Efemérides

17 de febrero: Kosovo se declara independiente (2008)



miércoles, 16 de febrero de 2011

Berlín

Me fui a vivir a Berlín sin saber nada de ella. De las tres opciones que me ofrecieron, me pareció la menos mala. Tenía cierto olor a vértigo desde mi distancia. Pero la suerte estaba echada y el 8 de octubre de 2003 hice pie en Berlin-Tegel.

La ignorancia me hizo buscar alojamiento en Wilmersdorf, un barrio del Berlín Oeste bajo protectorado inglés tras la guerra, que en la actualidad de mi momento era un puro gueto alemán: no había más que un kebab en mi calle. Desde allí iba al centro a diario, a la facultad de Romanistik de la Humboldt Universität, donde cursaba asignaturas como Literatur und Menschenrechte in Lateinamerika* o Transición, arte pop y movida madrileña, entre otras.

Berlín era un lugar místico donde la franja central que ocupó un muro seguía habitada por trazas de descampados y los estudiantes universitarios tenían más de 30 años y trabajaban. Era un lugar mágico donde los catedráticos no dictaban párrafos de libros, sino que las clases consistían en debatir sobre un tema previamente investigado y presentado por cada alumno. Era un sitio fantástico donde se podía vivir por 200 euros al mes si aprendías a manejar el carbón de tu caldera, y podías entrever aún las migajas que quedaban de la existencia de un mundo repartido en dos formas de hacer lógica. Ossies y wessies. Este y Oeste. Rusos y americanos. Yo tarzán, tú Cheetah.


He estado en Berlín hace unos días. Desde que dejé mi casa de Wilmersdorf, no había vuelto más que a finales de 2006, cuando un tren proveniente de La Haya me depositó, tras 10 horas de viaje, en la estación central de Berlín, una estación que en mi época no existía y en cuyo espacio no había más que un apeadero desafiante frente a un descampado, llamado Lehrter Bahnhof.

He estado en Berlín hace unos días y me ha costado encontrarlo. Las franjas que habitaba el muro fueron colonizadas por un tal Starbucks, y a Mitte y Prenzlauer Berg, antiguos barrios del Este que se caían a cachos y rezumaban estudiantes por cada balcón, les habían salido telefonillos en los portales y tintes de calle Fuencarral. La calle Oranienstrasse de Kreuzberg, donde había que ir sorteando turcos, pipas de girasol y comentarios lascivos hasta llegar a casa de Tobias Pipa, también había sufrido una trasfiguración por la que ni los graffitis habían quedado. Y en la nada de Potsdamer Platz, allá donde una vez hubo un mirador para echar un ojo al Este, se erigían ahora unos modernos edificios en hilera de inmaculado cristal. He acabado, de hecho, haciendo algo que no había hecho nunca mientras viví allí: he acabado yendo a Lichtenberg, el barrio más osteño de Berlín central posible, a buscar la ciudad-concepto en la que yo habité. Cada vez más al Este.

Creo que puedo sobreponerme a todo lo anterior. Pero no contaba con el efecto que iba a producirme que el "Palacio de la República", el Palast der Republik, hubiera sido eliminado de la faz de la tierra. El Palast der Republik, el símbolo por antonomasia de la RDA, su centro de convenciones, de reuniones, su reflejo de poder, la mole de acero, mármol y cristal desde la que Mielke exclamó a su caída ich liebe Euch doch alle, el lugar al que se había de acudir a codearse con Honecker. Este edificio frente a la catedral, junto al canal, se ha esfumado, delete: que nadie ose preguntarse qué es esto que interfiere en los paisajes bismarkianos. Mejor dejamos una nada. Y un aparcamiento.

Qué sensación de orfandad me produce verme sola en la apreciación de los símbolos. En mi defensa de su importancia, en mi negación a moldear la historia. Sola en las preguntas que me nacen con el estímulo, ¿por qué ahora, y no en los 20 años previos? ¿Por qué borrar del mapa cualquier recuerdo de la RDA que no quepa en un museo o en un disneyworld, y no borrar del mapa los campos de concentración hitlerianos? ¿Se debe a que Berlín se está convirtiendo en una ciudad rica, una ciudad europea estándar, con sus manchas marrones en el mapa turístico que indican lo visitable, y sus cadenas hoteleras de importación? ¿O será que Alemania quiere terminar lo que empezó, que no fue más que una asimilación de territorio y no una reunificación, y quiere concluir con este capricho?

