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sábado, 19 de junio de 2010

La vida privada de Dominique Bretodeau

No ha sido obra del tapón de un frasco de perfume que se me haya caído en el baño, ocasionando el desprendimiento de un azulejo y, con ello, el descubrimiento de una caja de latón. No, no se debe a algo tan peregrino. En mi caso, el descubrimiento de la vida privada de Dominique Bretodeau viene ocasionado por la reforma inminente del baño y cocina de mi hogar -y las consecuentes chapuzas adyacentes, en términos de electricidad y fontanería, que afectan a toda la casa.

Llevo unas 3 horas subida al altillo, que es esa cosa que se generaba en las casas antiguas de techos muy altos a lo largo de un pasillo (o varios) cuando, en los setenta, dejaron de hacer falta los techos tan altos y comenzó a hacer falta sitio donde guardar las pertenencias que antiguamente no se tenían. Llevo unas 3 horas subida al altillo, para desalojar esas pertenencias que ahora se tienen, a fin de que los cables de la nueva instalación eléctrica discurran por él.

Todo lo que yo conocía de ese altillo es el radio que alcanza mi brazo desde las puertecillas que dan acceso a él, que es donde he ido acumulando cajas, utensilios que una vez se compraron y que se usaron otra, láminas de parqué y botes de pintura. Pero hoy había que superar los límites del radio y trepar del todo, y una vez dentro, andar a gatas retirando cajas y chismes del todo desconocidos, hasta divisar la pared del fondo.

He encontrado:
una cafetera eléctrica de los años 80
un botellero de madera
la caja vacía de una aspiradora
vasos, jarras y azucareros perfectamente envueltos en su embalaje original, del que parecen no haber salido nunca
bolsas vacías, incluyendo una de Galerías Preciados
un escurridor de vajilla de plástico
y al fondo, muy al fondo, dos cajas de tamaño considerable.

Lo primero que me ha hecho alzar la ceja es que en una de ellas se podía leer, bajo la espesa capa de polvo, "Mantequerías Leonesas", cuya combinación sIntagmática ha aporreado la puerta de algún recóndito recuerdo.
Pesaba un huevo.


Con gran esfuerzo, las he bajado. Las he depositado en el pasillo. Les he retirado el polvo acumulado con un trapo. Las he abierto, esperando encontrar alguna suerte de mantelería regalada por alguna tía abuela desconocida a la boda de mis padres, o algún calefactor de baño del año 76. Tienen ustedes que saber, casualidades de la existencia, que casualmente tenía puesta la banda sonora de Amelie, y casualmente en ese momento sonaba la pista en la que Dominique Bretodeau encuentra y abre la caja de su infancia, metido en la cabina telefónica.

Lo que ante mí ha aparecido al retirar las tapas no tenía nada de mantelería, ni de sacos para enyesado, ni de minipimer de ocasión. Lo que ante mí ha aparecido ha sido la vida privada de JR, que son las iniciales de la que aquí escribe como mami-mami, y parte de su infancia y adolescencia.

Yo sabía que mi madre había tenido mi edad antes de tener la suya. Había visto fotos. Pero nunca me había codeado tan de cerca y sin protocolos con su día a día. Con lo que era suficientemente importante como para salvarlo del tiempo, metiendolo en una caja y dejandolo descansar en el rincón más resguardado posible. Con sus decisiones, con su entretenimiento, con sus nimiedades.
Un innovador monopoli ("SUERTE - Un bombardeo aéreo te ha destruído dos casas"). Unos cartones de bingo de excelente calidad y detalle. Un cuaderno de su etapa en las monjas. Una bolsa de tela con más telas dentro. Una caja de cartón con la palabra "MÍO" escrita en el frontal, conteniendo: una pegatina de una discoteca de Blanes, una pegatina de una discoteca de Alcobendas, figuritas varias. Una caja de plástico transparente con fotos de los años 50, 60 y 70: la boda de mis abuelos, junto a la invitación a la boda; mi tío el futbolista, recibiendo la copa; mi bisabuelo Ramiro, mi bisabuela Doro; el nacimiento de mi tío en el año 57; fotos con las amigas en el año 69... y entre todas las cajas, figuritas e imágenes, Fernandito, de trapo, de rojo y azul, por el que a veces se ha preguntado.

Yo tenía todo eso delante y esperaba que en cualquier momento mi madre, de 8 años, saliera del dormitorio, o entrara por la puerta con 21, y recogiera a Fernandito del suelo, o escondiera entre las hojas de un libro la pegatina de la discoteque Atlantis. Y yo lo iba a ver. Iba a ver cómo ella, efectivamente, antes que su edad, tuvo la mía.




3 comentarios:

Pao dijo...

¡Qué lindo, Montse! ¡Qué lindo encontrar todos esos "tesoros"!

sacau dijo...

Eso sí que es un tesoro, y no el que buscan a zanjazo limpio cada verano en Madrid.

Lo que es la casualidad, además, música de Amelie incluida. Enhorabuena por el hallazgo...

Habrá usté'llorao, Mami-Mami, digo yo...!

mami-mami dijo...

Pero bueno ... esto es el colmo !!!! ¿con que derecho se dedica Vd. a airear mis intimidades infantil-adolescentes?.
Si no fuera, porque eres mi hija y una madre todo lo perdona y lo consiente; me tiraria a tu yugular cual perro rabioso.
Pero lo que no te perdono es: que llames "bingo" a esos cartones de "la loteria" que es como siempre se llamó el maravilloso juego que reunia a abuelos, padres, nietos, tios etc. los domingos por la tarde en casa y después del cual se hacia chocolate. !que tiempos aquellos¡
Y si, sacau: me emocioné al tener en las manos mi infancia y adolescencia; pero no lloré, quiza porque todo son buenos y bonitos recuerdos (por supuesto, me lo he traido a mi casa para seguir guardandolo).
Y conste, que siempre supe donde estaba Fernandito porque fué mi mayor tesoro. Ciao per tutti.