Efemérides

1 de febrero: Nace Norman Rockwell (1926)
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lunes, 15 de noviembre de 2010

Matar gente está muy feo

Mi abuelo murió el 11 de enero de 1996, tras una larga enfermedad de la que, cuando empezó a manifestarse, poco se sabía. Varios años y muchos médicos después, nos dijeron que la enfermedad se llamaba parkinson y que era la razón por la que, justo cuando se jubiló, dejó de poder hacer todo lo que tenía pensado hacer cuando se jubilara. Está enterrado en ese Alcorcón necrológico que es el cementerio de La Almudena, un enorme trazado urbano con tumbas, mausoleos y nichos por inmuebles. Para los despistados, a la entrada hay planos, y si se facilita el número de lápida, a uno pueden aproximadamente explicarle cómo llegar hasta allí.

Mi abuela murió el 13 de septiembre de 2003, como consecuencia de una neumonía mal curada que le dio al vuelta al carácter y a los riñones. Está enterrada en la misma tumba que mi abuelo, y que sus padres, y que su hermano, hermano éste al que su viuda, mi Tía Sole, aka Tía Angustias, lleva cincuenta años guardando la ausencia y preguntandose ay dios mío por qué no me llevas con él. Pero tiene 90 años y no se muere nunca.

Muy cerquita de todos ellos se encuentra la tumba donde enterramos a mi semiabuela, la que murió hará ahora dos navidades, como algunos de ustedes recordarán. Se gira a la izquierda por el torero José Cubero Yiyo, se deja a la derecha la tumba de un payaso cuyo nombre no recuerdo, se pasan un par de manzanas, y allí está. Junto a su marido, también.

No he ido casi nunca a la tumba de ninguno, a eso que llaman "a verlos". En una ocasión lo intenté, y en la puerta me dijeron que no me daba tiempo a llegar a su manzana: cerraban en veinte minutos ("sin coche, ¡imposible!"). Los unos de noviembre se me dan fatal, se corre el riesgo de darse de bruces con un familiar de los de dejarse ver. Tengo por costumbre empero encender una velita en casa en sus cumpleaños (rarezas que tiene una). Jamás, jamás en su muerte. Y, aunque todos los años me dé cuenta en el día, procuro no compartir mi recuerdo con nadie. Mis muertos son míos.

Pienso qué terrible ha de ser que tus muertos no sean tuyos. No tener opción de percatarte en el día de su muerte cada año. No tener opción de ir a lucirte alguna fiesta de guardar, o de ir a sentarte un rato allí en soledad, a contarle, a pensarle. No saber qué fue de tu muerto, no poder descubrir ridículos mausoleos mientras callejeas entre nichos y lápidas para dar con la que te corresponde, no poder descubrir por casualidad que Ramón y Cajal también está enterrado allí. Qué terrible ha de ser no ya no saber dónde está tu muerto, que también, sino saberlo perfectamente y no poder labrar su nombre en la piedra, porque en las cunetas sólo se erigen hitos kilómetricos, y junto a los muros ahora florea una calle. Saber que hay Srebrenicas ibéricos y se llaman Torrero, aunque sólo nos suene espeluznante si la grafía es eslava: esas cosas son propias de bárbaros sin civilizar.

1850 fosas comunes identificadas, y miles de cuerpos sin identificar. Otros, identificados bajo las fosas cerradas. Competencia de competencias.

