellos allí no tienen nada, y que les llame a ustedes

3.- (por e-mail, desde una agencia de viajes): “Quisiéramos solicitar posters y otro material promocional sobre Turquía”.

4.- (desde otra agencia de viajes, por teléfono. Llamada de 14 minutos de duración sobre el mismo tema): “…Entonces, ¿ustedes no pueden garantizarme que en el sur de Tenerife no vaya a llover la tercera semana de noviembre?”

5.- ¿Se puede hacer el amor en la naturaleza en España?

6.- ¿Puede llevar un hombre un bañador de mujer en España?

7.- ¿Hay pañales y potitos para bebé en España?

8.- ¿Puedo meterme en problemas en España si voy por ahí con una chaqueta de estilo militar?

9.- ¿Hay servicio de señoritas de compañía en España?

10.- He visto que hay 10 días de lluvia en Junio, ¿me puede decir qué días son?

11.- ¿Se hacen controles del VIH en España?

12.- ¿Se cambian las agujas de la jeringuillas en España?

13.- ¿Hay hospitales en las Islas Canarias?

14.- ¿Puedo llevar drogas a España?

15.- Quiero llevarme champiñones de tipo biológico a España. ¿Son muy estrictos en la frontera?

16.- He oído que hay una ley en Barcelona que permite ir desnudo por la calle, ¿es así?
(Respuesta de mi compañero A.: “Lo mejor es que pregunte en la oficina de turismo de Barcelona una vez que esté allí, pero vaya con ropa la primera vez”)

17.- ¿Hay hoteles para perros en España, puesto que ellos también tienen derecho a tener sus vacaciones?

18.- ¿Disponen ustedes de un listado de mujeres españolas que deseen tener aventuras con holandeses, como en Rusia, por ejemplo?

19.- ¿Tienen información sobre clubs de intercambio de parejas en Mallorca?

20.- Quisiera que mis padres me trajeran una planta de Tenerife, pero sólo conozco el nombre en latín: “Cassia-didi-mobotria”. ¿Sabe cómo se llama esta planta en castellano?

21.- El próximo fin de semana vamos a Salou y nos gustaría alquilar una bicicleta, ¿hace falta tener carné de conducir?

22.- ¿Dónde hay granjas de dromedarios en España? (nota al pie: por mi amiga Amber he sabido que hay una en Gran Canaria)

23.- ¿Tienen direcciones de comunas en Barcelona?

24.- Soy español, estoy de vacaciones en Holanda. Me he quedado sin dinero y aún me quedan 4 días. ¿Sabe de algún sitio en el que pueda trabajar 4 días?

25.- Me voy de vacaciones a Mallorca, ¿puedo lavar la ropa allí sin que destiña, por el color del agua de Mallorca?

26.- ¿Se pueden comprar pilas en España?

27.- Estoy buscando una tienda u oficina donde se puedan comprar maracas de buena calidad

28.- En Holanda acostumbro a beber Red Bull cuando salgo por ahí. ¿Es legal en España? ¿Lo hay en las tiendas y en las discotecas? (nota al pie: he sabido que al parecer en Francia no lo es. Ahora todo tiene sentido)

29.- Voy a un camping en La Rioja que está cerca de una plaza de toros, ¿olerá mucho a toro?

30.- He oído que en España es necesario tener un documento “antidonación” si se tiene un accidente, o, de lo contrario, te quitan los órganos. ¿Es así?


Y aquí se las dejo, para que elijan sus favoritas y las pongan como salvapantallas en sus portátiles. Yo creo que me quedo con la 10. Y perdí mi oportunidad con la 18.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Al olor de las sardinas...

Están pesaditos los marroquíes con que si les ponemos un pressing catch por razón de unas sardinas malolientes, et alteres. A mí me produce cierta nostalgia, la verdad, ver las manis de indignados magrebíes quejándose del trato que reciben por parte de los bárbaros hispanos en la ciudad ocupada de Melilla. Tienen una pinta muy parecida a las manis del 1º de Mayo en la antigua RDA (esas en las que ay de ti como no colgaras la banderita en el balcón), o a las hordas de españolitos recibiendo a Eisenhower –o despidiendo a la División Azul-.

Las manis magrebíes tienen su puntito kitsch. Me pregunto si serán como las manis de La Familia aquí en Colón, y el monarca de ahí abajo sacará a pasear a todos los familiares más y menos cercanos de su séquito como cuando Rouco tira de agenda. El caso es que ahí les ves, con las banderas rojiverdes a todo trote en plena exaltación pro-derechos humanos.

Y es que les tratamos muy mal, en los pasos fronterizos de la ciudad ocupada de Melilla. Este pueblo de iberos, racista, que no alcanza a comprender el trato sutil al que el pueblo marroquí está acostumbrado.

