Me aburro.
En el momento en que la voz interior ha pronunciado la frase a grito pelado, yo ya sabía lo que iba a pasar. El Tedio, al que hacía tanto que no veía, ha aparecido por el pasillo de la oficina, esta vez a todo correr, nada de decoros ni aires ausentes. Ha aparecido al galope como nunca se vio correr a este lado del Rif, el hatillo en volandas, las botitas rojas echando humo, orejas y pelos de las cejas hacia atrás por efecto de la velocidad. Ha hecho un triple salto mortal con tirabuzón cuando le faltaban dos metros para llegar a mi mesa, ha aterrizado sobre ella con un inmejorable demi plié, y se ha liado a darme capones, instintiva e insistentemente, así como diciendo “lo ves lo ves lo ves te dije que volvería”. Acto seguido se ha sentado, vista y piernecillas hacia el ordenador, y ha esperado pacientemente a que yo abriera el word > nuevo documento y comenzara a escribir estas líneas.
Siempre que me aburro en el trabajo me entran unas desaforadas y asfixiantes ganas de viajar. Pero de viajar bien, no de irme a Trujillo un fin de semana a comprar compulsivamente tortas del casar. En tropel me caen sobre la frente todos los recorridos acumulados en la sección “por hacer”, como si la Sra. Claypool hubiera abierto la puerta del camarote de la coronilla.
La cordillera andina p’arriba. Empezando por la Patagonia chilena y terminando en Perú. ¿A ver? Voy a mirar vuelos a Punta Arenas, por curiosidad. 4.128,63 euros un Madrid – Punta Arenas. Joder. Tengo que hablar con Paola, seguro que hay otras opciones. Y Paola se tiene que saber tó esto de maravilla, como si a mí me preguntara un holandés cómo llegar de Matalascañas a Langreo. Y con Barbara, también tengo que hablar con Barbara, a ver qué le parece lo del Transiberiano. ¿En invierno o en verano? En invierno cuenta con el encanto de la tundra. En verano cuenta con el encanto de regresar vivo. No sé qué elegir. ¡Y Estados Unidos, que no se nos olvide! Tengo que ir a Tucson Arizona y luego a Nueva York. Estaría bien tirarse 3 meses pululando por ahí, de costa a costa, y vuelvo porque me echan. Pero como de tener trabajo no tendré tiempo, y de no tener trabajo no tendré dinero, habrá que conformarse con el Biosphere 2, alfa y omega de mi Disney cienciaficticio particular, y después a Nuevayol a imaginarme viviendo en las calles de las películas de Woody Allen. Si encuentro una ganzúa, puede que en los pisos también. Y espera, que esta imagen que ha caído al mover la calle de Si la cosa funciona es ¡el Royal Scotland! ¡Es verdad! ¡Los viajes en trenes míticos! El Blue Train de Sudáfrica, el Canadian Express (inevitable pensar en el Barco de Vapor de mi infancia), el Glacier Express… Lo que nos lleva al velerito por las islas griegas, que acaba de aparecer justo debajo del Indian Pacific. ¡Ay, cuánto que hacer!
En fin. He conseguido consumir 20 minutos más imaginando. Quedan menos minutos para salir de la oficina. Para aquel al que mi exposición esté despertando cierta condescendencia, piedad y hasta compasión hacia mi persona en estos momentos, sepa que no hay nada más lejos de la realidad. El que me acompaña puede certificar que yo invierto tiempo cada cierto ídem a lo que yo denomino “imaginar”, y en momentos propicios para ello me es tan necesario como el gimnasio o siete masajes de espalda a otros, a fin de eliminar tensiones y evitar la quema de razones sociales e individuos. “¿Imaginamos?”, “me voy a la habitación a imaginar” o “¿y si imaginamos el martes del puente?” son frases habituales a las que El que me acompaña ya se ha acostumbrado y a cuya sugerencia puede en mayor o menor medida adherirse (siendo por lo general la medida menor la imperante, él es un tipo de corte racional y lógica numérica). Pero a mí, ese mero imaginar me alimenta como pocos sueros fisiológicos saben hacerlo, me da el optimismo, el humor y el ánimo para transitar por el mundo que me toca y, sobre todo, consigue que me mantenga en un trabajo remunerado como una persona normal. Lo cual no es cuestión baladí: han sido muchos años hasta alcanzar tal logro.
