Efemérides

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lunes, 15 de noviembre de 2010

Matar gente está muy feo

Mi abuelo murió el 11 de enero de 1996, tras una larga enfermedad de la que, cuando empezó a manifestarse, poco se sabía. Varios años y muchos médicos después, nos dijeron que la enfermedad se llamaba parkinson y que era la razón por la que, justo cuando se jubiló, dejó de poder hacer todo lo que tenía pensado hacer cuando se jubilara. Está enterrado en ese Alcorcón necrológico que es el cementerio de La Almudena, un enorme trazado urbano con tumbas, mausoleos y nichos por inmuebles. Para los despistados, a la entrada hay planos, y si se facilita el número de lápida, a uno pueden aproximadamente explicarle cómo llegar hasta allí.

Mi abuela murió el 13 de septiembre de 2003, como consecuencia de una neumonía mal curada que le dio al vuelta al carácter y a los riñones. Está enterrada en la misma tumba que mi abuelo, y que sus padres, y que su hermano, hermano éste al que su viuda, mi Tía Sole, aka Tía Angustias, lleva cincuenta años guardando la ausencia y preguntandose ay dios mío por qué no me llevas con él. Pero tiene 90 años y no se muere nunca.

Muy cerquita de todos ellos se encuentra la tumba donde enterramos a mi semiabuela, la que murió hará ahora dos navidades, como algunos de ustedes recordarán. Se gira a la izquierda por el torero José Cubero Yiyo, se deja a la derecha la tumba de un payaso cuyo nombre no recuerdo, se pasan un par de manzanas, y allí está. Junto a su marido, también.

No he ido casi nunca a la tumba de ninguno, a eso que llaman "a verlos". En una ocasión lo intenté, y en la puerta me dijeron que no me daba tiempo a llegar a su manzana: cerraban en veinte minutos ("sin coche, ¡imposible!"). Los unos de noviembre se me dan fatal, se corre el riesgo de darse de bruces con un familiar de los de dejarse ver. Tengo por costumbre empero encender una velita en casa en sus cumpleaños (rarezas que tiene una). Jamás, jamás en su muerte. Y, aunque todos los años me dé cuenta en el día, procuro no compartir mi recuerdo con nadie. Mis muertos son míos.

Pienso qué terrible ha de ser que tus muertos no sean tuyos. No tener opción de percatarte en el día de su muerte cada año. No tener opción de ir a lucirte alguna fiesta de guardar, o de ir a sentarte un rato allí en soledad, a contarle, a pensarle. No saber qué fue de tu muerto, no poder descubrir ridículos mausoleos mientras callejeas entre nichos y lápidas para dar con la que te corresponde, no poder descubrir por casualidad que Ramón y Cajal también está enterrado allí. Qué terrible ha de ser no ya no saber dónde está tu muerto, que también, sino saberlo perfectamente y no poder labrar su nombre en la piedra, porque en las cunetas sólo se erigen hitos kilómetricos, y junto a los muros ahora florea una calle. Saber que hay Srebrenicas ibéricos y se llaman Torrero, aunque sólo nos suene espeluznante si la grafía es eslava: esas cosas son propias de bárbaros sin civilizar.

1850 fosas comunes identificadas, y miles de cuerpos sin identificar. Otros, identificados bajo las fosas cerradas. Competencia de competencias.

Pero no. Aquí eso son vicisitudes históricas. Aguas pasadas, y aguas de borrajas. Porque Esas Cosas, así, con mayúsculas, Esas Cosas, eso de matar gente y enterrarla en la tierra y el olvido y adornar su recuerdo con un tabú errante, Esas Cosas son propias de países tercermundistas, lugares bárbaros de gente sin civilizar donde no hay cultura, ni ley, ni derechos humanos. Yugosavia, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Ruanda, Sudán.
Y es normal que los juzguen, dentro o fuera de sus fronteras. Porque han hecho Esas Cosas. Eso de matar gente indiscriminadamente. Que está muy feo.