Yo, qué quieren que les diga: me aburre el asunto. Están coñazos, los tíos. Pero no puedo evitar preguntarme por qué anda Mohamed tan nervioso, revolviendo tantas aguas y buscando que salte la chispa. Hace unos meses, nombrando para el cargo de embajador en España a un prófugo del Frente Polisario sin experiencia ninguna, de pasaporte argelino hasta hace nada y ahora en teoría hiper-pro-marroquí al respecto del Sahara (es decir: tocando las narices en un tema tan controvertido como ese en este nuestro país). Y ahora, con que si tú me das de latigazos porque al pobre estudiante de 30 años las sardinas le huelen mal (la excusa parece sacada de Ali Baba y los 40 ladrones, a la sazón).
Anda Mohamed nervioso, me pregunto si será porque a Estados Unidos se le acaba el imperio de a poquitos y quiere aprovechar a quemar los últimos cartuchos –que nunca se sabe si con los chinos, indios y brasileños la cosa estará tan clara-. Estados Unidos se va esfumando y Marruecos sabe que se queda sin El Amigo Americano, el que le hace ser quien es en la zona, el que le permite campar a sus anchas en tantos asuntos, ONU incluida. Es ahora o nunca. Que salte la chispa. Que salte la chispa, porque si salta, sabe que la OTAN no va a meterse. No puede. Cosas de los tratados.

En fin. Anda Mohamed nervioso y con el mapamundi sobre la mesa. De momento ha optado por la opción “soliviantación de masas”. De sus masas, las de Mohamed. De las masas que viven allí, de las masas que no deben de vivir muy mal.
Porque las otras, las que viven muy mal, es aquí donde viven, o donde intentan vivir. Aquí, en esta tierra de racistas y bárbaros y maltratadores.

jueves, 22 de julio de 2010

Topographie des Terrors

Creo haber visitado un total de 10 campos de tránsito, concentración y/o exterminio en los últimos años, de los cuales seis eran campos nazis, dos camboyanos, uno vietnamita, y otro chileno. Algunos de ellos luego pasaron a ser de lo que podríamos denominar usos mixtos, ya que tras la II Guerra Mundial, y habiendo dejado los alemanes la infraestructura cuasi-intacta, no era cuestión de desaprovechar las mentadas instalaciones. Es el caso de Sachsenhausen, al norte de Berlín, donde la URSS reabrió el negocio tras el traspaso germánico, Westerbork, gran campo de tránsito holandés en zona boscosa, que posteriormente sirvió para “alojar” a los molucanos que habían luchado junto a Holanda en la guerra de la independencia de Indonesia y, más posteriormente aún, para albergar uno de los mayores observatorios astronómicos del mundo (total, si ya estaban talados los árboles…), o Vught, también en Holanda, que tras la guerra pasó a ser una penitenciaría y eso es lo que sigue siendo. Los demás se han quedado como centro de visita (entre los que Auschwitz I se lleva la palma, convertido casi en parque temático) o han seguido siendo lo que fueron antes, como el Estadio Nacional de Santiago de Chile, que ha seguido siendo, pues, estadio.
Me gustaría poder añadir que también he visitado algún que otro centro o campo en mi propio país pero ya saben ustedes que eso, en estas latitudes, no sabe, no contesta.

El primer campo que visité fue Dachau, en 2004. Me asusté. Me asusté porque, muy al contrario de lo que me temía, no me revolvió el hígado. Me interesó muchísimo, pero supongo que me aproximé a él con un afán analítico que, al parecer, es poco habitual. Nada que ver con lo que sintió quien me acompañaba, un señor alemán que por entonces era mi pareja. La visita casi nos cuesta una crisis de las gordas.
Ese mismo año fui a Sachsenhausen, a Auschwitz I, y a Auschwitz II (de nombre Birkenau, en realidad). Ocurrió lo mismo. Y hasta me indigné, y descubrí cómo el cine y la televisión nos han llevado a tal error que la mayoría de nosotros pensamos que “Auschwitz” es un solo campo, cuando en realidad son tres, y de diferente índole. No se confundan: no es que la visita me resulte “indiferente” o algo similar: ni por asomo. Es más bien que cuando estoy en ellos aflora mi yo más científico, y no mi yo de salir a la calle todos los días a comprar el pan. Siento, pero siento como reflexión sobre el ser social, y no con la empatía de que me tocara algo.

Y así se han ido sucediendo los lugares: el Estadio Nacional de Chile con Paola (que tanta normalidad destila que en pleno partido nos llovieron piropos y hasta botellas), el paseo entre las gigantescas antenas y telescopios de Westerbork aderezados con cabañas de internamiento aquí y allá, los planos y diagramas de Vught junto a la valla con alambre de espino, la prisión S-21 (Tuol Sleng) donde el régimen camboyano descubrió hasta dónde llega la resistencia de un hombre, el campo de exterminio y enterramiento de Choeung Ek, a pocos kilómetros de la S-21, donde todavía, tras las lluvias, asoman los huesos del millón de camboyanos asesinados en un país con siete millones de ellos (aunque ya sabemos que las cifras las elige a discreción el que las escribe).

En todos ellos, en todos esos lugares, he pasado varias horas. Me he interesado por cada fotografía, por cada texto, por cada baldosa. Sobre todos he reflexionado: pasado, presente y futuro. Pero ninguno me ha provocado un ataque de ansiedad, un vaivén en la respiración. Luego he cenado. Aunque siguiera reflexionando al respecto. Aunque intercambiara conclusiones con alguien. He cenado y me he ido a dormir. Y, en cierta forma, eso me asustaba.