Efemérides
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Imagina
martes, 21 de diciembre de 2010
De cómo Papá Noel y Baltasar podrían haber acabado en una olla
Me reclaman mis innumerables fans de aquí y de ultramar. Es natural. Hace mucho que no me prodigo, y ustedes, becerrillos sin cencerro, van por la vida perdidos y sin pastor al que asirse (iba a decir "sin teta a la que asirse", pero iba a quedar raro, habida cuenta de que una tampoco ha estado nunca especialmente sobrada).
Qué quieren que les diga. Lo primero, que los tiempos han cambiado (¡vaya si han cambiado!) y en lo laboral estoy expiando todos mis pecados, todos, de los últimos meses. Ya tengo jefe deverdá y es un jefe deverdá. Y me hace currar. O, mejor dicho, genera mucho curro. Lo cual a mí me satisface, anoto al pie. Malformaciones cognitivas de una, qué les voy a decir.
Lo segundo es que a mí las navidades me despistan mucho. Me incomodan. Me enervan, en ocasiones. Qué ajco. Miro en derredor y no aprecio más que maldad. Despojos impíos de educación en el ruin comportamiento. Qué necesidad hay, es que qué necesidad hay, de atronar los oídos de los clientes en las grandes superficies comerciales con esos cantos místicofestivos a los que nos referimos como "villancicos". Y no me refiero ya a las voces habituales de prepúberes a punto de cambiar el timbre que suelen protagonizarlos, no, me refiero a la crueldad sin precedentes de atronarlos con el último disco de villancicos de Raphael, que es como escuchar a un moribundo ahogarse poco a poco a golpe de tambor mientras esperas en la cola para pagar.
Pero me encuentro aquí aporreando las teclas con desmesura y mientras, mi conciencia, anda llamando a la puerta del occipital. Llevo un rato tratando de obviarla, pero cada vez pone más nudillos en el empeño. Concretamente está tratando de llamar mi atención desde que he escrito "prepúberes". Me invita a verme en la obligación de confesarles algo. Una mancha en la patena de mi expediente intelectual. Una cuestión que, cual trauma infantil de origen familiar, me golpea cada vez que la televisión retransmite Solo en casa.
Amigos tremolineros… tenéis que saber... que yo también he pedido el aguinaldo por Navidad.
Fue una sola vez, lo prometo. Con mi amiga Ana Belén. Se nos ocurrió que sería una forma de ganar dinero fácil para las vacaciones. Yo tenía 12 años, y ella, 13. Superábamos con mucho la edad y la estatura de los pedigüeños habituales. Pero nada que no pudiera disimular un buen disfraz. Y así salimos a la calle, ella de Papá Noel, y yo de Baltasar. Aunando esfuerzos y culturas. Éramos unas visionarias de la UE que estaba por llegar.
Ya en el vecindario sabían de nuestra inclinación por llamar a las puertas de los hogares (como atestigua la enorme cicatriz que porto en la muñeca derecha), sólo* que en esta ocasión introdujimos la novedad de no salir corriendo después. Que nadie piense empero que éramos las típicas descaradas extrovertidas y sin pudor que hoy denominamos chonis. Ni por asomo: Ana Belén y yo éramos más bien de carácter tímido e introvertido, de las que pasean de a par por el extrarradio de su ciudad dormitorio, y no de las que marcan el territorio en la cancha de baloncesto.
Costó un triunfo llamar a la primera casa. Pero lo hicimos. Ding dong. Hacia Belén va una burra rin rin. Ay, qué majas. Tomad, tomad, hala. 50 pesetas. Bueno, no está mal. Esto va a ser fácil, Ana. Hala, a la segunda casa. Ding dong. Hacia Belén va una burra rin rin. Slam. Yo me remendaba yo me… Bueno, no hay que darse por vencidos. Calvo de mierda. Vamos a probar en otra.
