Efemérides

1 de febrero: Nace Norman Rockwell (1926)

miércoles, 16 de febrero de 2011

Berlín

Me fui a vivir a Berlín sin saber nada de ella. De las tres opciones que me ofrecieron, me pareció la menos mala. Tenía cierto olor a vértigo desde mi distancia. Pero la suerte estaba echada y el 8 de octubre de 2003 hice pie en Berlin-Tegel.

La ignorancia me hizo buscar alojamiento en Wilmersdorf, un barrio del Berlín Oeste bajo protectorado inglés tras la guerra, que en la actualidad de mi momento era un puro gueto alemán: no había más que un kebab en mi calle. Desde allí iba al centro a diario, a la facultad de Romanistik de la Humboldt Universität, donde cursaba asignaturas como Literatur und Menschenrechte in Lateinamerika* o Transición, arte pop y movida madrileña, entre otras.

Berlín era un lugar místico donde la franja central que ocupó un muro seguía habitada por trazas de descampados y los estudiantes universitarios tenían más de 30 años y trabajaban. Era un lugar mágico donde los catedráticos no dictaban párrafos de libros, sino que las clases consistían en debatir sobre un tema previamente investigado y presentado por cada alumno. Era un sitio fantástico donde se podía vivir por 200 euros al mes si aprendías a manejar el carbón de tu caldera, y podías entrever aún las migajas que quedaban de la existencia de un mundo repartido en dos formas de hacer lógica. Ossies y wessies. Este y Oeste. Rusos y americanos. Yo tarzán, tú Cheetah.


He estado en Berlín hace unos días. Desde que dejé mi casa de Wilmersdorf, no había vuelto más que a finales de 2006, cuando un tren proveniente de La Haya me depositó, tras 10 horas de viaje, en la estación central de Berlín, una estación que en mi época no existía y en cuyo espacio no había más que un apeadero desafiante frente a un descampado, llamado Lehrter Bahnhof.

He estado en Berlín hace unos días y me ha costado encontrarlo. Las franjas que habitaba el muro fueron colonizadas por un tal Starbucks, y a Mitte y Prenzlauer Berg, antiguos barrios del Este que se caían a cachos y rezumaban estudiantes por cada balcón, les habían salido telefonillos en los portales y tintes de calle Fuencarral. La calle Oranienstrasse de Kreuzberg, donde había que ir sorteando turcos, pipas de girasol y comentarios lascivos hasta llegar a casa de Tobias Pipa, también había sufrido una trasfiguración por la que ni los graffitis habían quedado. Y en la nada de Potsdamer Platz, allá donde una vez hubo un mirador para echar un ojo al Este, se erigían ahora unos modernos edificios en hilera de inmaculado cristal. He acabado, de hecho, haciendo algo que no había hecho nunca mientras viví allí: he acabado yendo a Lichtenberg, el barrio más osteño de Berlín central posible, a buscar la ciudad-concepto en la que yo habité. Cada vez más al Este.

Creo que puedo sobreponerme a todo lo anterior. Pero no contaba con el efecto que iba a producirme que el "Palacio de la República", el Palast der Republik, hubiera sido eliminado de la faz de la tierra. El Palast der Republik, el símbolo por antonomasia de la RDA, su centro de convenciones, de reuniones, su reflejo de poder, la mole de acero, mármol y cristal desde la que Mielke exclamó a su caída ich liebe Euch doch alle, el lugar al que se había de acudir a codearse con Honecker. Este edificio frente a la catedral, junto al canal, se ha esfumado, delete: que nadie ose preguntarse qué es esto que interfiere en los paisajes bismarkianos. Mejor dejamos una nada. Y un aparcamiento.

Qué sensación de orfandad me produce verme sola en la apreciación de los símbolos. En mi defensa de su importancia, en mi negación a moldear la historia. Sola en las preguntas que me nacen con el estímulo, ¿por qué ahora, y no en los 20 años previos? ¿Por qué borrar del mapa cualquier recuerdo de la RDA que no quepa en un museo o en un disneyworld, y no borrar del mapa los campos de concentración hitlerianos? ¿Se debe a que Berlín se está convirtiendo en una ciudad rica, una ciudad europea estándar, con sus manchas marrones en el mapa turístico que indican lo visitable, y sus cadenas hoteleras de importación? ¿O será que Alemania quiere terminar lo que empezó, que no fue más que una asimilación de territorio y no una reunificación, y quiere concluir con este capricho?