Pero no. Aquí eso son vicisitudes históricas. Aguas pasadas, y aguas de borrajas. Porque Esas Cosas, así, con mayúsculas, Esas Cosas, eso de matar gente y enterrarla en la tierra y el olvido y adornar su recuerdo con un tabú errante, Esas Cosas son propias de países tercermundistas, lugares bárbaros de gente sin civilizar donde no hay cultura, ni ley, ni derechos humanos. Yugosavia, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Ruanda, Sudán.
Y es normal que los juzguen, dentro o fuera de sus fronteras. Porque han hecho Esas Cosas. Eso de matar gente indiscriminadamente. Que está muy feo.

lunes, 25 de octubre de 2010

Caras

Una cara es un objeto ovalado de unos 18 cm de alto por 15 de ancho de media en la edad adulta. Por lo general, se encuentra contenido en lo alto de un cuerpo, y, a su vez, suele contener un par de ojos, una nariz y una boca, amén de cejas, pestañas y otros vellos y marcas –salvo excepciones-. Estos elementos, en su conjunto, se relajan y contraen armoniosamente para configurar aquello que llamamos "gesto", lo que da lugar a aquello que llamamos "expresión". La expresión es generalmente la manifestación de un sentimiento o deseo y provoca en el receptor visual de esa cara, de igual manera, sensaciones.

Las caras son el principal input sensitivo que tenemos en esta era globalizada y veloz. Son, de hecho, el único input comunicativo del que se fían nuestros sentidos. Nos fiábamos de Manuel Luque porque era una cara recurrente en nuestros televisores que, además, llevaba bata blanca. Sabemos quién era Hitler por la cara de malo que ponía en todos sus mítines y grabaciones. Recordamos quién era el Ché porque su boina y su bigote se han reproducido hasta la saciedad en carpetas y muros. No recordamos a Trotsky porque Stalin le borró la cara de las fotografías.

En política, como en cualquier otra rama comunicativa, huelga pues decir la importancia capital que tienen las caras. En una época donde los discursos no se estilan (puede que por ausencia de diestros oradores, añado entre bambalinas), en la que nadie lee los programas electorales (¡si es que siguen existiendo!), en la que rara vez tenemos ocasión de cruzarnos en el rellano de la escalera con algún aspirante a diputado e intercambiar unas palabras, lo único con lo que el electorado cuenta es con una cara.

Hace ya tiempo que se sucedieron las elecciones sucesorias al Partido Socialista de Madrid, y no escribí nada al respecto. Supongo que pasé cierto tiempo anonadada. De alguna forma, aún sigo sorprendida. En todo este tiempo, no se ha hablado más que de si La Trini ha perdido, de si hay o no hay caciquismo en el PSOE, de si ha triunfado un socialismo real, de si el PSOE ha perdido mucho y ha quedado muy mal y demuestra que bla bla bla bla bla. No acabo de entender ninguno de esos análisis políticos. Para mí, con toda esa historia, el PSOE sólo ha ganado. Ha conseguido lo que no había conseguido hasta la fecha: que el electorado madrileño conozca la cara de Tomás Gómez. Que sepa su nombre, su expresión, sus marcas, sus vellos. Que sepa que existe. Ha conseguido una presencia mediática que jamás había tenido. Lo cual sí supone, como ninguna otra cosa, una posibilidad real frente a la archiconocida cara de Esperanza Aguirre. Y me sorprende mucho que, al parecer, ningún medio haya hecho esta lectura del asunto. Porque a mí se me aparece como, probablemente, la razón última de que todo eso aconteciera. O, como poco, una consecuencia colateral nada despreciable.

La política vive de caras. La única cara de la que disponía el Gobierno para lavarse la suya con toda esta hecatombe de los últimos tiempos era la de Rubalcaba. No hay otra opción que les permita respirar un poco. Y hablando de respiros, no sé si se han percatado ustedes de que últimamente vemos mucho al príncipe en televisión. Siempre le hemos visto, pero más bien de refilón. Ahora le vemos en primer plano, como una cara que habla y a la que además han puesto barba.
Huele a relevo monárquico.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Y en resumen

El porqué de las cosas:



Las cosas:



Y en resumen:



(aquí se quedan los guapos, y nos marchamos los buenos).

martes, 14 de septiembre de 2010

¡Rubia!

