Efemérides

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martes, 11 de junio de 2013

La vida te da sorpresas

Hallábame yo en el autobús de línea que diariamente me lleva a mi centro de trabajo cuando he atisbado en dirección diez menos diez a un chaval que trabaja en mi mismo centro. Es un mushasho de estos modernos con el pelo a lo Gran Gatsby y zapatos Fred Astaire, de unos 22 o 23 años de edad, de esos a los que "conoces" de cruzarte por pasillos y ascensores, de esos en los que reparas por alguna razón que suele ser mezcla de estética y actitud; ambas orientadas en dirección "mírame qué distinto que soy, qué de cuánto que valgo", y si fuera del Bronx en lugar de porejemplo Lausanne llevaría gorra patrás y diría madafacka. Bueno, esto último ya lo pongo yo como nota de color.

Total, que estaba el mushasho en dirección diez menos diez frente a mí, y llevaba adherida a su ser a una mushasha muy acaramelada, ésta de espaldas a mí, que proyectaba hacia él todo el clímax de la post-adolescencia, siempre teniendo en cuenta que esto es Suiza y no la República Dominicana: besito furtivo por aquí, carantoña ñoña por allá, el autobús avanza y yo reflexiono sobre las parejas de mozalbetes en las que ella es muy rubia y él tiene aspecto de perdonavidas, y sobre lo ajeno al ridículo que es uno cuando uno tiene una serie de años menos.

Cuando en esto que al llegar a la parada de mi edificio, la rubia se da la vuelta y me encuentro de bruces, ¡zas!, no con la preuniversitaria de Zermatt que yo esperaba, sino con otra española que se mudó aquí un mes después que yo, también proveniente de la oficina de Madrid, que a la adolescencia mira desde la atalaya de sus 38 o 39 años, y con la que en su momento compartí algunas tardes. Una española que se había mudado aquí con su perro y con su novio (por ese orden), un novio por cierto que estaba considerablemente bueno y que, para más inri, era fisioterapeuta.
Su dilatación de pupila no deja lugar a dudas: no me esperaba. Lo cual tampoco me explico, porque a fecha de hoy no compartimos gran cosa, a excepción de una conocida común hacia la que mis pensamientos se desarrollan. ¿Tendrá acaso miedo de que se lo vaya a comentar a ella? ¿Por qué? ¿Es que acaso el asunto es secreto? Ya lo dudo, si te plantas de esa guisa en el autobús que va directito al campus de mi empresa...

-Hola! Hacía mil años que no te veía -le comento yo, intentado normalizar por mi parte el asunto
-Sí... bueno... sí... ¿Qué tal?
-Bien, ¿y tú?
-Bien... bueno, no sé si os conoceis... Este es Chindasvinto* -dice así de refilón señalando al maromo, que al bajar del bus se ha quedado un paso más atrás.
Chindasvinto me indica que no habla español así que le digo en alemán que hola y que le he visto alguna vez por el edificio. Él a mí también, a mí no me engaña, aunque no lo diga. Como la tensión se puede cortar con un cuchillo, opto por desearles un buen día y avanzar un poco más rápido:  para qué hacerles pasar un mal rato. Y en lo que llego a mi oficina, me voy diciendo que a qué se deberá su azoramiento, si el asunto será en efecto un affaire oculto o de puertas abiertas, y que qué cosas, ya ves, la buena Marieta*.
Pero sobre todo, sobre todo, me pregunto si el novio fisioterapeuta seguirá por aquí, y si efectivamente habrá dejado de serlo.




*nombre ficticio

3 comentarios:

Alberto dijo...

Me deja usted de piedra, doña Tremolina...

De purita piedra me deja usted, y muerto de curiosidad también, por qué no decirlo?

lilyapple dijo...

Espero que no nos deje con la intriga y publique una entrega más de la saga Chindasvinto-Marieta, porque promete cual culebrón venezolano a la suiza.

mami-mami dijo...

Tu, lo que tienes que hacer; es informarte bien de si el fisioterapeuta sigue en Suiza y si está libre (por aquello de que tanto te gustan los masajes y te puedas beneficiar alguno)