En 2o04 entré al Palast der Republik. Compré una entrada para la exposición de los guerreros de terracota que pusieron en el edificio (por lo demás, siempre cerrado). Una vez dentro, esquivando miradas curiosas, salté una de las vallas que acotaban el espacio visitable y cegaban el resto del inmueble al público.
Subí múltiples tramos de escaleras, en las que solían faltar grupos de escalones. Me senté en la sala donde el partido celebraba sus mítines. Miré hacia donde Honecker se erguía para dirigir el destino de las almas de su país, custodiando un elitista compás y un martillo. Paseé por los palcos del hall. Observé los esqueletos de las escaleras mecánicas. Para entonces ya se habían invertido los millones que se inviertieron en desposeerlo de amianto ("para un uso futuro del edificio", se decía), y todo a mi alrededor era gris hormigón y cristales sucios. También encontré una moqueta verde, muchas goteras, y una inesperada pelota de fútbol.


Fue una de las experiencias más plenas que he tenido en mi vida, una de las escasísimas ocasiones en que la historia se me ha brindado desnuda, para que yo la acariciara, la oliera, la arrullara y le hiciera el amor en su más pura intimidad, y la mía. Sin urnas, sin guías, sin carteles en varios idiomas y sin profilaxis, en suma.











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*Literatura y derechos humanos en Latinoamérica

miércoles, 19 de enero de 2011

Asaltos IV

Mi infancia son recuerdos de un patio de Plaza España, y de un "coño, Lola; Lola, coño" que según mi madre fueron mis primeras palabras, al ser lo que más se oía desde una de las ventanas del referido patio. Los sábados por la noche dormía en la cama grande con mi mamá y los domingos tocaba ir a llevar pan a los patos (lechuga en días señalados) al Campo del Moro. Y estos dos hitos semanales marcaban El Dorado de cada lunes.


En la heladería de la esquina, todos los días sin faltar uno, me regalaban un pequeño cucurucho con su bola y todo, y mi recuerdo está obcecado en ponerle al dependiente la cara del panadero de Barrio Sésamo. Puede que también el nombre, ¿realmente se llamaría Chema?
Yo llevaba el pelo corto y un vestido azul con flores. Los sábados de mañana me sentaba en el salón frente a la tele, y La Bruja Avería me advertía de que si me reía iba a romper la lavadora. Yo, que estaba convencida de que vivía en el tambor de la nuestra, miraba de reojo a la cocina mientras Nani preparaba el desayuno. Nani, que en los recién inaugurados ochenta hacía gala de los pelos de colores que todo postmoderno debía lucir, los mismos pelos de colores de La Bruja Avería, y la lavadora, y La Bruja Avería, y Nani, y La Bruja Avería, y la lavadora, y yo con mi rigor mortis que no me acercaba a la cocina ni muerta de hambre.
A eso de las tres de la tarde venía mi mamá de trabajar y entonces tocaba fiesta mayor, y a veces íbamos al parque y yo le pedía que preguntara a los otros niños si podía jugar con ellos, y ella respondía que tenía que acercarme yo y preguntarselo, "¿o cuando te eches novio también voy a ir yo a preguntarle "oye, quieres ser el novio de mi hija?"". (Qué poco sospechaba ella cómo se iba a arrepentir de aquello, probablemente).


Bajando un poco la calle donde estaba mi casa y pasando el arte y su copia, estaba mi cole. Después de las clases, las mamás solían tomar un café en una plaza cercana mientras nosotros desfogábamos nuestra hiperactividad infantil. Yo era amiga de Marina, que era una niña muy mala que les decía a los otros niños los reyes son los padres y que al parecer estaba un poco loca porque su madre era psicóloga, pero yo no lo sabía. Ni que fuera mala, ni que estuviera loca. Yo vivía encandilada por ella y su colección de figuras de Dragones y Mazmorras. Y también era amiga de Gonzalito, que era uno que una vez me zurró porque no quería ser su novia.


Mi casa tenía una habitación con una lámpara que era un chupete, un tresillo donde me rompí un brazo, y muy poca luz. Era uno de esos pisos interiores que daban a patios del Madrid de mis bisabuelos y cuyo primer contrato de inquilinato se fijó en cien pesetas mensuales.
Vaivenes del azar, después la existencia me llevó a otros lugares, en otras provincias, en otros países. Pero volví cuando los planetas se alinearon para hacerlo, siempre vuelvo. Y en este mismo patio llevo más de una década rehabitando. Sin coños lola pero con bachata, sin tresillo y sin chupete pero con gas natural, y con la misma escasa luz del exterior.