El amigo Aram no se manifiesta nunca en público y escasa vez lo hace en semiprivado, pero cuando lo hace, me devuelve indefectiblemente a los años de universidad y me recuerda por qué me agradaba sentarme a su vera en el aula. Era de esos que, también siempre indefectiblemente, iban a su puñetera bola sin apenas percatarse de las rémoras que pululaban a su alrededor a fin de cazar al vuelo, cual sobras con las que alimentarse, alguna de sus perladas observaciones, que, sumadas a su acento canario, te hacían, también indefectiblemente, salir de la atmósfera un tanto gris marengo de mi centro de estudios y vestirte el ánimo de carnavales. Amén de que estaba muy bueno, a la sazón.

Hoy Aram se me ha manifestado de nuevo e, indirectamente, me ha hecho darme de bruces con esta joya, cuya existencia yo desconocía: la Asociación Internacional de Rubias. Con su logo y su todo.



La portada de la web es toda una declaración de intenciones: una orgía de rosas chicle, malvas y escarlatas baña cada centímetro cuadrado que no está poblado por una cabellera de tono rubio mattel. Arriba a la izquierda, el rostro agarrado a un ventilador de lo que debe de ser su presidenta, su fundadora o su Purísima, no sé: un injerto de Paris Hilton, Cameron Diaz y Scarlett Johansson que sin embargo parece la cheerleader oficial de su pueblo natal de Siberia.

Y digo Siberia, y no Matalascañas, porque la asociación es eminentemente eslava. Más apropiada hubiera sido la designación Asociación Internacional de Rubias de la URSS. Y ahora todo encaja, porque lo primero que uno experimenta al visitar la página es una regresión a 1987. Seguro que si a la presidenta del club la mostraran de cuerpo entero, se vería que lleva calentadores.

Sin embargo, sé lo que stán pensando. Se están preguntando a qué cojones la Asociación Internacional de Rubias merece un artículo en La Tremolina. Pero amigos: no es el atentado cromático de su página web, ni el Juramento de Rubia ("Oath of blondes") contenido en forma de link en el índice de la izquierda, ni la declaración de la presidenta en forma de saludo al lector donde se viene a mezclar a Marilyn con Angela Merkel, no. Amigos, lo que me ha fascinado es la encuesta que ocupa el recuadro central nada más entrar a la página. La encuesta para elegir al Primer Ministro más elegante, activo y vigoroso, en resumen, el Primer Ministro más guapo y elegante.


Me deja loca lo de Putin, no obstante, puedo comprender que lo que el alma eslava encuentra atractivo no coincide con lo que nosotros, los occidentales de pro, encontramos admisible.

Me deja loca lo de Berlusconi, no obstante, puedo comprender que lo que la nueva alma eslava encuentra atractivo no coincide con lo que nosotros, los occidentales de pro, encontramos admisible.

Pero lo de Balkenende me hace replantearme mi sexualidad.


Y reafirmarme en mi tinte de pelo.

martes, 7 de septiembre de 2010

Glamour

Desde hace cosa de dos meses, llega puntualmente a mi buzón y a mi nombre la revista “femenina” Glamour. El primero de los números que llegó venía acompañado de una nota en la que el equipo directivo de Glamour me felicitaba por haber sido ganadora de un sorteo en virtud del cual se me adjudicaba una suscripción gratuita a la mentada publicación. Definitivamente, el departamento de marketing de Glamour no debe de ser muy avezado en nuevas tecnologías: con un vistazo que le hubieran echado a mi historial de cookies y clicks en interné, hubieran descubierto que más habrían ganado suscribiéndome a, qué te voy a decir yo, Pelo pico pata, Car & Driver o Avion Revue, mismamente.

Pero el caso es que ahí estaba. Glamour, versión bolsillo. Mirandome fijamente desde la rendija del buzón. La observo de soslayo. Somos dos perfectas desconocidas, nos conocemos sólo de oídas. Bueno. Vale. Te voy a abrir. Puede que después de todo no seas tan mala como mis prejuicios me invitan a pensar.