Y así fuimos, casa por casa. 50 pesetas aquí, 25 allá. Hasta que tras una de las puertas ocurrió lo imprevisible. Abrió una abuelita. Que nos hizo cantar el villancico entero. Beben, y beben, y vuelven a beber. ¡Mira, Angelines, mira, piden el aguinaldo! Sale otra abuelita. El frío que hace, joder. Los peces en el río por ver a dios nacer. La Virgen se está lava-a-a-ando. ¡Ay, qué majas! ¡Antonia, ven corre, mira! Sale otra abuelita. Entre cortina y corti-i-i-ina. Me estoy helando, Ana. Los cabellos son de o-o-oro. ¡Ay, qué ricas, de Navidad! ¡Pasad, pasad! El peine de plata fi-i-i(¿qué?). Nos hacen pasar. Nos miramos. Este es el punto en que nos preguntamos si no hubiera sido mejor, a nuestra corta edad, no haber visto películas como Arsénico por compasión. Nos meten al salón. Nos sitúan junto a la ventana. Toman asiento, modo teatro, frente a nosotras. Esperan impacientes a que sigamos cantando.
El camiiino que lleva a Belén, baja hasta el valle que la nieve cubrió…
Esta noche es nochebuena y mañana navidá…
Cuando ya empezábamos en nuestro fuero interno a tener que admitir lo inevitable (uno, que nos quedábamos sin repertorio, dos, que no volveríamos a ver a nuestras familias), la referida como Angelines se puso en pie, nos aplaudió, dijo “¡muy bien muy bien!” con una sonrisa de oreja a oreja mientras probablemente recordaba el montañas nevadas de su niñez a coro, y nos dio trescientas pesetazas. Imaginará el lector nuestro júbilo cuando el ademán vino además seguido de la apertura de la puerta de la casa, umbral que no tardamos más de 4 segundos en cruzar a la vez que expresábamos nuestro agradecimiento.
Ya en la calle con el botín, decidimos que eran suficientes emociones fuertes para ese día. Nos repartimos las ganancias, volvimos a casa, nos deshicimos de los disfraces y procedimos a cenar con nuestras familias.
Como les he comentado al principio de mi relato, es este un capítulo de mi existencia que tiendo a ocultar. En reflexiones posteriores concluí que el beneficio no compensaba el esfuerzo ni el dilema moral de someter al mundo a mis escasas capacidades líricas. En los años subsiguientes me entregué pues a la recaudación económica para estas fechas por vías más acordes con mis inclinaciones intelectuales, aprovechando que en nuestra cultura, a diferencia de otras, es el 28 de diciembre el día de las inocentadas.
*pienso seguir escribiendo el “solo” adverbial equivalente a “solamente” con acento hasta que me muera. Te desafío, RAE.
domingo, 19 de diciembre de 2010
(Bando circunstancial)
Se recuerda a la tremolencia varia que, si desean hacerse con un detalle navideño de esta su página amiga, deberían proceder cuanto antes al envío de una dirección postal a la que hacerlo llegar.
Att,
La Tremolina
lunes, 15 de noviembre de 2010
Matar gente está muy feo
Mi abuelo murió el 11 de enero de 1996, tras una larga enfermedad de la que, cuando empezó a manifestarse, poco se sabía. Varios años y muchos médicos después, nos dijeron que la enfermedad se llamaba parkinson y que era la razón por la que, justo cuando se jubiló, dejó de poder hacer todo lo que tenía pensado hacer cuando se jubilara. Está enterrado en ese Alcorcón necrológico que es el cementerio de La Almudena, un enorme trazado urbano con tumbas, mausoleos y nichos por inmuebles. Para los despistados, a la entrada hay planos, y si se facilita el número de lápida, a uno pueden aproximadamente explicarle cómo llegar hasta allí.
Mi abuela murió el 13 de septiembre de 2003, como consecuencia de una neumonía mal curada que le dio al vuelta al carácter y a los riñones. Está enterrada en la misma tumba que mi abuelo, y que sus padres, y que su hermano, hermano éste al que su viuda, mi Tía Sole, aka Tía Angustias, lleva cincuenta años guardando la ausencia y preguntandose ay dios mío por qué no me llevas con él. Pero tiene 90 años y no se muere nunca.
Muy cerquita de todos ellos se encuentra la tumba donde enterramos a mi semiabuela, la que murió hará ahora dos navidades, como algunos de ustedes recordarán. Se gira a la izquierda por el torero José Cubero Yiyo, se deja a la derecha la tumba de un payaso cuyo nombre no recuerdo, se pasan un par de manzanas, y allí está. Junto a su marido, también.