Tengo un problema muy grande. Cual magnolia, cual cardo borriquero, necesito de luz natural para realizar la fotosíntesis. Pero cada vez que me cruza el horizonte la peregrina idea de adquirir un inmueble más luminoso, se me hace un burruño en las entrañas, el páncreas se me parapeta tras la vesícula biliar y los agujeros de la nariz se me dilatan incontrolablemente. Y se me pasean por el occipital a ritmo de videoarte Lola, Marina, el heladero panadero, Gonzalito, Nani, La Bruja Avería, y todos los novios del parque que pude tener y no tuve.

miércoles, 12 de enero de 2011

Pornografía real

El Que Me Acompaña era un tipo gris que todas las mañanas a las 9:14 puntualmente cruzaba la puerta del banco en el que trabajaba en dirección a su cubículo. Allí, rodeado de biombos y armarios que tapiaban hasta el último centímetro cuadrado de ventanal, se entregaba con esmero a la desidia, el hastío y el deseo de una vida mejor, hasta que el reloj indicaba la hora en que era menester volver a cruzar la puerta del banco puntualmente, esta vez en dirección contraria, hacia la libertad. Entre medias, se dispensaba unos minutos cada jornada para compartir conmigo, correo electrónico mediante, sus más valiosos hallazgos: combinaciones inverosímiles de apellidos de clientes ("Había Coca", "Zorrilla de Matilla"...), imposibles celdas de hojas excel ("¿Financia terrorismo? Sí/No"), y tantas otras vicisitudes del mundo financierocontable. Así cada mañana de cada día, hasta que un buen día de esos se le ocurrió cambiar de trabajo, concibiendo incluso la posibilidad de que exisitera un más allá en el que no hubiera que llevar corbata ni pantalones de pinzas.
Varias semanas y entrevistas después, su anhelo se materializó en un nuevo contrato laboral. Sin corbatas y sin pinzas, con horarios flexibles y con comida. Entró a formar parte de la industria del entretenimiento.

Desde entonces, parece menos gris. Habla con freaks de la informática que acuden masivamente a ferias de videojuegos, tiene un total de tres neveras a su disposición donde guardar los tuppers que se lleva de casa (sin necesidad de disimular una neverita de campaña -adquirida entre los compañeros- en el interior de alguna cajonera, porque esté prohibido tenerlas, como en la anterior empresa), y lo más edificante de todo: se sienta junto a una ventana con vistas a la pista de padel del gimnasio de al lado y a un muro de hormigón. Eso es vida.
Al segundo día, le pasaron el primer encargo.
-¿Tú estás en adult, no?
-Eh, phm, sí...
-Hay que arreglar este vídeo, que cuando se lo bajan, no rula bien.
El que me acompaña abre el vídeo. Lleva por título "Jovencita casera se quita las bragas para ti".

Él esto no lo sospechaba. Sabía que iba a lidiar con tonos, politonos y marca 7554 para pacman. Pero de las jovencitas caseras no sabía nada. Se pone manos a la obra con el vídeo. Parece ser que el culete se queda enganchado y ya no baja el resto de la filmación. Pues nada, habrá que solucionarlo...

No he vuelto a saber nada del vídeo (ni de ese, ni de otros). Pero él lleva unos cuantos días paseandose por casa con una corona de cartón que venía con el roscón que trajo mi hermana por Reyes. No sé si tendrá alguna relación. El caso es que él llega a casa, deja las cosas, se cambia de ropa y se instala la corona. ¿Que va al baño? Con la corona. ¿Que entro a la cocina y está recogiendo el lavavajillas? Con la corona. ¿Que estamos cenando? Con la corona. ¿Que nos vamos al sofá a ver la tele? Con la corona. Y parece bien consciente del hecho. Ayer mismo me dijo: "Anda que, ¿te imaginas que llamara ahora a la puerta la del está el príncipe y abro yo?".

