lunes 23 de noviembre de 2009

Cosas que hacen que la vida valga la pena II

Esta tarde ha aparecido por la espalda y sin avisar una canción que no esperaba, y que me ha puesto ante los ojos una polaroid de hace casi cuatro años, de una mañana en que yo, viviendo en Holanda, concretamente en La Haya, recibí una llamada de mi amiga Amber instandome a ir por la tarde a Amsterdam a ver el desfile del orgullo gay. Pues bueno, bien. Tarde de sol en agosto, es un buen modo de pasar el rato -unos ratos que, por lo demás, pueden hacerse eternos en ese país-.

Son las 3 de la tarde cuando salgo con Amber de la estación, a donde me ha ido a recoger. La primera sorpresa es que el desfile aquí, lógicamente, es por los canales. Así que los transeúntes, en lugar de mirar a las carrozas parriba, miran a los barquitos pabajo. Uno se sitúa con sumo cuidado al borde de alguno y, armado de paciencia, ve pasar las horas. Y las curiosidades.

Una novedad de pro es que allí, conscientes de que este colectivo de antiguamente apestados lo que están es podridos pero de dinero en amplia medida, muchas de las barcazas están patrocinadas por empresas, o son directamente de empresas (y "desfilan" los empleados). Por ejemplo, ING. O Rabobank, que le viene al pelo y que, para los no iniciados, es uno de los principales bancos de Holanda (y no de semen, pese al nombre). Y es que en Holanda la pela es la pela y a ti te encontré en la calle, os lo garantizo.

En fin. Las barcas van pasando y yo me empiezo a amodorrar un poco. Que si unos vestidos de marineros, que si otros con plumas rosas... pues en fin, lo natural. Costumbres.

Amber continúa frenética saltando y saludando a todo procesionista y yo me pregunto cómo es posible que no esté aburrida ya de tanto orgullo suelto cuando de repente llega a mis oídos, desde muy lejos, una melodía que creo identificar. "No puede ser", me digo. "Es un efecto oasis, como en el desierto, porque llevas ya rato fuera del terruño y esto es todo muy monótono, y te estás montando una ilusión acústica, Tremolina, que tú de esto sabes mucho". Pero cuál sería mi sorpresa cuando observo que, en el giro del canal unos 40 segundos después, aparece efectivamente lo que viene siendo una barcaza con 40 tíos vestidos de tenista cantando el Eres tú de Mocedades. Con Amaya de fondo en dolby surround y ellos consiguiendo imponerse por encima de su voz, "eeee-ruesssss-chúuuuuu!!!!!..." Pero más aún inverosímil resulta girarte, ojiplática, hacia tu amiga, para comprobar que ella también se ha arrancado por aguas de la fuente y a todo lo que dé.
Sin otra opción posible, rompo a partirme de risa, a fin de sobrevivir mínimamente antes de ser abducida en esta rotura del espacio-tiempo.

Una vez ha pasado la barcaza y se ha perdido en el siguiente giro, Amber me explica que "Eres tú" fue votada como la mejor canción de la historia de Eurovisión según los holandeses, en una especie de concurso-referendum que había habido hacía unos meses.

Y esta es otra de las cosas que hacen que la vida valga la pena.





(Para los curiosos y los olvidadizos, quedaron en el 2º puesto)

sábado 7 de noviembre de 2009

Leo Harlem

domingo 1 de noviembre de 2009

El Trío Sacapuntas

Ayer se juntaron en Berlín los tres jinetes del apocalipsis. George Bush padre, Helmut Kohl y el espítiru santo Gorbachov, a cuál más gagá. El que mejor se conserva es Gorbachov: será por el fresquito de haberlo mandado a Siberia. Ahí estaban los tres: Kohl en su silla de ruedas quejándose de que ya estaba bien de fotos, Bush con su bastón, y Gorby soltando pullitas: "sí, sí, es que todas las potencias y sus dirigentes tienen que preguntarse cómo hacen las cosas o están condenadas a perecer...", así como diciendo por lo bajinis a Bush: "oye echa un ojo al niño que desde que te conducía borracho en la universidad es que no ha parao de armarla, el jodío". Y el otro respondiendo con la mirada: "Pues anda que tu Putin..."

Los tres juntos. Para conmemorar la caída del Muro. Hace 20 años.