No he ido casi nunca a la tumba de ninguno, a eso que llaman "a verlos". En una ocasión lo intenté, y en la puerta me dijeron que no me daba tiempo a llegar a su manzana: cerraban en veinte minutos ("sin coche, ¡imposible!"). Los unos de noviembre se me dan fatal, se corre el riesgo de darse de bruces con un familiar de los de dejarse ver. Tengo por costumbre empero encender una velita en casa en sus cumpleaños (rarezas que tiene una). Jamás, jamás en su muerte. Y, aunque todos los años me dé cuenta en el día, procuro no compartir mi recuerdo con nadie. Mis muertos son míos.
Pienso qué terrible ha de ser que tus muertos no sean tuyos. No tener opción de percatarte en el día de su muerte cada año. No tener opción de ir a lucirte alguna fiesta de guardar, o de ir a sentarte un rato allí en soledad, a contarle, a pensarle. No saber qué fue de tu muerto, no poder descubrir ridículos mausoleos mientras callejeas entre nichos y lápidas para dar con la que te corresponde, no poder descubrir por casualidad que Ramón y Cajal también está enterrado allí. Qué terrible ha de ser no ya no saber dónde está tu muerto, que también, sino saberlo perfectamente y no poder labrar su nombre en la piedra, porque en las cunetas sólo se erigen hitos kilómetricos, y junto a los muros ahora florea una calle. Saber que hay Srebrenicas ibéricos y se llaman Torrero, aunque sólo nos suene espeluznante si la grafía es eslava: esas cosas son propias de bárbaros sin civilizar.
1850 fosas comunes identificadas, y miles de cuerpos sin identificar. Otros, identificados bajo las fosas cerradas. Competencia de competencias.
Pero no. Aquí eso son vicisitudes históricas. Aguas pasadas, y aguas de borrajas. Porque Esas Cosas, así, con mayúsculas, Esas Cosas, eso de matar gente y enterrarla en la tierra y el olvido y adornar su recuerdo con un tabú errante, Esas Cosas son propias de países tercermundistas, lugares bárbaros de gente sin civilizar donde no hay cultura, ni ley, ni derechos humanos. Yugosavia, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Ruanda, Sudán.
Y es normal que los juzguen, dentro o fuera de sus fronteras. Porque han hecho Esas Cosas. Eso de matar gente indiscriminadamente. Que está muy feo.
lunes, 25 de octubre de 2010
Caras
Una cara es un objeto ovalado de unos 18 cm de alto por 15 de ancho de media en la edad adulta. Por lo general, se encuentra contenido en lo alto de un cuerpo, y, a su vez, suele contener un par de ojos, una nariz y una boca, amén de cejas, pestañas y otros vellos y marcas –salvo excepciones-. Estos elementos, en su conjunto, se relajan y contraen armoniosamente para configurar aquello que llamamos "gesto", lo que da lugar a aquello que llamamos "expresión". La expresión es generalmente la manifestación de un sentimiento o deseo y provoca en el receptor visual de esa cara, de igual manera, sensaciones.
Las caras son el principal input sensitivo que tenemos en esta era globalizada y veloz. Son, de hecho, el único input comunicativo del que se fían nuestros sentidos. Nos fiábamos de Manuel Luque porque era una cara recurrente en nuestros televisores que, además, llevaba bata blanca. Sabemos quién era Hitler por la cara de malo que ponía en todos sus mítines y grabaciones. Recordamos quién era el Ché porque su boina y su bigote se han reproducido hasta la saciedad en carpetas y muros. No recordamos a Trotsky porque Stalin le borró la cara de las fotografías.
En política, como en cualquier otra rama comunicativa, huelga pues decir la importancia capital que tienen las caras. En una época donde los discursos no se estilan (puede que por ausencia de diestros oradores, añado entre bambalinas), en la que nadie lee los programas electorales (¡si es que siguen existiendo!), en la que rara vez tenemos ocasión de cruzarnos en el rellano de la escalera con algún aspirante a diputado e intercambiar unas palabras, lo único con lo que el electorado cuenta es con una cara.
