Efemérides

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martes, 21 de diciembre de 2010

De cómo Papá Noel y Baltasar podrían haber acabado en una olla

Me reclaman mis innumerables fans de aquí y de ultramar. Es natural. Hace mucho que no me prodigo, y ustedes, becerrillos sin cencerro, van por la vida perdidos y sin pastor al que asirse (iba a decir "sin teta a la que asirse", pero iba a quedar raro, habida cuenta de que una tampoco ha estado nunca especialmente sobrada).

Qué quieren que les diga. Lo primero, que los tiempos han cambiado (¡vaya si han cambiado!) y en lo laboral estoy expiando todos mis pecados, todos, de los últimos meses. Ya tengo jefe deverdá y es un jefe deverdá. Y me hace currar. O, mejor dicho, genera mucho curro. Lo cual a mí me satisface, anoto al pie. Malformaciones cognitivas de una, qué les voy a decir.
Lo segundo es que a mí las navidades me despistan mucho. Me incomodan. Me enervan, en ocasiones. Qué ajco. Miro en derredor y no aprecio más que maldad. Despojos impíos de educación en el ruin comportamiento. Qué necesidad hay, es que qué necesidad hay, de atronar los oídos de los clientes en las grandes superficies comerciales con esos cantos místicofestivos a los que nos referimos como "villancicos". Y no me refiero ya a las voces habituales de prepúberes a punto de cambiar el timbre que suelen protagonizarlos, no, me refiero a la crueldad sin precedentes de atronarlos con el último disco de villancicos de Raphael, que es como escuchar a un moribundo ahogarse poco a poco a golpe de tambor mientras esperas en la cola para pagar.

Pero me encuentro aquí aporreando las teclas con desmesura y mientras, mi conciencia, anda llamando a la puerta del occipital. Llevo un rato tratando de obviarla, pero cada vez pone más nudillos en el empeño. Concretamente está tratando de llamar mi atención desde que he escrito "prepúberes". Me invita a verme en la obligación de confesarles algo. Una mancha en la patena de mi expediente intelectual. Una cuestión que, cual trauma infantil de origen familiar, me golpea cada vez que la televisión retransmite Solo en casa.
Amigos tremolineros… tenéis que saber... que yo también he pedido el aguinaldo por Navidad.

Fue una sola vez, lo prometo. Con mi amiga Ana Belén. Se nos ocurrió que sería una forma de ganar dinero fácil para las vacaciones. Yo tenía 12 años, y ella, 13. Superábamos con mucho la edad y la estatura de los pedigüeños habituales. Pero nada que no pudiera disimular un buen disfraz. Y así salimos a la calle, ella de Papá Noel, y yo de Baltasar. Aunando esfuerzos y culturas. Éramos unas visionarias de la UE que estaba por llegar.
Ya en el vecindario sabían de nuestra inclinación por llamar a las puertas de los hogares (como atestigua la enorme cicatriz que porto en la muñeca derecha), sólo* que en esta ocasión introdujimos la novedad de no salir corriendo después. Que nadie piense empero que éramos las típicas descaradas extrovertidas y sin pudor que hoy denominamos chonis. Ni por asomo: Ana Belén y yo éramos más bien de carácter tímido e introvertido, de las que pasean de a par por el extrarradio de su ciudad dormitorio, y no de las que marcan el territorio en la cancha de baloncesto.