Hay sin embargo un lugar que me da más miedo. Un miedo distinto. Un miedo personal. Y esa es la antigua Yugoslavia.
No sé cuántas veces me habrán preguntado por qué me interesa tanto ese tema. No lo sé. No tengo ni idea. Desconozco por qué no me canso, desconozco por qué estoy deseando oir hablar a cada serbio, croata, esloveno et alteres que se cruce por mi camino, desconozco por qué podría pasar cada semana de vacaciones allí. Pero empiezo a desarrollar una teoría. Me da la impresión de que la razón de que este caso me dé miedo es que mi aproximación analítica se queda siempre, irremediablemente, sin cauces para discurrir llegado un punto. Se me bloquea. Y siempre, siempre llega, irremediablemente, el mismo pensamiento: cómo es posible que eso ocurriera en un lugar que vivía mejor que yo. Cómo es posible que los campos de internamiento serbobosnios con sus violaciones sistemáticas ocurrieran mientras yo me zampaba un helado con forma de Curro en la Expo de Sevilla. Cómo es posible que el agua potable se convirtiera en un lujo a la vuelta de la esquina, si yo andaba de discoteca en discoteca arropada por los berridos del Pelotazo Mix. Cómo es posible que todo eso ocurriera, todo, todo, en mis múltiples años de instituto. Todo. Tanto. Tanto rato.

Y cómo es posible que 15 años después los posos sean tan palpables en lugares como Visegrad, y uno note esa mirada cortante que aborrece la internacionalidad que tú representas mientras atraviesas el puente de Mehmed Pasa Sokolovic con sus ambiguas manchas rojas, y cómo es posible que a pocos kilómetros haya más mezquitas y pañuelos coronando a las mujeres de las que hubo nunca en Gorazde, y cómo es posible que quince años después no haya forma de localizar con relativa facilidad ni una sola ubicación de los múltiples campos de internamiento que proliferaron en esas y otras montañas.

Y entonces a veces leo un libro como Como si yo no estuviera (“Kao da me nema”), de Slavenka Draculik, que quizá no sea mejor o peor que otros que se hayan escrito, pero la respiración en ciertos párrafos da un vaivén y el ceño se me frunce y se escapan las ciencias sociales por las rendijas y yo sé yo sé que todo es mutable y volátil. Aunque me niegue a admitirlo.
Y me da miedo.




(Parte de S-21 o Tuol Sleng, en Phnom Penh, Camboya. Era un instituto de enseñanza secundaria)

miércoles, 14 de julio de 2010

De lo desconocido

A las 9:10 de la mañana, cuando he entrado por la puerta de mi casa, me he encontrado a un señor poniéndose unas botas de trabajo en el salón.
-Buenos días, soy Ortega
-Buenos días, soy La Tremolina. La culpable de todo esto -le he contestado, mientras señalaba alrededor a las obras de reforma de mi hogar, que comenzaron el pasado lunes.
-¿Todo bien?
-Sí, sí. Vengo a trabajar desde aquí hoy porque me comentó Manolo que ya había que tratar el tema de dónde van a ir los puntos de luz, y los de agua, y demás.
-Ah, sí, muy bien.

Bondades del teletrabajo. En mi empresa, que, como todos los lectores habituales saben, es una empresa puntera en modernidad y conciliación de la vida familiar y laboral, se nos permite trabajar desde casa. Otra cosa ya es que la tecnología permita hacerlo, porque normalmente el ordenador de empresa se queda colgado, o no encuentra red, o no se conecta a la red central, o en fin. Pero hoy ha sonado la flauta.

Ortega estaba sacando escombros cuando han llamado a la puerta. He abierto y, cual escena del camarote de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera, han entrado en fila tres señores, el primero de los cuales era Manolo, apoderao de la cuadrilla, seguido de Misha, el fontanero, y Roberto, cerrando la comitiva. Una pequeña delegación de la ONU en mi casa, que espero obtenga mejores resultados que la mentada.

Qué les voy a contar: está siendo una experiencia nueva, un rito de iniciación. Se ve que se llevan bien, salvo en temas musicales, en donde no consiguen llegar a un acuerdo para elegir un estilo. Así que han decidido ponerlos todos. En este momento, además del martillo neumático encomendado a Ortega para la completa destrucción de lo que queda de azulejo, tengo la salsa de Roberto como estímulo musical, los mecagontó en ruso de Misha, el vallenato de Ortega, el merengue que está cantando Roberto que dice "No sé si pueda soportaaaaaaar este amoooooooorrrr", y preveo que en cualquier momento llegará un piropo al aire. Menos mal que Manolo se ha ido, porque, considerando que antes era cura, lo más probable es que se hubiera arrancado por homilías.

Y así que aquí me hallo, amigos, desmembrando las tripas del inmueble que habito, aquí una pared de carbonilla, aquí una toma de luz cerrada, aquí una tubería de hierro madrrrre mía esto esh una verrrrgüensssa como han hecho essshta cañerrrrría essshto hay que cambiarrr este tubo no va con mocheta eshhta!!!!, aquí una roza para la calefacción...