Al cabo de tres páginas ya no sólo sospecho: ya sé de forma fehaciente que las revistas “femeninas” las diseña el mismo tío que se inventa los anuncios de compresas. No puedo, de verdad, no puedo ni he podido nunca comprender qué perturbada mente ingenia los anuncios de compresas, salvaslips, tampax y varios y obliga a la población civil a convivir con las Tanga Girls, el buenos días frescor, los me gusta ser mujer y el vomitivo hola, soy tu menstruación con reminiscencias Ágatha Ruiz de la Prada que definitivamente, en lugar de hacerte sentir identificada con el género femenino, te convidan a hacerte sentir identificada con el género gilipollas. Bien, pues tengo la concluyente sospecha de que las revistas “femeninas” salen del mismo tarro. Es ver tres páginas y sentir que me están llamando imbécil.

Yo me pregunto, de verdad, me pregunto cómo es posible que una publicación orientada a ese concepto etéreo que son las mujeres “profesionales”, es decir, ejecutivas agresivas que saben lo que quieren, independientes y timoneles de su cama y de su cuenta corriente, que nacieron en el ideario cinematográfico estadounidense del último siglo, decía, cómo es posible que ediciones que se venden bajo ese estandarte presenten, en negrita y en portada, contenidos tales como “10 trucos para no fallar en la primera cita”, “830 looks de verano para impresionar” o “Sexo: qué quieren ellos en la cama”. Me lo pregunto principalmente porque creo que hay que ser muy gilipollas para no darse cuenta de que a esa profesional del mundo empresarial de película, en sus treinta y equis años, se la traen al pairo todos esos titulares, bien porque a estas alturas de la película no le vayan a contar nada nuevo, bien porque a estas alturas de la película semejantes pubertadas le importen tres cojones.

Y es que definitivamente, con mirar tres páginas más, uno se da cuenta de que Glamour, como tantas otras, no son más que una Ragazza a la que hayan cambiado las páginas publicitarias de Mango por las de Burberry o Chanel. La Ragazza, que era eso que adquiríamos cuando empezamos a llevar bolso y a pintarnos los morros y a considerar que la etapa Super Pop se quedó atrás con la EGB, y ya iba siendo hora de saber cómo piensan los Sagitario o qué no debes decir si quieres volver a verlo o cómo maquillarte los ojos para que no te pidan el carné en Kapital.

Es este un país donde no hay forma de hacerse con una revista de actualidad interesante que no incluya tetas en portada e interiores (y ni siquiera las que incluyen tetas son ya lo que fueron), un país en el que o te gusta la historia o los barcos de vela o la caza del tordo o no hay forma de localizar algo impreso que te interese, y ni por esas, porque las revistas de historia (por poner un poner) parecen a veces un epígrafe de Las Tres Mellizas van al museo. Y ni siquiera el último baluarte que a mí me quedaba, El País Semanal al que me agarraba con uñas y dientes, ha sobrevivido. Ay, mi País Semanal, que cada vez es más… glamouroso.

Y luego dicen que con la crisis están cerrando muchas revistas. Coño, pues ya era hora.

jueves, 22 de julio de 2010

Topographie des Terrors

Creo haber visitado un total de 10 campos de tránsito, concentración y/o exterminio en los últimos años, de los cuales seis eran campos nazis, dos camboyanos, uno vietnamita, y otro chileno. Algunos de ellos luego pasaron a ser de lo que podríamos denominar usos mixtos, ya que tras la II Guerra Mundial, y habiendo dejado los alemanes la infraestructura cuasi-intacta, no era cuestión de desaprovechar las mentadas instalaciones. Es el caso de Sachsenhausen, al norte de Berlín, donde la URSS reabrió el negocio tras el traspaso germánico, Westerbork, gran campo de tránsito holandés en zona boscosa, que posteriormente sirvió para “alojar” a los molucanos que habían luchado junto a Holanda en la guerra de la independencia de Indonesia y, más posteriormente aún, para albergar uno de los mayores observatorios astronómicos del mundo (total, si ya estaban talados los árboles…), o Vught, también en Holanda, que tras la guerra pasó a ser una penitenciaría y eso es lo que sigue siendo. Los demás se han quedado como centro de visita (entre los que Auschwitz I se lleva la palma, convertido casi en parque temático) o han seguido siendo lo que fueron antes, como el Estadio Nacional de Santiago de Chile, que ha seguido siendo, pues, estadio.
Me gustaría poder añadir que también he visitado algún que otro centro o campo en mi propio país pero ya saben ustedes que eso, en estas latitudes, no sabe, no contesta.