Hace ya tiempo que se sucedieron las elecciones sucesorias al Partido Socialista de Madrid, y no escribí nada al respecto. Supongo que pasé cierto tiempo anonadada. De alguna forma, aún sigo sorprendida. En todo este tiempo, no se ha hablado más que de si La Trini ha perdido, de si hay o no hay caciquismo en el PSOE, de si ha triunfado un socialismo real, de si el PSOE ha perdido mucho y ha quedado muy mal y demuestra que bla bla bla bla bla. No acabo de entender ninguno de esos análisis políticos. Para mí, con toda esa historia, el PSOE sólo ha ganado. Ha conseguido lo que no había conseguido hasta la fecha: que el electorado madrileño conozca la cara de Tomás Gómez. Que sepa su nombre, su expresión, sus marcas, sus vellos. Que sepa que existe. Ha conseguido una presencia mediática que jamás había tenido. Lo cual sí supone, como ninguna otra cosa, una posibilidad real frente a la archiconocida cara de Esperanza Aguirre. Y me sorprende mucho que, al parecer, ningún medio haya hecho esta lectura del asunto. Porque a mí se me aparece como, probablemente, la razón última de que todo eso aconteciera. O, como poco, una consecuencia colateral nada despreciable.
La política vive de caras. La única cara de la que disponía el Gobierno para lavarse la suya con toda esta hecatombe de los últimos tiempos era la de Rubalcaba. No hay otra opción que les permita respirar un poco. Y hablando de respiros, no sé si se han percatado ustedes de que últimamente vemos mucho al príncipe en televisión. Siempre le hemos visto, pero más bien de refilón. Ahora le vemos en primer plano, como una cara que habla y a la que además han puesto barba.
Huele a relevo monárquico.
martes, 19 de octubre de 2010
Barbara
Antes de nada, permitanme que me disculpe por el cambio en el idioma habitual de este rincón del interné, pero la persona a la que va dirigida esta carta abierta, si bien muy bien podría entender el español, definitivamente no tiene por qué hacerlo. De nuevo, me disculpo ante el lector habitual.
I met Barbara in 2007, as I was wandering around former Yugoslavia for the first time, unaware of what I was to find there –not only a fascinating destination for my period of holidays, but a fulfilling topic for my always wondering mind. Not that I knew much about it –just the fact that Phil had left Spain only to spend there a couple of weeks before he would move back to Australia. And of course I was not able to place Bosnia, Macedonia or Kosovo quite right on the map. And the fact that Serbians were the bad guys. And the fact that the good ones where all the others.
I was not in the best of my moments as I went to former Yugoslavia in that September 2007. Those of you who know me –or who at least tend to read these lines that I write here, know well my life in The Netherlands was not something I’d have killed for. Lack of motivation, lack of interest in any of the possibilities life offered me there, lack of a job that would make me actually work –and develop, all those made me enter a sort of depression I can now call as such but could not recognize in that time. In that time, I simply felt bad. I didn’t even realized up to what extent. I had somehow accepted life was such an unnoticeable thing. It was something just going by. Day by day. Enter the office. Do nothing. Leave the office. Get your groceries. Cook them. Watch TV. Wonder. Eventually cry. Sleep.
It’s not easy to be an expat. Seems like people characterize expats as people who make a lot of money and have a quite vivid life, always partying and getting to know new people. Which is absolutely true.
But you have to be good to be a successful expat. Not everybody’s worth it. Have the slightest human feature and you’re lost. You need to make sure your main interest is getting that money, partying with people you don’t know at all, and have no strong laces with your roots –may you have any. Otherwise you will not keep up with it. And out of a sudden you’ll find yourself wondering. And you may find that money, that partying and those empty friendships are not enough. Don’t get me wrong: I don’t mean people are false. I just mean expats in general know they’ll be always moving, so they do not invest much in deepness. Which is fine. If you are same. ‘Cos if you are not, take into account everything fun will be funnier, and everything sad will be sadder, and you will feel you are the only one to deal with that roller coaster.
In my time in former Yugoslavia, I started feeling interest in something again –which I hadn’t felt for a pretty long time. Each conversation, each situation, each observation helped for me to get back to myself. And one of the persons I felt most happy to meet was Barbara.
I enjoyed my conversation with her, sharing views, sharing interests, sharing thoughts and processing them. She was one of those people I somehow admire from the very first moment I meet them–which doesn’t happen that often, to be true. She has that light and that pose and that natural elegance and that way of living life as a traveler and an explorer and a pupil at the very same time. And that mind, oh that mind. Thoughts flow throw the different channels and connections of her brains until they reach the air and you just laugh, reflect, reject them, that is to say: you just enjoy them, unfortunately English does not have a proper word for the German geniessen.