Estoy aprendiendo un montón. También sobre las distintas propiedades de los diversos inodoros disponibles en el mercado, y de azulejos, pavimentos y revestimentos (¿por encargo? ¿en almacén? ¿entrega inmediata? ¿porcelánico compacto? ¿gres? ¿mosaico natural?), de codos de tubería, de plomo, uralita y cobre, de anchos estándar, de cocinas a medida... En momentos como este, uno reflexiona y se da cuenta de lo poco que conoce en realidad de la vida y el entorno, del karma y las especies.

lunes, 12 de julio de 2010

Pobre Raúl

Anoche, mientras ustedes daban saltos de alegría porque un señor bajito y de premeditada alopecia corría hacia una esquina con diez tíos más detrás después de haber encajado un balón en una red, y otros de ustedes leían el Hola, y otros de ustedes disfrutaban de Madrid sin coches, y otros de ustedes hacían solitarios, y otros de ustedes (los menos) veían la serie nueva de La Sexta, y otros de ustedes hacían ganchillo, yo, que me estaba comiendo unas salchichas con mostaza, no pude evitar pensar en Raúl González.

Me lo imaginé en el sofá de su casa, mordiendo un cojín con los ojos inyectados en sangre, con su Mamen del alma preparandole una tila y dandole palmaditas en la espalda, ya pasó, ya pasó. Pobre Raúl. Conviertete en leyenda para esto. Conviertete en lo más grande para que vengan unos mequetrefes por detrás a decirte que tampoco lo eras tanto.
Pobre Raúl, en su sillón orejero de tapicería floral, revisando con ojos vidriosos en el VHS todos los partidos internacionales jugados. Y la memoria, traicionera, interrumpiendo el visionado con el momento en que oficialmente le comunicaron que no iba a ser llamado a filas. Se acabó ser seleccionado. Se acabó lo del Gran Capitán. Es usté un jugador estupendo, pero.
Pero está usté mayor.

Pobre Raúl. Y así se lo pagan. Ni un triste puesto de comentarista le han ofrecido. Debe de ser el único español que no se alegra nada. Bueno, él, y el que me acompaña, que prevé especiales televisivos hasta Navidad. Bueno, él, y yo, que estoy hasta los cojones de las trompetillas y los claxones hasta las 4 de la mañana. Bueno, él, y el pulpo, que ve con preocupación cómo sube la votación de la izquierda, y ha previsto que acabará formando dueto hispánico y en vivo con Aramis.

Entretanto, he decidido que El Día Que Yo Sea Presidenta, formaré y conformaré a mis súbditos para que lo que haga que salgan a la calle y corten la Gran Vía, y la plaza del Obradoiro, y la basílica del Pilar, y el Parque de María Luisa, no sean fútboles, baloncestos ni semejantes, sino la proclamación del vencedor final del Saber y Ganar. ¿Se lo imaginan, a Jordi Hurtado, en lo alto de un autobús con sus tarjetitas, recorriendo España, y las hordas de españoles aclamandolo desde abajo? Eso sí, nada de trompetillas: a lo sumo, repique de triángulos y bandurrias para los más avezados. Y toda España con el corazón en un puño en el último programa de Saber y Ganar. Y por los balcones resonando: "¡¡¡¡¡¡huyyyyyydiooooooossss!!!!!!", ante la confusión del finalista entre el acusativo singular y plural templum-templi.

...Porque lo de salir a la calle por la obtención de un nuevo nobel de medicina, lo veo menos probable.

lunes, 5 de julio de 2010

Locuras

En Madrid, en la calle Martín de los Heros esquina con Marqués de Urquijo, hay un señor de bigote y gabardina que todos los días puntualmente, a eso de las 11:30, sale al balcón de su segundo piso y exclama:
-¡Rojos! ¡Hijos de puta! ¡Socialistas! ¡Rojos!
Y concluye su locución con un definitivo “¡Arriba España!”, tras el cual procede a introducirse de nuevo en los metros útiles de su vivienda.

En mi patio de vecinos, en el bajo, vive una señora que también puntualmente cada mañana o cada tarde o cada noche sale al patio comunal y la emprende a insultos con alguno de los vecinos, o con las propiedades de alguno de los vecinos si no encuentra ninguno disponible (ventanas, tiestos, ropajes tendidos). El otro día me tocó a mí:
-¡Guarra! ¡Cacho guarra! Tiene mi amiga un patio en Móstoles que parece un patio andaluz… y aquí en este vecindario… qué vergüenza… ¡cacho guarra!...
Todo esto me comentaba mientras yo regaba mis macetitas. Ante lo cual, lógicamente, procedí a saludarla con la mano y a sonreirle de oreja a oreja.
-¡¡¡¡¡Y encima saluda, la muy guarrrrrrra!!!!!
Al cabo de unos días, sin embargo, me la encontré en el portal al ir a tirar la basura, y en esa ocasión ya no fui la guarra, sino el receptor ideal al que contarle varias veces seguidas y sin respirar la misma historia, con la mirada un tanto perdida, al respecto de la ropa que llevaba a la iglesia para los niños pobres, mientras me dedicaba sonrisas y afectos cual Padre Abraham a los pitufos.