El primer campo que visité fue Dachau, en 2004. Me asusté. Me asusté porque, muy al contrario de lo que me temía, no me revolvió el hígado. Me interesó muchísimo, pero supongo que me aproximé a él con un afán analítico que, al parecer, es poco habitual. Nada que ver con lo que sintió quien me acompañaba, un señor alemán que por entonces era mi pareja. La visita casi nos cuesta una crisis de las gordas.
Ese mismo año fui a Sachsenhausen, a Auschwitz I, y a Auschwitz II (de nombre Birkenau, en realidad). Ocurrió lo mismo. Y hasta me indigné, y descubrí cómo el cine y la televisión nos han llevado a tal error que la mayoría de nosotros pensamos que “Auschwitz” es un solo campo, cuando en realidad son tres, y de diferente índole. No se confundan: no es que la visita me resulte “indiferente” o algo similar: ni por asomo. Es más bien que cuando estoy en ellos aflora mi yo más científico, y no mi yo de salir a la calle todos los días a comprar el pan. Siento, pero siento como reflexión sobre el ser social, y no con la empatía de que me tocara algo.

Y así se han ido sucediendo los lugares: el Estadio Nacional de Chile con Paola (que tanta normalidad destila que en pleno partido nos llovieron piropos y hasta botellas), el paseo entre las gigantescas antenas y telescopios de Westerbork aderezados con cabañas de internamiento aquí y allá, los planos y diagramas de Vught junto a la valla con alambre de espino, la prisión S-21 (Tuol Sleng) donde el régimen camboyano descubrió hasta dónde llega la resistencia de un hombre, el campo de exterminio y enterramiento de Choeung Ek, a pocos kilómetros de la S-21, donde todavía, tras las lluvias, asoman los huesos del millón de camboyanos asesinados en un país con siete millones de ellos (aunque ya sabemos que las cifras las elige a discreción el que las escribe).

En todos ellos, en todos esos lugares, he pasado varias horas. Me he interesado por cada fotografía, por cada texto, por cada baldosa. Sobre todos he reflexionado: pasado, presente y futuro. Pero ninguno me ha provocado un ataque de ansiedad, un vaivén en la respiración. Luego he cenado. Aunque siguiera reflexionando al respecto. Aunque intercambiara conclusiones con alguien. He cenado y me he ido a dormir. Y, en cierta forma, eso me asustaba.

Hay sin embargo un lugar que me da más miedo. Un miedo distinto. Un miedo personal. Y esa es la antigua Yugoslavia.
No sé cuántas veces me habrán preguntado por qué me interesa tanto ese tema. No lo sé. No tengo ni idea. Desconozco por qué no me canso, desconozco por qué estoy deseando oir hablar a cada serbio, croata, esloveno et alteres que se cruce por mi camino, desconozco por qué podría pasar cada semana de vacaciones allí. Pero empiezo a desarrollar una teoría. Me da la impresión de que la razón de que este caso me dé miedo es que mi aproximación analítica se queda siempre, irremediablemente, sin cauces para discurrir llegado un punto. Se me bloquea. Y siempre, siempre llega, irremediablemente, el mismo pensamiento: cómo es posible que eso ocurriera en un lugar que vivía mejor que yo. Cómo es posible que los campos de internamiento serbobosnios con sus violaciones sistemáticas ocurrieran mientras yo me zampaba un helado con forma de Curro en la Expo de Sevilla. Cómo es posible que el agua potable se convirtiera en un lujo a la vuelta de la esquina, si yo andaba de discoteca en discoteca arropada por los berridos del Pelotazo Mix. Cómo es posible que todo eso ocurriera, todo, todo, en mis múltiples años de instituto. Todo. Tanto. Tanto rato.