Hace 20 años, cuando un tipo con gafas trepó a lo alto del hormigón, y otro la emprendía a golpes con un martillo, a Europa le entró un subidón adrenalínico que le impidió pararse a pensar "y ahora cómo lo hacemos". A mi ex-semisuegro le caían unas lágrimas frente al televisor de su Essen occidental que no se le conocían, y mi amigo Sebastian pasó a ser de un país que iba a tardar muy poco en dejar de existir. Honecker metía en bolsas de basura todo lo que le daba tiempo a meter como si de un alcalde de Marbella se tratare. Y Gorbachov debía de pensar: "joder, igual no me expliqué bien con lo de la perestroika".
Todos debimos de pensar que con quitar la alambrada, ya estaba todo solucionado. Y no.

Apenas unos meses después de que los berlineses del Este y del Oeste se abrazaran a medio camino, Kohl ganó unas elecciones en las que tres opciones políticas que venían a significar tres yahoraqués diferentes estaban sobre la mesa. La que ganó, la de Kohl, era la más radical: occidentalizar cuanto antes, sobre todo económicamente, a la Alemania del Este, es decir: una anexión, más que una reunificación, si me permiten decirlo así. Fue tal la velocidad del hecho que para el 12 de septiembre de 1990, cuando no hacía ni un año que dos países que no se habían visto las caras en 40 años de repente se encontraran de frente, se firma en Moscú el tratado que finiquita la "Cuestión Alemana". Y la RDA deja de existir.

Para el común de los mortales, parece que la Guerra Fría dejó de existir también entonces. No se dan cuenta de que un altísimo porcentaje de los conflictos de hoy en día, si no todos, son meros rabotazos de aquella. No era tema común en las noticias del año 94 la responsabilidad moral de la Unión Europea en el asedio de Sarajevo, y parece que las crisis de Oriente Medio salgan de la nada. África, también, dejada a su suerte, cual metonimia del Sáhara occidental; Afaganistán, esa fístula.

Me pregunto qué pensarán los tres ahí en la tribuna bajo la luz de los flashes. Sobre todo, me pregunto qué pensará Gorbachov. De entre los tres, siempre me resultó el más inescrutable. Por ser el menos predecible. Habrá quien diga que es un Suárez. Pero me temo que las motivaciones son opuestas.

jueves 29 de octubre de 2009

De langostinos y conejos

Hola, amigos:

Hoy me manifiesto desde la casa materna. Estar en casa de tus padres mola porque vuelves a tener 7 años y, a excepción de limpiarte el culete después de hacer pis, te hacen todo lo demás (y lo del culete, porque no lo pidas). Vuelves a ser reina mora y ese monstruo tronador que gritaba "¡¡¡a poner la mesa!!!" se ha reconvertido en los abuelos portacaprichos que ya no tienes. Eso sí, el día que tengan nietos de verdad, se acabó el reinado.

Pero estar en casa de tus padres no mola porque, en mi caso particular, casi siempre va ligado a un trámite médico.

Hoy ha tocado el ginecólogo.

Yo de verdad me pregunto qué hombre en su sano juicio decide estudiar 6 años para acabar viendo coños en serie. Es que así no se disfrutan. Y encima, como decía El Chivi: coños rapados, coños con pelo, coños cerrados, coños en celo, coños lavados, coños con costra, coños viscosos como una ostra...

Ir al ginecólogo es toda una experiencia. Es el clímax de toda frígida: abrirse de patas estando autorizado moralmente a pensar "azul, voy a pintar el techo de azul".
El ginecólogo es un lugar donde tienes que hacer muchas cuentas en un intervalo de 32 segundos para contestar cuánto te duró la última regla restando el día que vino y considerando el ratio de flujo más la raíz cuadrada de diez, y total que si se fue el 23 le añado dos, por si me he equivocado, que también puede pasar, "¡Cuatro!", mientras a su vez te estás despelotando para subirte al potro de la humillación donde, eso sí, muy púdicamente te ponen una especie de sabanilla sobre la tripa. Que te dan ganas de decirle al señor doctor "mire usté, si me va usté a hacer el mapa geográfico del body serrano con pintura a dedo, ahorrése la sábana: con confianza".

Y el miedo. El miedo a que el ginecólogo toque donde no debe y te salga alguna suerte de gemidillo, que la nerviatura es la nerviatura. Qué corte. Tú ahí tan expuesta. Azul, voy a pintar el techo de azul, Tremolina concéntrate en azul.