Es alarmante el número de locos que hay en Madrid. Imagino que será aproximadamente el mismo que exista en otras metrópolis de su mismo tamaño y, sobre todo, características. Hace mucho que lo observo, pero cada día lo contemplo con mayor preocupación. Principalmente, porque veo en mi persona un sujeto muy susceptible de acabar engrosando las filas de los arriba mentados.
Madrid es un lugar propicio para convertirse. Cualquiera con una pizca de sensibilidad vive en Madrid como en un caldo de cultivo. Más aún si la sensibilidad no es una pizca, sino algo que rebose por los oídos.
La prisa, el ruido, la despersonalización inducida, la deshumanización forzada. La falsificación de lo lícito. La insensibilización convertida en hastío, el hastío convertido en norma. No todos sobreviven con sus facultades intactas: la coraza de ocasión viene sin garantía.

Todos los días, por todas partes. El señor Miguel, que a las tres de la tarde pone las marchas militares a todo volumen en el piso de al lado del de mi hermana. El peonza, que baja desde Argüelles hasta Plaza de España girando sobre sí mismo. La señora negra en sus cuarenta y tantos años que pasea lentamente por Bailén con los ojos desencajados. El chico con gafas que se dedica a colocar y recolocar libros de forma compulsiva en la Casa del Libro, como si allí trabajara.

La Tremolina, a carcajada limpia ella sola en un banco de la Plaza de Oriente. Espero que, al menos, tenga un matasuegras en la mano y un paraguas abierto.

sábado, 19 de junio de 2010

La vida privada de Dominique Bretodeau

No ha sido obra del tapón de un frasco de perfume que se me haya caído en el baño, ocasionando el desprendimiento de un azulejo y, con ello, el descubrimiento de una caja de latón. No, no se debe a algo tan peregrino. En mi caso, el descubrimiento de la vida privada de Dominique Bretodeau viene ocasionado por la reforma inminente del baño y cocina de mi hogar -y las consecuentes chapuzas adyacentes, en términos de electricidad y fontanería, que afectan a toda la casa.

Llevo unas 3 horas subida al altillo, que es esa cosa que se generaba en las casas antiguas de techos muy altos a lo largo de un pasillo (o varios) cuando, en los setenta, dejaron de hacer falta los techos tan altos y comenzó a hacer falta sitio donde guardar las pertenencias que antiguamente no se tenían. Llevo unas 3 horas subida al altillo, para desalojar esas pertenencias que ahora se tienen, a fin de que los cables de la nueva instalación eléctrica discurran por él.

Todo lo que yo conocía de ese altillo es el radio que alcanza mi brazo desde las puertecillas que dan acceso a él, que es donde he ido acumulando cajas, utensilios que una vez se compraron y que se usaron otra, láminas de parqué y botes de pintura. Pero hoy había que superar los límites del radio y trepar del todo, y una vez dentro, andar a gatas retirando cajas y chismes del todo desconocidos, hasta divisar la pared del fondo.

He encontrado:
una cafetera eléctrica de los años 80
un botellero de madera
la caja vacía de una aspiradora
vasos, jarras y azucareros perfectamente envueltos en su embalaje original, del que parecen no haber salido nunca
bolsas vacías, incluyendo una de Galerías Preciados
un escurridor de vajilla de plástico
y al fondo, muy al fondo, dos cajas de tamaño considerable.

Lo primero que me ha hecho alzar la ceja es que en una de ellas se podía leer, bajo la espesa capa de polvo, "Mantequerías Leonesas", cuya combinación sIntagmática ha aporreado la puerta de algún recóndito recuerdo.
Pesaba un huevo.


Con gran esfuerzo, las he bajado. Las he depositado en el pasillo. Les he retirado el polvo acumulado con un trapo. Las he abierto, esperando encontrar alguna suerte de mantelería regalada por alguna tía abuela desconocida a la boda de mis padres, o algún calefactor de baño del año 76. Tienen ustedes que saber, casualidades de la existencia, que casualmente tenía puesta la banda sonora de Amelie, y casualmente en ese momento sonaba la pista en la que Dominique Bretodeau encuentra y abre la caja de su infancia, metido en la cabina telefónica.

Lo que ante mí ha aparecido al retirar las tapas no tenía nada de mantelería, ni de sacos para enyesado, ni de minipimer de ocasión. Lo que ante mí ha aparecido ha sido la vida privada de JR, que son las iniciales de la que aquí escribe como mami-mami, y parte de su infancia y adolescencia.

Yo sabía que mi madre había tenido mi edad antes de tener la suya. Había visto fotos. Pero nunca me había codeado tan de cerca y sin protocolos con su día a día. Con lo que era suficientemente importante como para salvarlo del tiempo, metiendolo en una caja y dejandolo descansar en el rincón más resguardado posible. Con sus decisiones, con su entretenimiento, con sus nimiedades.
Un innovador monopoli ("SUERTE - Un bombardeo aéreo te ha destruído dos casas"). Unos cartones de bingo de excelente calidad y detalle. Un cuaderno de su etapa en las monjas. Una bolsa de tela con más telas dentro. Una caja de cartón con la palabra "MÍO" escrita en el frontal, conteniendo: una pegatina de una discoteca de Blanes, una pegatina de una discoteca de Alcobendas, figuritas varias. Una caja de plástico transparente con fotos de los años 50, 60 y 70: la boda de mis abuelos, junto a la invitación a la boda; mi tío el futbolista, recibiendo la copa; mi bisabuelo Ramiro, mi bisabuela Doro; el nacimiento de mi tío en el año 57; fotos con las amigas en el año 69... y entre todas las cajas, figuritas e imágenes, Fernandito, de trapo, de rojo y azul, por el que a veces se ha preguntado.