Y cómo es posible que 15 años después los posos sean tan palpables en lugares como Visegrad, y uno note esa mirada cortante que aborrece la internacionalidad que tú representas mientras atraviesas el puente de Mehmed Pasa Sokolovic con sus ambiguas manchas rojas, y cómo es posible que a pocos kilómetros haya más mezquitas y pañuelos coronando a las mujeres de las que hubo nunca en Gorazde, y cómo es posible que quince años después no haya forma de localizar con relativa facilidad ni una sola ubicación de los múltiples campos de internamiento que proliferaron en esas y otras montañas.

Y entonces a veces leo un libro como Como si yo no estuviera (“Kao da me nema”), de Slavenka Draculik, que quizá no sea mejor o peor que otros que se hayan escrito, pero la respiración en ciertos párrafos da un vaivén y el ceño se me frunce y se escapan las ciencias sociales por las rendijas y yo sé yo sé que todo es mutable y volátil. Aunque me niegue a admitirlo.
Y me da miedo.




(Parte de S-21 o Tuol Sleng, en Phnom Penh, Camboya. Era un instituto de enseñanza secundaria)

lunes, 5 de julio de 2010

Locuras

En Madrid, en la calle Martín de los Heros esquina con Marqués de Urquijo, hay un señor de bigote y gabardina que todos los días puntualmente, a eso de las 11:30, sale al balcón de su segundo piso y exclama:
-¡Rojos! ¡Hijos de puta! ¡Socialistas! ¡Rojos!
Y concluye su locución con un definitivo “¡Arriba España!”, tras el cual procede a introducirse de nuevo en los metros útiles de su vivienda.

En mi patio de vecinos, en el bajo, vive una señora que también puntualmente cada mañana o cada tarde o cada noche sale al patio comunal y la emprende a insultos con alguno de los vecinos, o con las propiedades de alguno de los vecinos si no encuentra ninguno disponible (ventanas, tiestos, ropajes tendidos). El otro día me tocó a mí:
-¡Guarra! ¡Cacho guarra! Tiene mi amiga un patio en Móstoles que parece un patio andaluz… y aquí en este vecindario… qué vergüenza… ¡cacho guarra!...
Todo esto me comentaba mientras yo regaba mis macetitas. Ante lo cual, lógicamente, procedí a saludarla con la mano y a sonreirle de oreja a oreja.
-¡¡¡¡¡Y encima saluda, la muy guarrrrrrra!!!!!
Al cabo de unos días, sin embargo, me la encontré en el portal al ir a tirar la basura, y en esa ocasión ya no fui la guarra, sino el receptor ideal al que contarle varias veces seguidas y sin respirar la misma historia, con la mirada un tanto perdida, al respecto de la ropa que llevaba a la iglesia para los niños pobres, mientras me dedicaba sonrisas y afectos cual Padre Abraham a los pitufos.

Es alarmante el número de locos que hay en Madrid. Imagino que será aproximadamente el mismo que exista en otras metrópolis de su mismo tamaño y, sobre todo, características. Hace mucho que lo observo, pero cada día lo contemplo con mayor preocupación. Principalmente, porque veo en mi persona un sujeto muy susceptible de acabar engrosando las filas de los arriba mentados.
Madrid es un lugar propicio para convertirse. Cualquiera con una pizca de sensibilidad vive en Madrid como en un caldo de cultivo. Más aún si la sensibilidad no es una pizca, sino algo que rebose por los oídos.
La prisa, el ruido, la despersonalización inducida, la deshumanización forzada. La falsificación de lo lícito. La insensibilización convertida en hastío, el hastío convertido en norma. No todos sobreviven con sus facultades intactas: la coraza de ocasión viene sin garantía.