Barbara is present for me in my everyday life as one of those faces you associate to something good. When you’re just about to make a decision, or find something you like in a shop, or look at the light entering your place through your window, Barbara’s face appears in my mind as others may do –my grandma, Carlos, Carl, and a handful of others, it just depends on which is the exact light entering the room. They just appear there and stay, for one second, for two minutes, to bring you a warm feeling, to give you the chance to assert how lucky you are you’ve met them in your life. To show you there are people like that. To make you feel peace within yourself. A longstanding, relaxing, releasing peace. To make you feel wohl.
So when I knew Barbara was having a bad time, when I’ve heard her appraising things she should give for granted, when I’ve pictured her wondering and managing and fighting for her unavoidable right to feel good, I had to pick my soul up from the floor, as we say in my language. Which is a way to say that it smashed to smithereens.
However, it is Barbara. And I know she’ll do it through this mourning. I know she’s already doing. And the only thing is, as one writer once stated it, “people who are really special do not realize how special they are –they just do not even consider others may not be that special too”.
As I was visiting her a few days ago, she said having me there in Parma had been sort of medicinal.
No, Barbara. It’s just us reflecting as in a mirror what we get from you. Do not ever dare to think the opposite just because some defective human beings may never manage to reflect back.
(not that the image is that nice but the song says more or less as follows :))
Leave this life of crumbs
those men who treat you
as a wind that just went by
Come down to reality, fairy
look right at my face
Confess you like
my good conversation
my way of being
my jokes, the way I sound
my hints for you to change
Woman out of your senses
listen to your man...
listen to your heart
at dusk
listen to that song
which does not come out of the radio
Stop pretending you don't care
about the truths I'm telling you
pay a little attention
Leave, take a plane, share
dreaming alone is not worth it
it's like a party in prison
Our time is good
and we don't have that much
so let me take you
where I know people will shine
Woman out of your senses
listen to your man...
listen to your heart
beating contained
for none and for nothing
in the darkness of your room
Listen to your heart
at dusk
Listen to that song
which is not played on the radio
viernes, 1 de octubre de 2010
Las manifestaciones ya no son lo que eran
Un buen día, a sus diez años de edad, mi hijo demostró que era capaz de programar la lavadora como si hubiera nacido en ella. Su madre y yo nos miramos aterrados. En el espacio interretinal flotaba el recuerdo de las múltiples semanas y abortos de lavado que nos costó entendernos con la máquina. Llegamos a pensar que nuestro hijo era El Elegido. El mesías de los judíos. El lama de los tibetanos. O que nos habían pegado el cambiazo en el hospital.
No fue más que el comienzo. Un día volvió del instituto hablando al revés. Entró por la puerta pronunciando cosas raras, algo así como draivers modems imeil jardisk autenticar. Dejó la mochila en el suelo y se encerró en la habitación donde habíamos puesto el chisme de jugar al solitario. Pasó varias horas encerrado. Y así cada día, cada semana, cada mes, hasta que un día conoció a Iris y dejó por fin un tanto abandonada la tecla intro.
A Iris la conocimos mi mujer y yo una mañana. Estaba desayunando en la cocina. Junto a mi hijo, que fue quien nos la presentó. “Hola, encantada”, comentó, entre mordisco y mordisco de tostada. “No sabía que mi hijo supiera hacer tostadas”, respondió mi mujer, ojiplática perdida.
Y así era él, un alma moderna y libre. Y nosotros, de sorpresa en sorpresa. Relegados en un siglo que avanzaba más rápido de lo que podíamos procesar, abandonados a la impotencia de creer que nunca podríamos enseñar nada a nuestro hijo. Hasta que hace un par de días me hizo la propuesta que lo iba a cambiar todo. La propuesta que iba a dar la vuelta a la tortilla. La propuesta por la cual yo iba a poder demostrar –por fin- quién era el padre aquí.
-Papá, ¿vamos juntos a la mani esta tarde? –esas fueron sus palabras. El cielo abierto.
-Claro, hijo, claro que sí -contesté, mientras le echaba la mano al hombro. “Te vas a enterar tú, niñatoloscojones, lo que es la lucha obrera”, pensé para mis adentros-. ¡Salimos en 10 minutos! –sentencié-
10 minutos eran lo que necesitaba para trepar a los altillos en busca de mi bandera del USO y otros enseres. Un poco polvorienta estaba, pero esto es como el whisky: cuanto más viejo, mejor sabe. Voy a ser la envidia de la manifestación.