Yo tenía todo eso delante y esperaba que en cualquier momento mi madre, de 8 años, saliera del dormitorio, o entrara por la puerta con 21, y recogiera a Fernandito del suelo, o escondiera entre las hojas de un libro la pegatina de la discoteque Atlantis. Y yo lo iba a ver. Iba a ver cómo ella, efectivamente, antes que su edad, tuvo la mía.




martes, 15 de junio de 2010

Metafísica del polo de chocolate

Hace tres semanas tuve ocasión de degustar una experiencia que creía menos probable que la posibilidad de que la Virgen de Lourdes me hablara por boca de Stalin en el salón de mi casa apareciendo por el pasillo, mientras en la tele sonara Dónde estás, corazón.
Y sin embargo, ocurrió. Por obra y gracia de facebook. Fue hacerme la ficha, y que la cosa empezara a localizar a gente del cole, y a localizarme a mí, a su vez. Y una vez en esas, fue cuestión de días montar una pequeña quedada en la que nos viéramos las caras aquellos que habíamos compartido vida y extrarradio hace más de diez, de quince años, y que llevábamos la misma cantidad de ellos sin saber qué habría ocurrido en el acontecer de los otros.

Sucedió el 22 de mayo. Fuimos apareciendo por goteo en la plaza protagonista de nuestras quedadas de antaño. Allí estaban el guapo que ya no lo era tanto, el feo que también había dejado de serlo, la guapa que lo sería siempre, la que siempre fue muy discreta, el que creía pasar desapercibido y lo seguía creyendo… y yo, entre algunos otros, que ignoro lo que fui a ojos ajenos, y más aún lo que soy.
Y por ahí fuimos de tapeo, y estábamos tomando cañas (leré-lereleee) cuando apareció por la puerta un tipo al que al principio no reconocí, hasta que percibí la voz, proveniente de lo alto de su uno noventa y algo. Y eso que lo estaba esperando (de hope, más que de expect).

Era el Pecas, que siempre aborreció que me dirigiera a él como el Pecas. Pero qué quieren, era lo que yo entendía como mi mejor amigo en la infancia, y en esa época el afecto parece no serlo si uno no bautiza con un mote. Mi mejor amigo de la infancia, que se fue diluyendo con los típicos vaivenes del instituto, que se acabó difuminando con el lógico catálogo de novedades de la universidad. Mi mejor amigo de la infancia, que ni vaivenes ni catálogos me hicieron del todo entender por qué nos acabamos desliendo.

Hola Pecas. Cómo estás. Joder, qué guapetón te has puesto. Quiero secuestrarte cinco minutos, diez, tres horas. Tengo mucho que contarte. Y mucho que escucharte. El recuerdo más nítido que de ti conservo es un polo de chocolate al salir de inglés, y una cuesta arriba hasta el ayuntamiento. Sin embargo, no tienes ni idea de lo mucho que has viajado en forma de asalto a la memoria y a la curiosidad. Has estado conmigo sentado a la mesa en mi casa de Holanda, cuando las malas rachas traen la nostalgia a la cotidianeidad, y el fuero interno repasa las raíces de la memoria con el afán de tener claro los referentes en los que se sustenta uno. Has estado conmigo en muchos lugares del mundo, ocupando una fracción de segundo o alguna que otra hora, por alguna anécdota médica o por unos ojos azules, nunca se sabe. También estuviste conmigo cuando volví a Madrid hace casi dos años, aún tambaleante, y olía alrededor y había ruido y había coches y había sol y me preguntaba si alguna vez me atrevería a entrar en la consulta que al parecer habías montado y decirte: “Hola Pecas, ¿sabes quién soy?, ¡¡vamos a tomarnos un café!!”.
Quiero saber cómo estás, qué ha sido de tu vida, si te gusta, qué te guía, qué te desgasta, si anhelas algo, qué te llena los ojos de lágrimas, qué te llena la boca de risas. Quiero saber cómo fue tu universidad, cómo es ahora tu día a día. Quiero saber a dónde has ido, qué lugares has visto, si tu vida también la mides, como yo, por los paisajes, los nombres y los kilómetros acumulados. O si la mides en grados de tranquilidad. O si la mides en francos suizos.
Quiero decirte que siento mucho lo de tu padre. Pero no quiero decirtelo aquí, delante de todos, como si fuera un mero trámite: yo quiero decirte que siento mucho lo de tu padre. Porque en verdad lo siento y el ceño se frunce al pensarlo como se me frunce siempre que se me alteran la mucosa y el ánimo, así que quiero reservar el tiempo necesario de ese secuestro para decirte que siento mucho lo de tu padre, que en verdad lo siento.
Y quiero también echarme una risa y una sonrisa contigo y preguntarme qué hubiera pasado si no nos hubiéramos perdido la pista en el instituto (si es que nos la perdimos), o si no hubiéramos salido corriendo (si es que corrimos), es decir: qué hubiera pasado, en suma, si tú hubieras puesto en barbecho la curiosidad hacia mi persona esa que –también al parecer- te invadía a los 15 años, si yo hubiera sabido hacer entender bien la reciprocidad a mis 17, y ambas hubieran surgido cuando tenían que hacerlo y a la vez. Y vivir y disfrutar ese universo paralelo durante apenas dos minutos escasos. ¿Hubiera yo vivido dando tumbos transfronterizos, como he vivido? ¿Tendrías tú la consulta en la misma calle en la que vives? ¿Nos hubiera durado la conjunción medio polo de chocolate más, o hubieramos comprado polos a nuestros nietos? Vaya uno a saber. Pero quiero ponerlo sobre la mesa en esos ciento veinte segundos, observarlo como se observa a un cachorrillo, y quedarme a gusto por fin.
Y es por todo esto, Pecas, por lo que quiero secuestrarte, y saldar así esa cuenta pendiente que tengo para conmigo.