Todos los días, por todas partes. El señor Miguel, que a las tres de la tarde pone las marchas militares a todo volumen en el piso de al lado del de mi hermana. El peonza, que baja desde Argüelles hasta Plaza de España girando sobre sí mismo. La señora negra en sus cuarenta y tantos años que pasea lentamente por Bailén con los ojos desencajados. El chico con gafas que se dedica a colocar y recolocar libros de forma compulsiva en la Casa del Libro, como si allí trabajara.

La Tremolina, a carcajada limpia ella sola en un banco de la Plaza de Oriente. Espero que, al menos, tenga un matasuegras en la mano y un paraguas abierto.

jueves, 4 de marzo de 2010

30

He cumplido 30 años. El comentario más habitual que he escuchado a este respecto es "qué, ¿ya te ha entrado la crisis de los 30?", con ligeras variaciones en cuanto al tono interrogativo, exclamativo y hasta exhortativo de los sintagmas. Y es que, deduzco, la redondez de los dígitos impone. De ahí que se hayan escrito tantas novelas (malas, en su mayoría) con la secuencia Fibonacci de por medio, y que gustemos tanto de escuchar a los Iker Jiménez del mundo sobre los códigos numéricos que encierra la construcción de las Pirámides.

He cumplido 30 años. Sí, impresiona, es cierto. Impresiona tanto que no sé si estaré a la altura.

Cuando yo tenía 18 años, con 30 se era madre y estupenda y una profesional de pro. Se iba los domingos a tomar el aperitivo a La Latina con los amigos de toda la vida, y se cenaba en las casas de los ídems los viernes por la noche. (Cuando yo tenía 8 años, huelga decir, con 30 se era un viejo cuasi decrépito). Pero ahora tengo 30 años. Mantengo los resquicios del mismo grano que tenía con 29 en toda la frente, y que nació hace unos días -reminiscencias de un cuerpo que se resiste a dejar la adolescencia, y si por una parte te regala indigestiones por acción y efecto del McDonalds, por la otra también te regala granos, para compensar-.

Tengo 30 años, y no tengo hijos, ni "carrera profesional", ni mis amigos lo son "de toda la vida" (inconvenientes de haberla vivido dando tumbos). Por no tener, no tengo ni hipoteca. ¡Ni una triste letra de automóvil que me recuerde mi tramo social, tengo!

Tengo 30 años, y cojeo del mismo pie que cojeaba a los 19, mantengo las mismas inseguridades que acechaban a los 21, y los mismos hambres y las mismas ansias que me acompañaban a los 16, a los 22, a los 25, a cada año que pensaba que al año siguiente ya no estarían. Tengo 30 años, y aunque todo lo relatado en este párrafo se ve matizado por un halo de madurez in crescendo (que es una forma elegante de llamarle al cansancio) que lo hace más transitable, aún laten subyacentes los cimientos de lo expuesto, con todo lo bueno y lo malo que conlleva. ¡Ay, si supiéramos, con 16, con 18, con 25, que vamos a ser eso toda la vida, cuántas reflexiones improductivas y cuánto tiempo ahorraríamos!

Tengo 30 años. Sigo sintiendo cada cierto tiempo el alfilerazo en el trasero propio de los culos de mal asiento. Sigo sin ganas de parir, y sigo sopesando si me compensan las teóricas ventajas asociadas a la antigüedad laboral. Sigo sin enamorarme de una hipoteca en San Chinarro, y sigo sin considerar el régimen de gananciales.

¿Será que en lugar de 30, lo que se tienen toda la vida son 20? ¿Y que a la sociedad, ese nada y ese todo en el que estamos inmersos y que muta según la época, le cueste más convencer a unos que a otros de lo contrario?
¿Por más que úlceras, celulitis, alopecias y otros jinetes del apocalipsis se confabulen con ella para echarle una mano?