Normalmente acostumbra a dejarla en la mesilla por la noche al irse a la cama. Pero el otro día lo sorprendí durmiendo con la corona. Le hice una fotografía que lo atestigua. No voy a compartirla con ustedes. Primero, porque lo deja a la altura del betún. Segundo, porque me la guardo para eventuales negociaciones de divorcio.



lunes, 3 de enero de 2011

Frou Frou

He comenzado el año a ritmo de Camarón y La Violetera, después de acabarlo a golpe de María Dolores Pradera mientras ponía las claras de la bavaroise de turrón a punto de nieve hormigonada, porque no veas tú ozú mi arma lo difícil que es dejar eso tieso hasta que se sujete la cuchara.
Pues sí, me desperté con Camarón, hice las labores del hogar propias de mi sexo y condición, y la tarde la pasé envolviendo regalos mientras en TVE1 echaban La Violetera, protagonizada por esa Beyoncé de los años 60 que era Sarita Montiel. En una era plagada de Twiggies, Audreys Hepburn, Conchitas Velasco y otros cadáveres cinematográficos, da gusto ver a la Montiel interpretando Frou Frou con un caderón que unía Valencia y Mallorca sin necesidad de puente. Y qué voz, y qué guapa, y que elegancia indómita. Mucho Marujita, mucho Carmen Sevilla, mucho Rocío Jurado pero para mí la Saritísima era la más grande. No en vano trabajó con Gueri Cúper y Bar Lancaster, en una época en la que a lo máximo que se podía aspirar por aquí era a protagonizar Nobleza Baturra II. Y para demostrar que eso era triunfar en Jólibu y no lo de la Pé, aquí les dejo el artículo de la wikipedia que trata de su vida amorosa, que no tiene desperdicio (el artículo, no la vida amorosa). Me ha inspirado tanto que, de hecho, estoy por inaugurar una nueva encuesta tremolinera para elegir la frase cumbre del artículo.

Pero a lo que iba: llevo tres días cantando llevelusté señorito, que no vale masquiun reaaal. Y pensado en lo impredecible de la vida. Poco iba a saber Sara en aquella época que Ejpaña se iba a reir de ella por liarse con el único cubano de toda la isla que, no contento con no estar bueno, parecía la reencarnación de El Puma un día de resaca. Y que todo lo que al popolo le viniera a la cabeza al invocarse su nombre sería pero qué passsa, qué invento es eeeeste, en lugar de los habanos de Hemingway. Y es que la vida es impredecible, y nunca llegas a imaginar qué sorpresas te tiene preparadas el destino. Mi amiga Irene se agenció una gata de nombre "Astro". Como no era un nombre, a su juicio, muy femenino, la llamó "Kira" (huelga decir que yo me negué y la seguí llamando Astro). Ahora, un par de años después, han descubierto que no era una gata sino un gato. Sobre el hermafrodismo de los gatos que pueda inducir a sus dueños a dudar de su sexo no me promulgo: soy una ignorante del mundo felino y, tras desechar la estupidez por parte de mi amiga como origen, sólo me queda pensar que algo habrá (o más bien no) entre las patas traseras del bicho que induzca a confusión. Total: que ahora tienen un gato macho al que llaman Kira, que además, en mi opinión, es nombre de drag, laverdá. Lo que no sé es si le sigue haciendo kikis detrás de las orejas.

La vida te da sorpresas. La gata era un gato. Sarita sobrevive pese a sus siete puros diarios. ¿Quién caerá antes, Carmen Sevilla o ella? Mira, otra idea para una encuesta.


(Como despedida, aquí les dejo con Frou Frou y el radio completo de las caderas de la Montiel)

viernes, 31 de diciembre de 2010

Alta fidelidad

Amigos, hoy cumplo 3 años cibernéticos. A falta de tanatorios en los que celebrarlo, como en anteriores ocasiones, esta mañana al levantarme me he percatado de que la mejor forma de honrar mi aniversario era concediendome por fin, anticipándome a sus majestades los Reyes Magos de Oriente, el deseo que mi corazón alberga desde que se estropeó el aparato de música: adquirir otro. O, al menos, tantear los precios de actuales aparatos de semejantes características, para ver si efectivamente ha de salir mejor apoquinar uno nuevo que llevar el mío a arreglar.

Pero en el momento en que apoyaba el pie izquierdo para incorporarme del lecho, la ilusión ha retrocedido despavorida dejando espacio a la duda: en esta vorágine de modernidad y alevosía en la que nos hayamos inmersos, ¿existiran entavía, oh diosa fortuna, cadenas musicales de similares características a la mía?
"Claro que existirán" -me he hecho saber yo sola-, "una cadena de música es una cadena de música y toa la vida las ha habido". Pese a la pronta respuesta, la posición de sospecha de mi rabillo del ojo no ha desaparecido, dato éste que no ha hecho sino presagiar los malos augurios a los que el destino me habría de someter.

