Efemérides

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viernes, 6 de junio de 2014

Todo cambia

Yo únicamente iba a revisar el correo, como todos los días. El caso es que no sé a qué botón le di, de manera inesperada, en la bandeja de entrada de mi e-mail, pero de repente todos los correos bailaron al compás y, cuando me quise dar cuenta, se habían colocado en el orden inverso al habitual, es decir: de los más antiguos a los más modernos. Y los más antiguos tenían más de una década.

Y la pantalla empezó a ofrecerme un desfile de cadáveres con el que yo no contaba. Algunos nombres ni siquiera los reconocía. Pero otros resucitaban de entre las tinieblas su vivo retrato, y traían consigo el fresco recuerdo de las pasiones y los insomnios que los acompañaron. Si alguien me hubiera dicho en aquellos momentos que más pronto que tarde yo iba a reirme con otras bromas, a encandilarme con otras risas, a llorar por otras penas, y a desvelarme por otras brisas. Me hubiera resultado inconcebible. Como nos resulta siempre.

Esos vivos retratos trajeron a su vez el presente de sus dueños, o, al menos, la evolución de los mismos durante el tiempo que duró el contacto. El alma compulsivamente libre lleva ya cinco años de relación afectiva y dos hijos. Al que la vida se le había dado la vuelta no se arrancó a más de un lejano y formal "hola" en el aeropuerto de Londres, acompañado de la que lo acompañaba en esa vida que se dio la vuelta. Mi uña y mi carne ahora son agradable encuentro en Navidades. Y la horma de mi zapato acabó por convertirse en suela, de pura desidia. Todos han cambiado. Todos son distintos.

Todos son distintos, y yo la primera. Qué absurdo es sorprenderse ante el cambio ajeno, sin percatarse de que uno no es un ser inerte. De que uno muta y evoluciona y se tiñe con los colores que le regala cada ocaso; de que uno es la mezcla casual de todos esos vivos retratos en conjunción con lo que uno aporta. Y de que uno es en cierta medida partícipe de cada cambio.
Porque el alma compulsivamente libre tenía una indecisión enfrente, porque una salió por patas cuando las vidas ajenas se dieron la vuelta, porque yo poca manicura le hice a la uña de mi carne, porque al final me aburrí de tanta desidia ajena.

Y yo cambio y muto y en cierta medida no soy la que era, ni la que fui después, ni la que seré mañana, probablemente. Y a dios gracias, líbranos Señor de los impermeables.





 
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Es raro que no haya un instinto que le avise a uno de que está hablando con alguien por última vez (Antonio Muñoz Molina, en El dueño del secreto)
 
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6 comentarios:

Calebson dijo...

Muy bonito, sí señora, muy /bonito. Te has leído Los amoríos del Marías? Toca un poco cosas de este palo.

MARIABUENOSAIRES dijo...

COn esta entrada ya te has salido del todo. Sublime, colosal, simplemente... genial!

La Tremolina... dijo...

Me alegro de que le haya gustado, Sr. Calebson, y de comprobar que sigue usted por aquí :).

Con el Marías tengo un trauma desde que cierta profesora me obligó a tragarme "Corazón tan blanco". Amén de que, como traductor, me parece un ente deleznable, en mi deformación profesional. Así que muete y destrucción para Marías, from the bottom of my heart.

La Tremolina... dijo...

huy qué vergüensita, María Baires, sonrójome :). Pero muchas, muchas gracias. Me das alas, como el Red Bull, para seguir vomitando pensamientos :)

el ex-jurisconsulto del reino dijo...

El único impermeable que vale la pena es aquel famoso impermeable azul...

Ah, the last time we saw you
you looked so much older
Your famous blue raincoat
was torn at the shoulder
You’d been to the station to meet every train
And you came home without Lili Marlene

Dele una oportunidad a Marías, querida. Yo diría que están hechos el uno para la otra. Ese "Los Enamoramientos" que le mal traduce Calebson es una buena ocasión...

La Tremolina... dijo...

Me preocupa sobremanera, señor Jurisconsulto (para mí siempre será usté un jurisconsulto sin ex), que se me pueda de alguna forma identificar en algo con el Marías.