En 2o04 entré al Palast der Republik. Compré una entrada para la exposición de los guerreros de terracota que pusieron en el edificio (por lo demás, siempre cerrado). Una vez dentro, esquivando miradas curiosas, salté una de las vallas que acotaban el espacio visitable y cegaban el resto del inmueble al público.
Subí múltiples tramos de escaleras, en las que solían faltar grupos de escalones. Me senté en la sala donde el partido celebraba sus mítines. Miré hacia donde Honecker se erguía para dirigir el destino de las almas de su país, custodiando un elitista compás y un martillo. Paseé por los palcos del hall. Observé los esqueletos de las escaleras mecánicas. Para entonces ya se habían invertido los millones que se inviertieron en desposeerlo de amianto ("para un uso futuro del edificio", se decía), y todo a mi alrededor era gris hormigón y cristales sucios. También encontré una moqueta verde, muchas goteras, y una inesperada pelota de fútbol.


Fue una de las experiencias más plenas que he tenido en mi vida, una de las escasísimas ocasiones en que la historia se me ha brindado desnuda, para que yo la acariciara, la oliera, la arrullara y le hiciera el amor en su más pura intimidad, y la mía. Sin urnas, sin guías, sin carteles en varios idiomas y sin profilaxis, en suma.











...








*Literatura y derechos humanos en Latinoamérica

7 comentarios:

in-nocent dijo...

Muchacha!
Puede que este maravilloso edificio se yerga justo después del párquing y sea actualmente sede de alguna universidad para hacer los MBA?
Es el edificio dónde Hönecker tenia su despacho y en los critales de las escaleras hay unas monumentales cristaleras con increíbles símbolos de la RDA? (como la familia y el trabajo, por ejemplo...)

La Tremolina... dijo...

In-nocent,

No. Este edificio, simplemente, ha dejado de existir. Llevaban, de hehco, años anunciando la demolición -quizá para que la gente como yo se fuera haciendo a la idea-. Ya sólo quedan dos paredes un tanto inmersas en el suelo que debían de formar parte de los cimientos, y que ahora mismo deben de sujetar la tierra que hay alrededor, por donde corre Unter den Linden, la principal avenida de Berlín.

Por otra parte, aquí no tenía el despacho "nadie", quiero decir: se organizaban los mítines del partido, pero no era la sede del partido. Era más bien, qué te voy a decir... como el Palacio de Congresos de Madrid, como quien dice :). Pero con bastante más injundia y "significado". Era eso: un símbolo.

dezaragoza dijo...

Fue un pequeño escándalo cuando finalmente lo derribaron de verdad (y no solo lo anunciaban). O no tan pequeño, porque el edificio de marras era tan sólido que gastaron un auténtico dineral para poder desmontarlo a conciencia, tanto como para montar uno nuevo.

Es, efectivamente, un proceso de asimilación del oeste hacia el este. Pero los Ossies resisten. Resistimos, que ahora me llaman Ossie de corazón.

La Tremolina... dijo...

De zaragoza, me colma de gozo verlo por aquí. Me he llevao un ssuto gordo cuando he pinchado en "adiós" y, efectivamente, se había ido :/

dezaragoza dijo...

Efectivamente cerré el blog pero avisé que seguiría comentando con algunos de los blogs que sigo habitualmente. Omití que solo comentaría en los que me parecen los mejores.

Nos seguimos leyendo aunque yo no publique más.

La Tremolina... dijo...

Qué desazón. Caen ustedes como moscas :/

mami-mami dijo...

!Que mania; siempre igual¡
Llegan unos y arrasan lo de los otros; luego, llegan los otros y acaban con lo de los unos.
El caso es no dejar nada quieto y en su sitio; a mi eso me parece mal porque habria que respetar cada cosa como simbolo y testigo de la historia, haya sido esta buena o mala.
Y Berlin, va perdiendo el encanto que tenia precisamente por esa diferencia entre un lado y el otro. En fin, una lastima.
Besitos, tremolineros.