"Pues esto ya está". Y tú sabes que tras la frase tienes 48 segundos para hallarte en la puta calle con tu volante, receta o lo que se tercie en la mano, que tiene que entrar la siguiente a la sala. Esta es la parte más divertida de la consulta. Ver cómo salen las que han entrado antes que tú. Yo hasta ahora he conseguido mantener la dignidad y creo ostentar el record de mi municipio con sólamente los zapatos desabrochados. Ni que me hubiera pasado la vida huyendo de casas ajenas ante la llegada de esposas intempestivas.

En fin. Mi mamá me ha preparado lubina al horno y ha comprado langostinos para la ocasión. Me voy a deleitarme en mi infancia recuperada. Y por cierto, no sé qué les habrá parecido a ustedes la crónica, pero a mí seguro que me entran visitantes del gúguel a espuertas.

A ver si esos se dejan el parné, porque lo que es ustedes, han hecho caso omiso total a mi sugerencia de lo de la cuenta.

Cabrones.

lunes 26 de octubre de 2009

Et voilà

Estimados súbditos:

Son muchas las voces que reclaman mi vuelta. Sabía que llegaría el momento en que no podríais vivir sin mí. A tal efecto, os recuerdo que mi número de cuenta se halla accesible para ingresos a todo el que lo desee.

Muy rápida y brevemente puedo deciros que acabo de regresar de la Conchinchina (¿o es Cochinchina?). Sólo puedo deciros, amados súbditos, que es una puta mierda. No el lugar en sí, sino la gente que lo habita. Es más: voy a desarrollar, dentro de la psicolgía bélico-social, la teoría de que ni franceses ni estadounidenses se fueron de allí por derrota militar, sino por mera hartura. Qué cansinos son los jodíos. Debí recapacitar más profundamente sobre la frase "están totalmente volcados al turismo" cuando la oí.

Mi intervención de hoy es muy breve, lo sé. Acusen al jet lag y a mi inminente salida del currelo. Dedicaré más profusos esfuerzos a los inviables esos en lo sucesivo, probablemente en el Astrolabio, en formato distinto del de los Balcanes, eso sí. Por cierto, a ver si acabo con Kosovo de una vez, que ya me vale.

En fin, nada más por el momento. Duerman bien. Su Tremolina ha vuelto sana y salva. Han intentado que no fuera así, pero nada hay en el mundo que pueda acabar con los resquicios de picaresca española que quedan sueltos.

Ea.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Cuestión de principios

La aventura de la moto y el comentario de Mi Señora Madre me han devuelto al cerebelo una instamatic de la infancia de mi mamá, en la que ya se podía adivinar eso del genio y figura, y que no hacía sino presagiar lo que habría de venir después en el buen hacer de la mentada. Y que yo me voy a permitir reproducir aquí.

Efectivamente, cuando mi madre y tíos eran jóvenes, mis abuelos debieron de convenir que la mejor forma de transportar a la prole y a sí mismos era una moto con sidecar, a falta de utilitarios ni capacidad de poseerlos en esas épocas. Así pues, adquirieron el vehículo en donde se transportaban los cinco e incluso, a veces, hasta los seis, considerando que en mi familia, como en las familias decentes, la suegra convivía en la misma casa (y entiendo que el suegro ya había fallecido, que si no, serían los siete).

Así es como una de esos días como otros cualesquiera del año 1959, iba la tribu de los Brady a la López Vázquez por las calles de Madrid, con mi abuelo y mi tío en la moto, mi abuela en el sidecar con mi otro tío (bebé entonces) en brazos, y mi madre y sus 9 años de edad en el sidecar junto a mi abuela, cuando, al girar por la Costanilla de los Ángeles, descubrió mi abuelo, oh diosa Fortuna, que a la moto no le respondían los frenos. Ay la leche. La moto empezó a coger velocidad calle abajo y eso no frenaba. Así que, ante el imponderable de ir a parar a la calle Arenal de frente, sin frenos y con toda la parentela practicando el cuerpo a cuerpo contra las hordas de chulapos y chulapas, optó por una solución más a la medida de cualquier español de a pie: improvisar la frenada a base de refregarse contra los edificios de la calzada.