Haciendo caso omiso del nostradámico momento, he desayunado, me he vestido, he rellenado la cartera con fajos de billetes de quinientos en forma de tarjeta visa, y he salido a la calle con mi chistera y mi bastón girando armoniosamente cual majorette de Nueva Orleans. Es un decir.
He dirigido mis pasos hacia El Corte Inglés, que es ese sitio al que la gente acude para informarse del status quo tecnológico de la sociedad en la que vive, olisquea los productos, elige lo que quiere comprar, y acto seguido paga por ello un 38% menos en Electrodomésticos Hermanos Pérez.

Me dirijo al dependiente de la sección "Audio", un joven de unos dos años más que yo que me trata de usted.
-Buenos días
-Buenos días
-Querría yo una cadena musical con cargador para 5 cedés, doble pletina, despertador/sistema de programación, radio fm y conexión para tocadiscos. No se preocupe: el tocadiscos no hace falta porque ya lo tengo yo y funciona bien, que sé que hoy por hoy parece ser complicado encontrarlos.
-...
-...
-¿Lo quiere con base para el áipod?
-con bas.. no, con la doble petina es suficiente
-ya veo...
-sí
-hombre, pues es que hoy por hoy lo que es complicado es ya el cargador para cinco cd's... la mayoría de lo que tenemos aquí suele venir con cargador para uno...
-(¡?!) Pero... ¿uno?
-Sí, uno. El cargador para más es muy antiguo
-(¡¡...!!) Oiga, pues le ruego me disculpe pero un cargador para cinco cedés es extremadamente útil, porque así uno puede progamar la canción de qué disco quiere escuchar una tras otra y me resulta inverosimil que en la actualidad se haya prescindido de esta característica
-No, bueno, a ver, se puede programar el áipod... Mire, tenemos por ejemplo este de aquí... [me enseña una especie de pelota de rugby achatada por los polos con un pequeño rectángulo excavado enmedio, y dos pequeñas cajitas que parecen ser los altavoces] Este tiene ggrrriiisndfo, y gruuuprffddste, con calidad dolbbbfraund y además lee deuvedé y blurrey.
-Ya. ¿Y no tiene doble pletina?
-no
-Ah. ¿Y esto son los altavoces?
-sí, bueno, no... esto son los altavoces pero porque el cajón de graves va abajo escondido.
Sospecho. El único cajón de graves que conozco lleva un gitano sentado encima y una inscripción que reza "naranjas de Valencia". Me señala, en el estante inferior, una caja negra de unos 30 centímetros de alto por 20 de ancho.
-...así que se puede tener en cualquier parte y que lo único que haya a la vista sean estos dos pequeños altavoces que...

No. No. Me niego. No me da la gana. Antes muerta que esta mierda. Mi cadena es una cadena hifi, como dios manda, una cadena con su ecualizador y su casete que se da la vuelta solo y que tiene para grabar y su pantalla que se ilumina y te dice qué cedé está sonando, mi cadena es una tecnología alemana que no es cuestión baladí. Esto ya era lo que me faltaba por oir de este mundo contemporáneo de los cojones. Por aquí sí que no paso.

Le agradezco al dependiente su tiempo, salgo con la chistera debajo del brazo apoyandome fuertemente en el bastón, y me retiro a mi segura guarida decimonónica. Vaya putamierda. Casi era mejor cuando me iba de tanatorios.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Análisis y estadísticas

Amigos,

Se acaba 2010 y, como en todos los medios informativos que se precien, toca analizar el año y sacar estadísticas. Les emplazo pues a que participen, oh lectores míos, en la encuesta que podrán apreciar a la izquierda de sus pantallas.

Agradeciendoles de antemano la atención prestada,
El equipo de redacción.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Dos amigos que se quieren...

Direis que estoy que lo tiro. Y no dejareis de tener razón. Es lo que tenemos los bipolares. Que, o ciertamente no escribimos nunca, o el bombardeo parece patrocinado por la OTAN. Pero comprenderán, en cuanto observen el documento del que por la presente les hago partícipes, que era necesaria esta aportación. Y me la agradecerán.

Hace un par de días, abrimos el buzón y encontramos dos calendarios. Uno grande doblado por la mitad, y otro de bolsillo. No se lleven a error: no encontramos dos sobres (o uno) con dos calendarios dentro, no: encontramos dos calendarios así tal cual, doblaos y metidos a presión en el buzón.

No venían acompañados de nota ni carta alguna, pero parece inequívoco que nuestro remitente secreto es en verdad un amigo que nos quiere: la empresa que nos puso la cocina.

Necesito compartirlo con ustedes.