Volví a la puerta. Mi hijo me estaba esperando con una pandereta y unos palos.
-¡¡¿Pero qué llevas ahí?!! -exclamamos al unísono
-Pues una bandera del USO
-¿De qué?
-¡Joder, del USO!. ¿Y tú?
-¡Pues pa la batucada!.
No pregunté. Muestras de debilidad, las justas. Ya habría tiempo de poner los puntos sobre las íes, ya.
Atravesando el portal con decidido ímpetu, ganamos la calle. La calle, que, por lo visto, había sido previamente ganada por doña Concha, con su bolsa de la compra, y don Damián y sus dos caniches, que, como cada día a las 6 de la tarde, hacían caca en la acera (no así Don Damián). Atisbo tranquilidad. No parece que lluevan piedras. Me descubro la cara.
-¡¡Vamos, papá!! –me grita mi hijo desde la esquina. Yo acudo al trote. Al desembocar en la calle principal, divisamos cinco lecheras de la policía que suben cuesta arriba en dirección a la Puerta del Sol. –¡Con esos, con esos sí que se va a armar buena! -le comento a mi hijo, utilizando cierto tono prepotente con el que aspiro a disimular el acojone que me va trepando por las piernas. Pero él apenas me mira. Sólo articula un “joder, ya que pasan, nos podían llevar. Si total, vamos al mismo sitio”.
Subimos Gran Vía arriba y yo ya ahí empecé a sospechar que igual eso de “la mani” iba a ser un bar. Porque no recuerdo yo que las gentes se fueran de compras por Sepu y Galerías Preciados cuando venía los policía dando cera. Gentes y bolsas que no hacían más que multiplicarse, hasta crear un manto humano del que sólo sobresalía mi bandera del USO.
-A ver si nos hemos equivocao, Franciscojavier –sugerí con timidez a mi hijo.
Pero no. Ya callejeando llegamos a la calle Alcalá, donde efectivamente había más gentes con banderas sindicales y pancartas de bolsillo a las que nos unimos en su avance hacia la Puerta del Sol. Se acabó mi cara de pazguato. Ahora sí que sí. Hijo, mira y aprende, que van a hablar. Esto es por tu futuro. Esta es la unión que hace la fuerza. Estos son los trabajadores unidos, hijo. Van a hablar, escucha:
-Kollegen und Kolleginnen! Die Demokratie muss sich verteidigen!!!!...
Huy la leche. Y tan unidos. Viva la UE. El gentío de mi alrededor responde a cada final de párrafo del alemán con sonoros aplausos y ovaciones.
–Papá, ¿qué ha dicho?
-No sé, hijo, pero la última vez que vi hablar a un alemán desde una tribuna, luego se lió gorda, así que tú quédate a mi lado por si acaso. A ver, espérate, parece que ahora lo traducen.
Pero, no, no pasa nada. Termina el alemán, y comienza a hablar el líder sindical de la UGT de Madrid.
-(…) ¡¡¡y agradecer… a nuestros compañeros los piquetes informativos… su dedicación esta mañana…. en la que han tenido que soportar los abusos… de la actuación policial… de un gobierno que no soporta… nuestros anhelos de libertad…
La actuación policial de la tarde, por el contrario, está a unos 15 metros de mí y se materializa principalmente en cuatro tipos apoltronados contra una lechera enseñándose con el móvil las fotos de los niños. O de las vacaciones en Tenerife, no sabría decir. No parecen muy interesados en mí ni en mí bandera del USO, para mi sorpresa. Esto ya es el colmo. ¡Pero dónde se ha visto, la policía aburrida en una manifestación! Detrás, en Preciados, se ve la puerta abierta de El Corte Inglés, de par en par, con gente entrando y saliendo con sus compras.
A lo lejos, todavía algún tambor de eso que mi hijo ha llamado “batucada”. Entretanto, cada vez más gente ha abandonado la plaza ante un discurso que, eso sí, no ha cambiado desde que yo me jugaba la boca cuando era más joven, y lo básico era lo básico, y los zaras no crecían en los árboles. "Vámonos, hijo". Definitivamente va a ser que este mundo ya no es el mío. No sé si pedirle que me enseñe a jugar al buscaminas.