Sin embargo, no digo nada. Apenas me aproximo a tu persona. Soy una excelente maestra de ceremonias cuando las cosas no me importan en absoluto, que de forma excelente se repliega sobre sí misma hasta parapetarse detrás del bazo cuando las cosas le remueven los higadillos.

Y el caso es que estás ahí, Pecas, y miras hacia abajo desde las coordenadas de tu uno noventa y algo, y te acompaña una tiarrona que mide uno o dos centímetros más que tú de la que no recordamos el nombre salvo que suena a sueco y a la que, ante tal vicisitud, uno de nosotros ha dado en llamar Olaf, y Olaf te dice que si os vais ya, y estamos rodeados de gente, y tú lo único que me has preguntado en los cuarenta segundos que hemos intercambiado alguna palabra es que qué música escucho, y yo me pregunto si sabes quién soy, si te acuerdas de mí, si también querrías secuestrarme aunque sean cinco minutos, aunque sean cinco horas, o si toda el hambre que tengo de comunicación para contigo desde hace ya tantos años está en realidad inspirada por un fantasma.

Y son las dos de la mañana, y Olaf y tú os marcháis, y yo te veo irte. Y ahora sé menos que nunca si tendría sentido entrar un día en tu consulta y exclamar: ““Hola Pecas, ¿sabes quién soy?, ¡¡vamos a tomarnos un café!!”.



Necesito un día finlandés,
necesito un largo día finlandés,
tan largo como 40 días corrientes.
Quiero un largo día finlandés
para seguir hablando contigo;
tus palabras me ayudan mucho.
Te comenté algo del paraíso
y tú me dijiste, ten cuidado con el paraíso
el infierno puede estar allí.
¿Es posible cambiar de vida?
¿Cuántas veces se puede empezar de cero?
Tú eres mi amiga, te quiero.

El cielo de Finlandia siempre es azul
y en verano el sol parece una naranja,
y la luna lo mismo, otra naranja.
Quiero un largo día finlandés
con dos naranjas en el cielo,
quiero seguir hablando contigo.

(Bernardo Atxaga, Canciones XI -Un largo día finlandés-)

jueves, 27 de mayo de 2010

El Imperio Austro-húngaro

Me dice el periódico de hoy que el parlamento húngaro ha aprobado una ley por la que concede la nacionalidad húngara a todos aquellos humanos que puedan (y quieran) demostrar que tienen antepasados húngaros. Esto viene a entenderse para el mínimamente versado como “todos aquellos ciudadanos de los países limítrofes que con el desmoronamiento de Austria-Hungría fueron a parar a estados ajenos” –y algún argentino despistao, si acaso y añado-.
Me imagino a Orbán, el cabeza del partido Fidesz (nacional cristiano) y actual Primer Ministro, brindando con la abogada Krisztina Morvai, una de las más visibles cabezas del Jobbik, 3ª fuerza parlamentaria en la actualidad y que cuenta entre sus seguidores con innovaciones tales como una organización paramilitar, la Guardia Húngara, que luciendo sus cuidados uniformes es garante del orden y el concierto entre la población magiar.
Al parecer, ni esto ni las reiteradas afirmaciones nacionalistas, antisemitas y antitodo deben hacer pensar en ningún tipo de paralelismo con el Partido Nacional Socialista de Hitler, nos indican los políticos pertenecientes a la mentada formación, que se sienten muy insultados cuando Europa los define como "filofascistas".

La Morvai siempre me produjo un escalofrío velloerizante por la médula, muy parecido al que me produce su antónimo, Tzipi Livni, la hasta el pasado año ministra de Asuntos Exteriores de Israel. Es curioso que sea tan factible confundir a las que entre sí se comerían vivas si tuvieran ocasión. Desde el notable parecido en lo que a imagen se refiere, hasta sus soñadoras ideas de un imperio en el que no se ponga el sol para sus pueblos, tan venidos a menos, por otra parte.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: la Gran Hungría soñada por el actual régimen del país. Hm. Parece ser que la nacionalidad no va a dar derecho a cobrar pensiones ni ningún tipo de prestaciones diversas, ni otorgará el derecho al voto. “Pues vaya mierda de nacionalidad”, dejan caer algunos lectores comentaristas en el diario, “que me expliquen para qué sirve”.