Así pues, se tiró a la derecha para que el sidecar hiciera de parachoques, eso empezó a chirriar cosa fina, hasta que finalmente, ya a velocidad considerablemente reducida, le dio por dos más dos cuatro me llevo una y esto se para del todo: empotrarse a lo bruto con el esquinazo de un portal. A todo esto, con el guirigay (que no es un extranjero homosexual, sino un alboroto), los vecinos empezaron a asomarse, y una señora salió toda frenética del portal, agitando las manos, mientras exclamaba: “¡¡¡ay dios mío!!! ¡¡un accidente!! ¡¡un accidente!! ¡¡y con niños!! ¡¡ay dios mío!! ¿están ustedes bien!! ¡¡ay dios mío!! ¡¡y con niños!! ¿Están ustedes bien!! ¿Quieren algo, un vaso de agua, comer algo, un café? ¡¡ay dios mío!!”

Ante lo que mi madre y sus 9 años edad se levantaron muy dignamente y contestaron: “Señora: si no es café “el Cafeto”, ¡¡prefiero morirme!!”




(El café “el Cafeto” se anunciaba por la radio entonces con un eslogan que decía “si no es café el Cafeto, ¡prefiero morirme!”, y debía de ser lo más)

lunes 14 de septiembre de 2009

El Tío Matt

Queridos sobrinos en potencia:

Es mi deber y placer presentar en sociedad un incunable, una joya de la literatura, un algo que tuvo que haber sido hace mucho tiempo y nunca fue. Hasta que por fin la lógica ha entrado en razón y ha sido inaugurado, recientemente, el blog del Tío Matt.

Déjenme que les hable del Tío Matt. Yo al Tío Matt lo conocí por culpa de Kosovo. “Pues tengo yo un amigo que ha estado en Kosovo hace unos meses…”, empezaba la frase que me haría entrar en una nueva dimensión del tiempo, el espacio y la percepción. La frase la estaba diciendo Juan, un compañero de trabajo, por una evocación de la memoria que le había asaltado ante el hecho de que yo quisiera irme a los Balcanes de nuevo, esta vez al sur-sureste (véase el Astrolabio de Livingstone para un conocimiento más profundo sobre el particular).

-Y tu amigo, qué es, soldao, ¿no?
-No, no, qué va
-De una ONG
-No
-Traficante de armas
-No, ¡qué va! ¡Es viajero!
-(...)
-Ahora te paso unas postales que nos ha escrito…

Ante tal sacudida de mis cimientos en lo que a trabajos y aficiones se refiere, ardía en deseos de tener constancia de la existencia del Tío Matt. Leí las postales. Qué deleite. Qué buen hacer de la palabra y la observancia. Yo tenía que contactar con el Tío Matt, tenía que hacerle saber que existo, tenía que hacerle saber como fuera que en mí había encontrado una fan cuya admiración perduraría más allá de la muerte, como las de Jim Morrison. Pero no iba a ser fácil: Juan se hacía de rogar mucho a la hora de hacerme partícipe del contacto de tan alta personalidad.

Y al final, como por sorpresa, llegó. El Tío Matt se manisfestó en forma de email en mi propio buzón de correo electrónico, ofreciéndome sus servicios como despejador de prácticas dudas balcánicas si así lo necesitare. El Tío Matt en código binario. Qué deleite.

“Estimado Tío Matt: Muchas gracias por su ofrecimiento. Me será sin duda muy útil poder consultarle al respecto de los transportes de Pristina. Quería también comentarle que estoy enamorada de usted. Y no sé si sabrá la frecuencia de trenes entre Belgrado y Novi Sad”

Mi conciencia del Tío Matt se fue ampliando hasta desarrollar lo que yo hoy denominaría una amistad (no sé si él convendrá. Entiendo que sí, porque en alguna ocasión me ha fabricado y regalado trufas de chocolate de ron y canela). El que me acompaña me consta que también se enamoró de él a través de sus postales, y sé que ahora mismo, la mayor parte de los que estáis leyendo esto, estáis llamados a formar parte del ejército de sobrinos; ya lo sois en potencia, sólo que no os habéis dado cuenta. Sólo necesitáis las postales que, ahora sí, habitan en su blog. Larga vida al blog del Tío Matt.

(La otra parte se afiliará al matteismo en cuanto el Tío haga público su listado de las 100 personas a las que fusilará en cuanto llegue la Revolución, seguro)