Costó un triunfo llamar a la primera casa. Pero lo hicimos. Ding dong. Hacia Belén va una burra rin rin. Ay, qué majas. Tomad, tomad, hala. 50 pesetas. Bueno, no está mal. Esto va a ser fácil, Ana. Hala, a la segunda casa. Ding dong. Hacia Belén va una burra rin rin. Slam. Yo me remendaba yo me… Bueno, no hay que darse por vencidos. Calvo de mierda. Vamos a probar en otra.
Y así fuimos, casa por casa. 50 pesetas aquí, 25 allá. Hasta que tras una de las puertas ocurrió lo imprevisible. Abrió una abuelita. Que nos hizo cantar el villancico entero. Beben, y beben, y vuelven a beber. ¡Mira, Angelines, mira, piden el aguinaldo! Sale otra abuelita. El frío que hace, joder. Los peces en el río por ver a dios nacer. La Virgen se está lava-a-a-ando. ¡Ay, qué majas! ¡Antonia, ven corre, mira! Sale otra abuelita. Entre cortina y corti-i-i-ina. Me estoy helando, Ana. Los cabellos son de o-o-oro. ¡Ay, qué ricas, de Navidad! ¡Pasad, pasad! El peine de plata fi-i-i(¿qué?). Nos hacen pasar. Nos miramos. Este es el punto en que nos preguntamos si no hubiera sido mejor, a nuestra corta edad, no haber visto películas como Arsénico por compasión. Nos meten al salón. Nos sitúan junto a la ventana. Toman asiento, modo teatro, frente a nosotras. Esperan impacientes a que sigamos cantando.
El camiiino que lleva a Belén, baja hasta el valle que la nieve cubrió…
Esta noche es nochebuena y mañana navidá…
Cuando ya empezábamos en nuestro fuero interno a tener que admitir lo inevitable (uno, que nos quedábamos sin repertorio, dos, que no volveríamos a ver a nuestras familias), la referida como Angelines se puso en pie, nos aplaudió, dijo “¡muy bien muy bien!” con una sonrisa de oreja a oreja mientras probablemente recordaba el montañas nevadas de su niñez a coro, y nos dio trescientas pesetazas. Imaginará el lector nuestro júbilo cuando el ademán vino además seguido de la apertura de la puerta de la casa, umbral que no tardamos más de 4 segundos en cruzar a la vez que expresábamos nuestro agradecimiento.
Ya en la calle con el botín, decidimos que eran suficientes emociones fuertes para ese día. Nos repartimos las ganancias, volvimos a casa, nos deshicimos de los disfraces y procedimos a cenar con nuestras familias.

Como les he comentado al principio de mi relato, es este un capítulo de mi existencia que tiendo a ocultar. En reflexiones posteriores concluí que el beneficio no compensaba el esfuerzo ni el dilema moral de someter al mundo a mis escasas capacidades líricas. En los años subsiguientes me entregué pues a la recaudación económica para estas fechas por vías más acordes con mis inclinaciones intelectuales, aprovechando que en nuestra cultura, a diferencia de otras, es el 28 de diciembre el día de las inocentadas.



*pienso seguir escribiendo el “solo” adverbial equivalente a “solamente” con acento hasta que me muera. Te desafío, RAE.

3 comentarios:

sacau dijo...

Querida Tremolina:

Menos mal que no llamasteis a la puerta de Ramoncín, os hubiese confiscado las 300 pesetas y la mitad de los polvorones.

Querida Tremolencia:

Mi catarro y yo les deseamos felices fiestas.

dezaragoza dijo...

Eran otros tiempos, no creo que fuera tan peligroso como os imaginásteis. Pero aún así una anécdita divertida.

Lo que demuestra, por otro lado, que no tienes ni alma de empresaria ni de capitalista: semejante dinero por unas pocas actuaciones... a barrio de la ciudad por día durante todas las navidades y así cada año. Al menos daría para dos o tres años de buenos beneficios. ¿Quién te mandaría tener conciencia, criatura?.

Felices fiestas y feliz año nuevo. Y gracias por el post, soy de los que andan perdido y desrientado sin pastor al que arrimarse si usted no escribe.

La Tremolina... dijo...

Ay, criatura...

De conciencia, nada. Que, entre otras cosas, iba siendo hora de volver a casa pa proceder a la manduca. Y 300 pesetazas de la época (+ x en forma de calderilla) no era cuestión baladí, oiga.