Pues veamos. Más allá de la posibilidad o no de que Hungría en el futuro pretenda revisar el contorno de las fronteras en base al principio étnico de autodeterminación de los pueblos, lo cual puede suceder o no, con un resultado favorable o no, y más allá de que también sirva –aunque sobre esto no estoy muy versada- para repartir fondos y votos (los fondos, porque entiendo que en la UE uno de los puntos de corte es la tasa de población nacional de un país; los votos, porque en la sempiterna pendiente reforma que poco a poco va tomando forma, una de las opciones que se baraja es que los votos de los europeos cuenten más o cuenten menos por un país según el número de nacionales con los que cuente), decía, más allá todos esos posibles o no, probables o no, el asunto sirve para algo mucho más inmediato que no es cuestión baladí, maifrén.
Sirve para obtener un pasaporte UE, que no es moco de pavo.
Que se lo pregunten a los macedonios, que desde que Bulgaria entró en la Unión Europea, un alto porcentaje de su población se acordó de golpe de sus familiares transfronterizos y empezó a mover papeles.

Qué harían ustedes, amigos tremolinos, si fueran serbios de la Vojvodina, y, como serbios que son, les hicieran falta los mil y un visados para poder visitar Torremolinos en sus vacaciones (o Copenhague, o París). La Vojvodina, donde incluso todavía se habla húngaro aunque nunca haya mostrado oficiales deseos de independencia, ni siquiera durante los 90 en que tanto se estilaba en la antigua Yugoslavia. Pues ustedes, lógicamente, harían por agenciarse un pasaporte UE. Ya sea para visitar Torremolinos en julio, o para trabajar en Luxemburgo todo el año (por ejemplo). Y qué decir de los ucranianos, a los que también toca la medida, que entre el Guerra y Paz continuo que se tienen montado entre ellos mismos, menudo relajo debe de dar eso de ser ciudadano de la UE. Vamos, yo, desde luego, serbia, macedonia o ucraniana susceptible de agarrarme a la medida, lo tendría claro.







Krisztina Morvai




Tzipi Livni

lunes, 24 de mayo de 2010

J'accuse

Vodafone me invita (y me incita) a cambiar de móvil cada año. Dice que, si no, no soy moderno. Dice que, si no, no soy apto para la sociedad en la que vivimos. En resumen dice que, si no, yo a dónde voy, piltrafilla. Porque encima me lo dan gratis. ¡Gratis! El que no tiene un móvil nuevo cada año, y encima gratis, es que definitivamente debe de ser imbécil.

Siempre me he preguntado qué es lo que mueve a las masas a cambiar el móvil cada dos por tres, si el anterior que tenían funcionaba. “Es que estaba muy antiguo”, me suelen dar como respuesta. He concluido que, en la mayoría de los casos, eso quiere decir que había algún politono que no le entraba, algún juego con el que no era compatible, o que quizá le faltaba la función raíz cúbica. Y así, veo acumular teléfonos móviles en los cajones, en los contenedores, en las basuras. No en las conciencias.

Me cuesta mucho creer, aunque me esfuerce, que todos hemos desarrollado la necesidad inesquivable de comprarnos un blue-ray si tenemos el dvd que adquirimos hace un año. Me cuesta mucho creer que la masa, de la nada, haya siquiera desarrollado la capacidad de percepción sutil necesaria para aprehender las diferencias en la calidad de imagen, de sonido, de proceso técnico. Es a mi juicio imposible contar de forma fehaciente con tal grado de sibaritismo cuando uno no es siquiera capaz de distinguir un tenor de un barítono (ya ven que he puesto un ejemplo bien sencillo). Pero más allá del absurdo descrito, lo que verdaderamente me sorprende hasta la extenuación al respecto de que las masas cambien el móvil cada dos por tres es su capacidad para asimilar, de una forma tan proactiva, la incomodidad. Lo que comúnmente denominaríamos el coñazo. El coñazo que supone aprender cómo funcionan las cosas en el nuevo teléfono, introducirle todos los datos que teníamos en el anterior, y etc etc. Y esto, cada año. Me maravilla.

Lo dicho: nunca lo he entendido. Nunca lo he asimilado. Nunca lo he comprendido, cómo alguien puede proactivamente exponerse de buen grado a tal vilipendio. Simplemente, me maravilla.

Lo que me indigna, me insulta y me anima a inscribirme en Sendero Luminoso es que Vodafone me incite a cambiar de móvil cada año, so pena de excomunión. Que de forma tan masiva solivianten a la población, que no necesita ser soliviantada, para que se apunten a tan excelente promoción. Que promuevan con tanto descaro el absurdo de nuestra civilización, que para cambiar de móvil cada año, por el capricho de que sea azul celeste y yo pueda posicionarme en sociedad, obvie hasta el paroxismo de dónde procede un móvil. Y encima, gratis.

Un móvil procede de las guerras del coltán. De ese nuevo petróleo que ha nacido en una época en que ya sabemos hasta dónde se llega por petróleo. Proviene de un Congo extenuado. Proviene de unos chinos a destajo, y de un tajo cada vez más chino. Proviene de un nuevo expolio. Proviene del cinismo elevado a ciencia, proviene de la ausencia de uno mismo.

Por eso, yo no le perdono a Vodafone esa campaña. Y lo acuso.